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Interpretación del poema «Presunción de inocencia» de Aurora Olmedo

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Generado con Copilot.

Por: BrendaCarol Morales

Hace unos días leía a Eugenio Coseriu y su primer ensayo sobre el lenguaje. Coseriu define al lenguaje como una actividad creadora y, en tal sentido, la máxima expresión de la libertad creadora se la otorga a la poesía. Leer poesía con profundidad exige que sintonicemos con esa energía creadora y transformadora del autor.

Para este pensador el lenguaje no es un simple código de transmisión de información. Desde su punto de vista, el lenguaje es cultura, historia y una forma de aprehender el mundo y nuestra realidad de manera integral. Las personas vamos adquiriendo las primeras categorías conceptuales a partir de nuestra lengua. Estas no existen por sí solas, sino que primero aprendemos a estructurar la realidad a través de los significados que nos proporciona nuestra lengua histórica. Es decir, nosotros pensamos de una manera determinada porque primero hablamos una lengua determinada.

Así, cuando leía esta parte del prólogo de la VII Antología de Poesía Sabersinfin, «Leer poesía con profundidad, implica escuchar el ritmo profundo de las palabras, permitir que la sensibilidad vuelva a orientarse y reconocer que la experiencia humana es más amplia que las narrativas utilitarias del presente», pensaba en esa vitalidad creadora que tiene la poesía y en ese ritmo profundo de las palabras que exige congruencia con la experiencia humana. Leer poesía no se trata solo de resignificar lo que leemos. Implica conectarnos con aquello más íntimo, más auténtico de nuestro ser y, de alguna manera, hacernos copartícipes de la creación, no solo del autor leído, sino de toda la humanidad.

Pese a que los generativistas de corte chomskiano atribuyen al lenguaje un origen biológico —y aunque sus investigaciones no se han dedicado con exclusividad a la literatura—, sus planteamientos parten de una concepción distinta de la que aquí propongo. Prefiero pensar que, al leer poesía, recuperamos algo de nuestro primigenio contacto con nuestra esencia y que, tal como señalan algunos psicólogos en sus estudios sobre la relación entre lenguaje y emoción, las emociones se configuran también a partir de las categorías con las que las nombramos. Por ello, considero que al leer poesía nuestra sensibilidad puede reorientarse.

El poema que hoy comparto me parece que nos permite conectarnos con nuestra esencia, con aquello que muchas veces nos hace sentir que hemos perdido el rumbo y no sabemos o no podemos recuperar. Al leerlo, recorremos las sensaciones, las emociones y, desde nuestro puerto seguro, nos permite identificarnos con el dolor humano.

De la autora: Aurora Olmedo

Es profesora de Filología y Literatura Inglesa. Miembro del CEAL y de El mundo de Crisálida, en España. En diversas ocasiones ha fungido como jurado en certámenes literarios. Coordinó el taller Las letras y los días e imparte seminarios de literatura inglesa.

Ha participado en antologías nacionales e internacionales. Tiene varias colaboraciones en revistas de Latinoamérica y España. Cuenta con veintisiete libros publicados, los cuales abarcan poesía —incluida la dirigida a niños—, cuentos, novelas cortas y canciones.

Es coautora, junto con Marta Elena Videla, del poemario Los días de tu mano.

Actualmente es coordinadora de Sabersinfin en Argentina.

Presunción de inocencia

Sé que no supe volver.

Se me hizo grieta la cuna.
Perdí la sombra
y me traicionó el sol, pero no lo culpé.
Presunción de inocencia.

Me quedó grande mi amor y el alma al aire,
llenita de intemperies.

Armé y rearmé las piezas de un andamio crudo,
de identidades foráneas haciendo equilibrio
en la cornisa de brújulas de infierno.

Me estanqué en la mitad de un horizonte.
No me fui conmigo porque me tocaba estar sola.
Estaba suelta la soledad y ligera de ropas.

Y una mitad de mí se quedó en la caverna
y ese fuego detrás y las sombras de lo que no sería ni será jamás.
Era esencial la memoria y la evité.

Sé que no supe volver.
Y yo, desprovista de mí,
esperándome.

Aspectos de forma

El poema está escrito en verso libre, sin un esquema regular de métrica ni de rima y sin estrofas uniformes. Sin embargo, esta libertad acompaña el sentido. La voz poética aparece fragmentada y desorientada, por lo que en una forma excesivamente cerrada, no podría expresarse con la misma fuerza. El ritmo interno acompaña su estado emocional.

El ritmo se construye mediante diversos recursos: la combinación de versos de distinta extensión, los acentos, las pausas y los encabalgamientos. Se combinan de manera efectiva versos de arte menor con versos de arte mayor, lo que contribuye a crear tensión. Los versos cortos producen un ritmo más cortado, semejante a una respiración entrecortada: «Sé que no supe volver», «Perdí la sombra». Cuando la voz poética parece permanecer en un punto de flexión o quiebre, aparecen versos de mayor extensión, como «Me estanqué en la mitad de un horizonte» o «Y una mitad de mí se quedó en la caverna».

