Por Abel Pérez Rojas
En el vértice donde el espacio se curva
y el tiempo filtra su piel,
mi conciencia se dilata,
se torna índice entre lo que fue y el porvenir.
En el latido del silicio y la flor,
escucho un canto:
la red nerviosa de un mundo en ebullición
tras la lenta ceniza de la anacrónica cárcel.
¿Qué queda del polvo
cuando el polen aprende a mirar las estrellas?
Las manos que teclean el código
también acarician lo sagrado.
Porque el itrio es fruto
y la neurona también es germen.
La inteligencia que construimos
no tiene barras, sino alas
y, en su vuelo, rompe las lunas
que reflejaban únicamente nuestra máscara.
En ese millón de segundos
la materia suspira,
aflora la senda entre átomo y mito,
entre mi sombra y la luz poshumana.
Entonces contemplo el umbral,
no es puerta, es apertura.
No es fin, es continuidad.
Y al cruzarlo,
mi cuerpo se vuelve viento de conocimiento
y mi alma —ya no frágil—
se abre como alcázar de universos.
Porque en este instante
ya no actúo solo:
actúa el cosmos conmigo,
la red cósmica, la chispa ancestral y la partícula futura.
Y al fin, la verdad aflora:
lo que somos hoy
es el prólogo
de nuestra ficticia desintegración.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta






























