El poema de esta semana, Paréntesis al frío, nos habla de qué significa escribir poesía para su autor.
Por: BrendaCarol Morales
Todo proyecto colectivo nace de la convicción de unas pocas personas. Sus ideas suelen germinar lentamente, como un rosal que necesita tiempo para echar raíces y ofrecer sus primeras flores. En otras ocasiones, crecen con tal fuerza que terminan transformándose en realidades mucho más amplias de lo que sus iniciadores imaginaron. En uno y otro caso, es el fervor de quienes las cultivan la que hace posible su crecimiento.
A veces sucede que no dan para más y terminan como el desprender de una hoja en otoño, apenas imperceptible. En otras, al contrario, cada vez se unen más personas que creen y sienten el mismo empuje y el mismo entusiasmo; entre todos van abonando para que crezca.
Cuando inciaron Sabersinfin, posiblemente muy pocas personas creyeron que fuera posible en un mundo como el actual. ¿Cuántas voces habrán dicho que la poesía ya no funciona en el mundo digital? ¿Cuántas dirían que era un asunto muerto, fuera de moda? ¿Y cuántas no habrán dicho que para escribirla se necesita ser poeta, con la idea de que se trata de seres excepcionales o con vidas azarosas?
Ahora, después de muchos años, la VII Antología Internacional de Poesía Sabersinfin se presentó como un programa social que ha tocado a muchas personas en distintos países. Tal como lo señalan en la introducción: «Si las primeras ediciones funcionaron como puntos de encuentro iniciales, las posteriores han consolidado un espacio donde la poesía se reconoce como una fuerza social y cultural capaz de articular comunidades, promover pensamiento crítico y generar nuevas formas de diálogo entre disciplinas. En ese sentido, deja de ser únicamente una práctica estética individual para convertirse en un fenómeno cultural colectivo».
Esa llamita que alguna vez surgió en las cabezas de unos cuantos, hoy da muchos frutos y ya es una manifestación cultural. Cada vez se unen más personas de distintas nacionalidades y visiones personales. Cada autor, desde su propia estética y su manera de comprender la realidad, se sumó al proyecto porque creyó en él, aunque no hubiera participado en sus inicios. Y ahora, con su presencia, ayuda a que se gane un nuevo espacio en el siglo XXI, desde una visión de colectividad altamente dialógica.
En ese diálogo entre nuestra sensibilidad y la realidad que pretendemos significar, escribir es aceptar el reto. Conforme se avanza en el camino, se puede sentir cómo la llama inicial va creciendo junto con la convicción de que vamos por la senda correcta, aunque inicialmente, el nombre de «poeta» nos parezca grande.
La poesía se ha convertido en un motor personal y a la vez social. Formar parte de la antología representa dar un paso adelante. Es decir presente cada vez con mayor convicción de que para ser poeta se requiere, más que un talento excepcional, la generosidad y la honestidad de brindar a los lectores la propia manera de significar y resignificar el mundo. Al respecto, el poema de esta semana nos habla de qué significa escribir poesía para su autor. Espero que ustedes se identifiquen y encuentren sintonía con sus versos.
Del autor, Abel Pérez Rojas
Abel es escritor, comunicador y académico mexicano. Cursó estudios de Derecho, realizó posgrados en Ciencias de la Convivencia Humana y en Educación Permanente; obtuvo el doctorado en esta última área. Asimismo, realizó estudios posdoctorales en Ciencias de la Educación.
Es autor de varios poemarios y libros de ensayo educativo; además, ha compilado la Agenda de poesía latinoamericana Actual. Dirige la revista literaria Filigramma y es fundador y director de Sabersinfin.com desde 2006.
Abel es, en pocas palabas, uno de los iniciadores de este ensayo colectivo que en la actualidad reúne a muchos escritores de distintas partes de América.
Paréntesis al frío
Me advirtieron tardíamente
que la poesía es fuego que quema por dentro,
chispa, fogata e incendio sin tregua,
pero no hice caso:
me lancé a escribir con las manos desnudas.
Tomé antorchas como fósforos,
pequeños, manejables, inofensivos.
No vi el presagio en su potencia,
ni la fragilidad del estadío
antes de convertirse en llama.
Corrí tras cada verso errante
como si fueran pájaros dóciles,
y terminé envuelto en humaredas de sentido,
con la asfixia del alma
al borde de una revelación que duele.
La amenaza de la pólvora cercana
me hizo titiritar sin remedio:
no por miedo al fuego,
sino porque entendí
que quemarse era parte del trato.
Y así, sin pausa ni refugio,
abrí un paréntesis al frío,
descubrí que el verbo arde
pero también ilumina
cuando uno elige ser su llama.
Análisis del poema Paréntesis al frío
El poema está escrito en cinco estrofas de cinco versos cada uno, si bien no tiene una estructura rígida, ya que los versos tienen distinta medida y no tienen rima. Sin embargo, el número similar de estrofas y versos le da cierto equilibrio visual y consistencia.