Por otro lado, en algunos casos, cuando se quiere transmitir la sensación de hacer equilibrio, se utilizan encabalgamientos: «Armé y rearmé las piezas de un andamio crudo / de identidades foráneas haciendo equilibrio / en la cornisa de brújulas de infierno»).

El título y uno de los versos utilizan una fórmula del mundo legal: «presunción de inocencia». Esta expresión, junto con otros versos cortos, funciona como un corte que deja ciertas ideas fijas que resuenan por sí solas.

Hay varios campos semánticos en el poema. Por un lado, aparece el campo de luz y sombras: sombra, sol, fuego, caverna, sombras. Estos últimos términos remiten a la filosofía de Platón sobre la existencia de dos mundos: el sensible y el de la razón.  Por otro, el campo de estructura o edificación desde la inestabilidad: grieta, armé, rearmé, piezas, andamio, equilibrio, cornisa, ya que evoca la acción de intentar sostenerse o estructurar una vida que se rompe.

Otro campo es el de la orientación y desplazamiento que representa la pérdida de rumbo, el estancamiento o la falta de un hogar y refugio: volver, intemperies brújulas, estanqué, fui, caverna. Además, encuentro el campo de desposesión: perdí, me traicionó, al aire, identidades foráneas, no me fui conmigo, desprovista de mí. Estos campos se utilizan para construir una metáfora de la disociación y la reconstrucción, posiblemente tras una ruptura o una crisis existencial.

El poema está conformado por una red de metáforas que lo sostienen casi por completo. Por ejemplo, «Se me hizo grieta la cuna», ya que la cuna representa el origen, la seguridad en la infancia. Otra muy importante es la alegoría de la caverna de Platón, que alude a esas sombras que son interpretadas como realidades. Otras figuras que se utilizan son: la personificación, por ejemplo con: «me traicionó el sol»; la paradoja, en: «No me fui conmigo», «desprovista de mí». Además, hay repeticiones: «Sé que no supe volver», «armé y rearmé». Este recurso expresa muy bien el proceso reiterado de una reconstrucción que no parece consolidarse.

Interpretación del poema

El poema empieza con una afirmación: «Sé que no supe volver» y termina con la misma frase. Es una estructura casi circular aunque no del todo, ya que la segunda vez que aparece el verso, se ha atravesado toda la experiencia del poema y comprendemos mejor la magnitud de ese no volver.

Algo interesante es que no dice a donde debía volver. Podría ser volver con alguien, a la casa paterna, al origen, a la infancia, al lugar de donde partió o, más profundamente, a sí mismo. El último verso confirma esta posibilidad de la voz poética: «y yo desprovista de mí, esperándome».

El siguiente verso parece confirmar que ha buscado esos posibles caminos para el retorno pero, desde su perspectiva disociada, no hay posibilidad para hacerlo. «Se me hizo grieta la cuna» implica que no solo hay una grieta, sino que aquello que la cuna simboliza –el origen, la infancia, el hogar primitivo y la supuesta seguridad de los primeros años— se convirtió en una grieta y con ello se perdió todo cimiento. El espacio de procedencia dejó de ser un lugar a dónde volver y no representa más un refugio porque se quebró.

¿Cuántas veces nos hemos visto sobrepasados por un dolor tan intenso, por una sensación de fracaso mayúscula, que nadie, ni nuestra propia madre puede entendernos y brindarnos esos brazos de cuna que antes parecían protegernos de todo?

Los siguientes versos dan cuenta de esa sensación de pérdida. Nuestra sombra siempre nos acompaña, así que perderla puede significar perder una parte esencial de nosotros mismos, quedar desorientados y sin protección. En el poema, podría reflejar la pérdida de orientación y de protección personal. Como si fuera poco, el sol, de quien se espera una luz que guía y que representa una promesa de claridad, más bien la traicionó cuando confiaba en él.

Pese al engaño, no culpa al sol. Asume lo ocurrido con madurez y muestra una resignación casi estoica. Como en un juicio, invoca la presunción de inocencia, como para reafirmar que pese al momento de total indefensión cuando quien debía iluminarla, la daña, decide perdonar y asumir que la vida y sus dinámicas siguen su curso, como esos días sin sombra.

Especial ternura provocan los siguientes versos. No dice, como suele oírse en canciones de desamor, que amó más de lo que el otro merecía. Dice que el amor que sintió fue superior a ella misma y la excedió, —como una prenda demasiado grande para el cuerpo que intenta habitarla—, dejándola en total desamparo, al descubierto, «llenita de intemperies». Estos versos magnifican la sensación de desamparo.

Después habla de andamios. Estos se utilizan cuando se construye un edificio. En tal sentido, la imagen provoca la idea de un montaje casi convulso, de un andamio que representa una personalidad provisional y frágil que se arma con pedazos de otros, ajenos a sí misma (identidades foráneas), que busca equilibrar sus emociones mientras vive al límite y al borde del colapso emocional.

