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Floriana

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Foto: Pixabay

Por Salvador Calva Morales

Floriana, en ti comprendí que la divinidad también desea,
que el creador, al tocar tu carne, meditó sobre el gozo eterno.
Eres un argumento vivo de que el placer no blasfema,
que el cuerpo es una oración que se reza con fuego interno.
Tu belleza es una tesis que el alma, cuando desea,
encuentra en la piel un templo donde se revela lo eterno.

Tus pechos, volcanes de miel, son un dogma que desarma,
dos montes que enseñan que el cosmos respira por la carne.
Allí caben la filosofía, la lujuria y la calma,
el axioma más antiguo: desearte sin repararme.
Yo, discípulo de tu fuego, perdería allí mi alma,
dejando que su tibieza me dicte cómo amarte.

Tus glúteos, obra maestra del orfebre más antiguo,
curvas que explican por qué los dioses también pecan.
Sé que en ellos cabe el mundo, el delirio y el castigo,
la parte del paraíso donde los cuerpos se encuentran.
Allí mi boca sería esclava, mi razón sería testigo
de cómo la filosofía sucumbe cuando te besa.

Cuando caminas, Floriana, no solo tiemblan las pupilas,
tiembla el pensamiento entero que intenta comprender
cómo un cuerpo puede escribir verdades tan divinas
que hacen del deseo un acto profundo de renacer.
Hombres, mujeres y quimeras: tu figura los aniquila,
y yo, rendido, sólo pienso en obtenerte con la piel.

Pero te me escondió el destino en Italia, cruel distancia,
dejándome condenado a tus fotos como un monje carnal.
A diario estudio tus ojos, verdes pradera de abundancia,
donde quisiera hundirme lento, animal espiritual.
En ellos la vida es feral, la pasión es otra ciencia,
y uno entiende que mirar es ya un acto sexual.

De tu nariz perfecta hablaría con la lengua, no con palabras;
la recorrería despacio hasta alcanzar tus labios finos.
Y allí, Floriana, el pensamiento se rompe, la cordura se acaba:
mis labios pegados a los tuyos serían destino y camino.
Te besaría con hambre, hundido en tu saliva clara,
bebiendo tu aliento como un filósofo bebiendo vino.

Tu cuello… ese territorio donde empieza el verdadero rito:
allí mordería suave, luego fuerte, luego más,
dejando que tu respiración tiemble como un grito,
que tu sangre suba a tus mejillas como un río voraz.
Es el altar donde el deseo se vuelve infinito,
donde el alma se desnuda y la carne pide paz.

Y al final recorro tu esfinge entera, completa, encendida;
dejo que mis córneas se quemen con tu forma universal.
Entiendo que el creador no te hizo bella, te hizo prohibida,
te hizo un poema que busca su final.
Y si un día, Floriana, te tengo desnuda y rendida,
tu cuerpo sería mi filosofía… y yo tu ferviente animal.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta