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Importancia de la redacción en la profesión docente

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Por María Dolores Pliego Domínguez

Yo compongo, tú compones, el compone, nosotros componemos, todos componen.

Pero qué es componer o en que consiste la composición ¿en arreglar, crear, construir, dar forma, organizar? Decimos “Hay que componer esa lámina con una pija para que ya no cascabelee”; “La canción de “El triste” está muy bien “compuesta” pues nomás de escucharla se pone chinita la piel”; “Niños, de tarea, con estas palabras compondrán un poema a la Bandera”; “Ese cuadro tiene una excelente composición de formas y colores”. “No se diga más, compóngame la canción y se la canto al tono que me diga, faltaba más”.

Así, afuera, adentro de un sintagma, la palabra componer y sus variantes, adquieren distintos sentidos y significados: desde el concepto de creación literaria a través de la escritura ficcional y personal hasta la escritura donde la selección y organización de conocimientos nos lleva a textos más complejos como los argumentativos.

Es así como Héctor Pérez (Pérez, 2014) señala que “la composición escrita o producción de textos es el punto de partida para redactar bien cualquier documento. Así que desde el momento en que decidimos escribir un texto, lo procesos cognitivos de composición se activan y empiezan a trabajar”. De tal forma que la memoria a largo plazo, que es como un gran clóset donde guardamos conocimientos lingüísticos y culturales, nos provee de información para generar textos adecuados a la necesidad individual y social. Podríamos decir que una composición escrita será construir, formar, reunir, producir un conjunto ordenado y armónico de palabras dentro de un discurso o bien, un conjunto de palabras, frases y oraciones armónicamente combinadas que expresan una unidad del pensamiento. ¿pero cómo hacer que esa unidad de pensamiento se refleje o se objetive a través de un escrito? ¿cómo hacer que lo que está en mente aparezca como en verdad lo estoy pensando?

Existen diversas formas de manifestar lo que pensamos y sentimos a través de los sonidos, los colores, las formas, los movimientos. Por ejemplo, una nota combinada con otras notas conforma una melodía; una palabra relacionada con otras de manera lógica y coherente nos remiten a una oración o enunciado. Los enunciados con otros enunciados nos llevan a un párrafo. La relación entre de varios párrafos finalmente nos lleva a un texto. Y el texto, al conformarse por diversas cadenas sintagmáticas, al igual que un gran tejido puede modificarse, corregirse, ajustarse, extenderse, lo podemos deshacer las veces que queramos hasta darle forma deseada. De ahí la importancia de saber leer y escribir, para escribir y ser leído por que hasta que concientizamos la textura, color, espesor y valor de la palabra dentro y fuera de una oración sabremos cuál es su verdadera función dentro de un texto. Por eso, la primera recomendación para escribir o mejorar la escritura, es la disciplina de leer y escribir, escribir y leer para comprender y ser comprendido.

¿Pero qué leemos y qué escribimos?

Conforme escribo este texto me asaltan una serie de dudas. Cercanos a mí se encuentran varios diccionarios de lingüística moderna, retórica y poética, literatura y gramática, semántica y semiótica, filosofía, pedagogía, psicología y hasta de uno de la biblia. Los abro, los reviso, busco palabras, significados que me signifiquen, que me digan lo que soy, lo que pienso y he aprendido de los libros. Busco una expresión parecida a “cuando uno empieza a escribir, cambia su modo de leer. Uno empieza a leer para aprender a escribir” de Ricardo Piglia leída alguna vez en una librería. Pero la cita, es eso, una cita que algún día transcribí pensando más en mis alumnos, en mí y el trabajo de escritura que en la referencia misma. Porque en las librerías y bibliotecas, los maestros somos como los Bloodhound: tenemos una alta capacidad olfativa para los textos que ayuden a los estudiantes a desarrollar sus habilidades comunicativas a través de la palabra escrita para mejorar su vida diaria. Solemos llegar sin apoyo de los libreros a esos estantes donde Sandro Cohen, Daniel Cassany, Alfonso Reyes, Mario Bellatín, Juan Antonio Rosado, Natalie Goldberg, Carlos López, Joseph Roth, Franz Kafka, Terry Eagleton, Juan Ramón Jiménez, Flaubert, José Donoso, Isabel Allende, Valentín García Yebra por mencionar algunos, silenciosos nos esperan para hablarnos del oficio de escribir. Porque. como en algún momento Juan Ramón Jiménez (Juárez, 2012) dijo: “La única posibilidad del hombre para justificar su predominio paradisíaco, diluvial, babélico, me parece que es el cultivo de su intelijencia (sic) crítica” y la inteligencia crítica sólo se logra con la lecto escritura diaria. Entonces ¿qué pasa si como docente no leo ni escribo?