Por otro lado, aunque no tiene rima, el ritmo está conformado por algunas enumeraciones (chispa, fogata e incendio sin tregua), encabalgamientos suaves (Me advirtieron tardíamente que la poesía es fuego…), signos de puntuación como los dos puntos. Asimismo, la progresión de las ideas que se plantean, además de darle coherencia, contribuye a la sensación rítmica al leerlo.
El aspecto más sobresaliente de la construcción formal del poema es la coherencia de su universo simbólico. El campo semántico que predomina es el relacionado con el fuego: chispa, fogata, incendio, llama, humareda, asfixia, pólvora, quemarse, arde). Prácticamente, en cada estrofa se presentan ideas que giran alrededor de este campo, a la vez que va creciendo la intensidad semántica. Por eso puede decirse que el poema está creando una metáfora progresiva en la que cada imagen va contribuyendo a desarrollar la otra.
Interpretación del poema
El título ya señala que se trata de una pausa o separación entre emociones extremas y antagónicas. El poema implica tomarse un respiro de la frialdad, desapego o distanciamiento (el frío) con su antónimo: la idea de conexión, intensidad, pasión y vitalidad (el fuego).
El hablante poético pasa por distintas etapas en su aprendizaje y relación con la poesía. Desde el primer verso encontramos una confesión retrospectiva porque el hablante ya sabe algo que antes ignoraba. El hablante reconoce que fue advertido sobre el poder transformador de la poesía. Sin embargo, solo comprende la dimensión de esa advertencia cuando comienza a escribir. Al inicio apenas es una chispa pero luego va aumentando hasta que quema todo sin tregua.
En estos versos, el hablante deja ver cómo percibe a la poesía. Para él, el acto creativo no es un ejercicio técnico ni únicamente intelectual. Al contrario, lo ve como una fuerza vital, transformadora y catártica a la que se enfrenta limpiamente, sin ninguna protección. También podría entenderse que lo hace de manera honesta, sin recubrimientos.
En la siguiente etapa, el hablante poético muestra su ingenuidad ante el acto de escritura. Se imaginó que el lenguaje era algo sencillo, manejable y que no le afectaría. No pudo anticiparse. Subestimó su fuerza e importancia real. Tampoco notó ese punto exacto y delicado, cuando todavía podía manejar el impulso vital. El lenguaje termina transformándolo.
Entonces, ya es tarde. La experiencia adquiere un ritmo vertiginoso. El hablante va tras cada verso con la ilusión de que podrá conducirlo, como si aquellos pájaros fueran todavía dóciles. Solo se percata cuando está inmerso en ideas o versos cada vez más complejos, inasibles y densos, lo cual le produce una sensación de asfixia, dolorosa.
La escritura no produce claridad inmediatamente. Al principio causa confusión y el sentido aparece como humo. Entonces llega la revelación. Esto recuerda que el acto creador suele ser un proceso de incertidumbre antes que de certezas.
La experiencia de escribir lleva a un momento de comprensión. La poesía es intensa. Su vitalidad es como un reguero de pólvora que puede explotar en cualquier momento. El hablante poético advierte lo que significa dedicarse a ella. No por lo que es la poesía sino porque quien se enrola con ella, inevitablemente es absorbido por su fuego. Se da cuenta que exige implicarse y ser vulnerable porque quien escribe termina escribiéndose a sí mismo.
La revelación de lo que significa la poesía orienta una nueva etapa: la aceptación. El hablante poético encuentra que no es unívoca, una vez que se elige. Es exigente pero también iluminadora. Se da una transformación importante. Al principio el hablante teme y sufre el fuego. Al final decide convertirse en él. Ya no se trata únicamente de escribir sino de asumir plenamente la experiencia poética. En tal sentido, hace ver que no basta con usar el lenguaje sino que este debe transformar la propia vida.
En estos versos finales aparece nuevamente la frase «paréntesis al frío». El paréntesis, como ya se vio en el inicio, representa una pausa, quizá una interrupción. En estos versos cobra un mayor sentido: el frío no desaparece, sino queda suspendido. ¿Cuándo? En el momento en que se da el acto poético. Se abre un espacio para que la vida recupere su calor. No es la solución permanente. Pero es un instante de intensidad que modifica la existencia.
Conclusión
Si bien la metáfora del fuego en la poesía posee una larga tradición en la literatura, el mayor acierto de este poema está en la coherencia con la que se desarrolla desde el título hasta el último verso. Cada verso, cada imagen, cada elemento, amplía el anterior y conduce a una metáfora sostenida.
Quizá por ello no resulte casual que este poema haya sido escrito por uno de los impulsores de Sabersinfin. Más que definir la poesía, Abel Pérez Rojas parece describir la experiencia de quien ha decidido vivir desde ella. Su propuesta recuerda que la palabra no solo se escribe: también se habita. Y, cuando se acepta ese compromiso, el fuego deja de ser una amenaza para convertirse en una forma de iluminar el mundo.

BrendaCarol Morales
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.






