Las «brújulas de infierno» sugieren que los puntos de referencia para mantener el equilibrio no cumplen su cometido. La brújula debería orientar, indicar el norte. Pero estas pertenecen al infierno. Así, esos instrumentios que tiene para orientar, en realidad la conducen al extravío o todos los caminos disponibles resultan infernales. Esta imagen es muy coherente con la percepción de no saber volver pues hasta las brújulas han perdido su capacidad de orientar el camino.

Luego, hay una especie de imposibilidad espacial y una contradicción. El horizonte, metafóricamente suele ser una promesa de futuro y de cumplimiento de metas. Así, hay una contradicción pues no hay una mitad física en la que pueda detenerse. Esta imagen expresa una situación existencial: detenerse en un lugar que no puede habitarse realmente.

No está en un punto de partida ni llega a un destino. Es una especie de limbo en el que no se puede avanzar ni retroceder y el espacio se vuelve una prisión abierta. Esta idea se reafirma con el siguiente verso: «No me fui conmigo porque me tocaba estar sola». La voz se marchó pero no se llevó a sí misma. Este verso es uno de los decisivos que prepara el desenlace. Dejó una parte de sí atrás y tiene sentido que después permanezca desprovista de sí.

En esta parte, el poema formula profundamente la enajenación de una persona que sigue viviendo, desplazándose, actuando, generando, pero que deja atrás algo esencial de sí misma. La causa es muy dolorosa: la soledad que le toca vivir.

Hay personas a quienes les gusta estar solas y buscan esos tiempos y espacios en los que se alejan consciente y alegremente de los demás. Para ellos, la soledad no es una carga ni un problema, tampoco un escapismo, sino una manera de reencontrarse y vivir felices consigo mismos. Sin embargo, cuando la soledad no es una elección sino una imposición del destino, esta se torna amarga y muy pesada.

Aquí, la soledad se personifica y se impone. La acompaña en el camino, casi como un personaje. Está libre, sin sujeción. Además, al presentarla «ligera de ropas» sugiere que la visualiza corporal pero vulnerable o íntima. Es una presencia que se instala sin barreras.  

Si antes se vio una pérdida de unidad, en el siguiente verso aparece explícitamente una división. El yo está partido. Una de esas mitades queda en la caverna. Este símbolo, junto con el fuego y las sombras, puede remitir, aunque el poema no lo mencione explícitamente, a la alegoría de Platón. Según esa alegoría, los seres que están encadenados dentro de la caverna perciben como realidad las sombras que se proyectan por el fuego que está en la entrada.

En el poema, sin embargo, esas sombras no son solo apariencias de una realidad verdadera, sino «las sombras de lo que no sería ni será jamás». Es decir, no se refieren únicamente al pasado: también representan aquello que no fue y que nunca podrá ser. Se habla así de una doble pérdida, tanto de lo que no fue como de lo que pudo haber sido. Es una formulación devastadora porque incorpora a la pérdida no solo lo vivido, sino también las posibilidades que quedaron sin realizar.

Después, la voz poética declara algo que considera necesario: recordar para ser. Sin embargo, conscientemente lo evitó. Hay una gran contradicción humana: aquello que necesitamos para reconstruirnos puede ser, al mismo tiempo, aquello que más dolor nos produce enfrentar. La voz evita recordar. Esa evitación podría explicar que no sepa volver pues, hacerlo, implicaría atravesar una memoria que se está evitando. El poema parece sugerir que el regreso exige memoria, pero esto supone enfrentarse a lo que no fue, a las carencias y pérdidas, a las ausencias, al desamparo.

El final del poema es muy bello pero terrible. La persona se divide completamente: hay un yo que está presente; hay un mí del que ha sido desprovista; y hay un yo que espera la llegada de ese mí. La expresión «desprovista de mí» es particularmente poderosa. «Desprovista» suele emplearse para aquello de lo que alguien ha sido privado: recusos, protección, esperanza. Sin embargo, aquí lo que le falta es ella misma, sin que logre su propia restitución.

En este final se conecta todo el poema: la falta de una estructura sólida y la división del ser provocan que el yo real y el yo presente se separen: sigue allí pero ya no se posee.

Conclusión

El poema construye el recorrido de una voz que se ha perdido a sí misma y plantea una gran tragedia: el regreso no consiste en volver a un lugar sino en recuperar la posibilidad de habitarse. El título introduce una especie de compasión hacia esa voz que quizá sienta que fracasó al no saber cómo volver. Sin embargo, nos aporta las pruebas para una defensa. No es posible culparla si tenemos en cuenta que le faltaron asideros, tuvo pérdidas, traiciones, sombras, brújulas infernales, desequilibrios, soledades, heridas tan profundas que la memoria resultó insoportable.

No supo volver. Pero quizá nunca fue simplemente cuestión de saber el camino.

BrendaCarol Morales
 
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.