El lector mediocre: el que no lee, no escribe y al que no le interesa lo que otros piensan.

La lectura verdadera es una acción refleja, el lector nato lee de forma tan inconsciente como respira (…) la lectura no es más una virtud que el hecho de respirar (…) ¿Qué es la lectura en última instancia sino el intercambio de ideas entre el escritor y el lector? Si el libro penetra en la mente del lector tal como ha salido del escritor (…) se ha leído en vano. (…) En estos casos la culpa, claro está, no es siempre del lector. Cuando por una u otra razón, esta adaptabilidad recíproca está ausente, no puede haber ninguna relación entre el libro y el lector. En este sentido se puede decir que no existe un criterio abstracto de valores en literatura.: los libros más grandes que se han escrito sólo valen para cada lector lo que puede sacar de ellos (…) pero generalmente es de estos libros de los que el lector mediocre extrae menos. (Wharton, 2012, pág. 112)

Sin duda alguna, en esta cita, Wharton, habla de lo que es la lectura, la importancia de ésta en la vida diaria y de la relación entre el lector y el escritor, así como dos lectores: el lector nato y el lector mediocre, que en resumidas cuentas es el que ni lee, ni escribe y al que le es indiferente lo que piensa o aporta el escritor. ¿qué podríamos decir del docente que no lee o si lee no escribe?

El maestro sastre o la caricatura de la docencia.

Artur Schopenhauer (Schopenhauer, 1998) señalaba que los maestros enseñamos para ganar dinero, y aspiramos, no a la sabiduría, sino a la caricatura y al crédito que ella da”. Esta aseveración, aunque dura, aún en nuestros días es una constante en ciertos recintos educativos, donde algunos los docentes se preocupan más por sus aspiraciones políticas o por su apariencia “sastre” dentro del aula que por incentivar o actualizar sus conocimientos lo que deshabitúa la claridad y profundidad del saber. Por lo que las palabras se tornan huecas, secas, sin sentido alguno haciendo que las clases se tornen sosas y aburridas. Total ¿escribir para qué?

¿Cuál es el objetivo o la causa por la que un docente deba escribir constantemente?

Cuando los alumnos hablan, los maestros simplemente deberíamos escuchar. No pensar en responderles. Sino escuchar lo que nos dicen, lo que saben, lo que piensan, lo que sienten, lo que se equivocan. Esto nos hará tener otra perspectiva de la enseñanza, porque se aprende a respetar el pensamiento del otro. Y Si escuchar nos permite crecer; creceremos más cuando escribamos lo vivenciado en el espacio de trabajo (aula) tal como en su momento lo hicieron Jean Piaget, Montessori, Vygotsky, quienes escribieron lo que vieron, lo que pensaron y sintieron. Sus propuestas salieron de la experiencia y de la pluma que los acompañó en el refrendo diario.

Referencias

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Pérez, H. (2014). Comprensión y producción de textos. México – Colombia: Magisterio Nacional & Nueva Editorial Iztaccihuàtl.

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Bibliografía:

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Bellatín, M. (2007) El arte de enseñar a escribir. México: FCE & Escuela dinámica de escritores

Goldberg, N. (2011). La escritura, una terapia creativa. Barcelona: Oniro.

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López Ruiz, Miguel (2002) Normas y estilos para el trabajo académico. México: UNAM

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María Dolores Pliego Domínguez. Escritora mexicana, originaria de Toluca. Obtuvo su licenciatura en Letras Latinoamericanas en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), donde también completó una maestría en Educación y Docencia, y actualmente es candidata a doctora en Educación. Ha sido galardonada en múltiples ocasiones. Es autora de los poemarios «De Lesbia a Catulo» y «La escoba de Goliat». En la actualidad, se desempeña como profesora en el Centro Universitario UAEM Amecameca y como asesora metodológica del Bachillerato General en la zona Oriente.