– La caverna de los espejos: La aventura de la ciencia 1 –
Soy místico pero solo con el cuerpo
Mi alma es sencilla y no piensa
Fernando Pessoa
Por: Alejandro Rivera Domínguez
Pocos años después de la caída de la Gran Tenochtitlan, muchos europeos, la mayoría españoles, migraron a la Nueva España. Pronto, sin embargo, muchos de esos colonos, la mayoría analfabetos o emparentados con soldados de Cortés, convirtieron sus fantasías de riqueza y fama en sombras errantes. El anhelado deseo de la Orden Franciscana por un reino milenario de mil años, se tambaleaba ante la ausencia de nuevos misioneros que vinieran a estas tierras, simplemente no llegaban en la cantidad necesaria, de manera que los grandes conventos, comenzaban a planearse, eran simplemente demasiado grandes para albergar una misión casi inalcanzable, es decir, evangelizar a los habitantes de Mesoamérica. La Segunda Audiencia propuso junto con franciscanos radicados en Tlaxcala, la creación de una ciudad para españoles errabundos y viejos conquistadores que no habían recibido las mieles de botines de guerra: el reparto de tierra y autóctonos casi esclavos, que consideraban merecido.
La Puebla, el lugar para poblar, se fundó en 1531, con una magra población de 31 españoles y campamentos de indios procedentes de Cholula, Calpan, Huejotzingo, Tecali y otras poblaciones, en un paraje boscoso con grandes recursos naturales cercanos, denominado Cuetlaxcoapan, (Donde las víboras cambian de piel, según una traducción. Hay otras versiones) justo a orillas de un río que recibió el nombre de san Francisco. La traza de la ciudad comenzó desde enero o febrero de aquel año y fue realizado por hábiles ingenieros de Calpan. Algunos arqueólogos y antropólogos, han propuesto que el trazo se realizó a partir de un antiguo poblado tal como se realizó con la ciudad de México. Nada en firme se ha demostrado, sin embargo, la dirección del eje N-S, 11° NNW, de la traza principal, deja la incógnita en el aire. La orientación se debe, principalmente, al declive del terreno hacia el río san Francisco (Actualmente entubado) De hecho, ha sido un logro de urbanismo renacentista, un sueño, diríamos clásico, fruto de grandes empresas pensadas por franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, mercedarios motivados por una vasta labor evangelizadora.
La ciudad floreció rápidamente, pronto se convirtió en rival seria contra la importancia de la ciudad de México, asolada por epidemias e inundaciones. Al final del siglo xvii, se imprimían libros en Puebla, las crujientes prensas, la importación de papel, la tipografía dejaban su impronta en libros y folletos que circulaban entre los lectores. De hecho fue la segunda ciudad con imprenta del Continente; comenzaron los grandes conventos femeninos, los jesuitas en particular, comenzaron una labor educativa formidable. Por las calles poblanas corrían acequias, que distribuían agua a casas, iglesias y conventos. El complejo mestizaje se convirtió en un colorido paisaje de muchas etnias, indígenas, africanas y europeas. La ciudad, ya no era exclusiva de españoles, era una ciudad cosmopolita, en la cual se fabricaba vidrio, losa de diversos tipos desde Talavera a losa vidriada, jabones, se criaban cerdos y sus derivados constituían otra fuente económica, magnífica forja de fierro, arquitectura e ingeniería civil y religiosa de primer orden hacían de la Puebla una ciudad próspera. La agricultura sobre todo en el feraz valle de Atlixco, cuya producción de trigo llenaba las alhóndigas de muchas ciudades y las bodegas de los barcos se saturaban de galleta, alimento muy apreciado por los marinos.
Puebla con la compleja amalgama de culturas y lenguas, fue un fértil terreno para que surgieran pensadores que unían sus voces e ideas, a las corrientes principales de la naciente ciencia europea.
Los conventos se transformaron en respuesta intelectual al impulso que llegaba, a cuentagotas, del Viejo Continente. Los jesuitas destacaron por su vocación educativa. Fundaron los colegios de San Ildefonso y el Espíritu Santo, el primero en 1625 y el segundo en 1573. Los dominicos fundaron el colegio de san Luis en 1585, aunque tenían presencia en la ciudad desde 1535. Los resultados del Concilio de Trento (1564) fueron aplicados rigurosamente en las nuevas instituciones que conformaron el aire intelectual de la Puebla de los Ángeles. En particular, la astronomía, confundida en aquellos años con la astrología, no formaba parte del programa de estudios impartido en los colegios novohispanos. En principio, los estudios se agrupaban en enseñanza Moral, Teología, Filosofía y Gramática, las novedades y nuevos descubrimientos, echaron raíces posteriormente y fueron cultivadas brillantemente en los diferentes colegios.
En 1637, el notable matemático, fraile Mercedario Diego Rodríguez, fue nombrado profesor de Astrología y Matemáticas de la Pontificia Universidad de México. Sin bien, aisladamente ya se conocían algunos estudios de cartografía e ingeniería que implicaban barruntos astronómicos. Entre otros, los cuadrantes solares instalados en conventos y sobre todo la catedral de Puebla de los Ángeles, que datan de 1640, instalados durante la construcción de la basílica.
En general, seguía vigente la visión europea del universo, heredada a través de las traducciones árabes de Tolomeo que colocaba a la Tierra en el centro del mundo. La transcendental obra de Nicolás Copérnico, De Revolutionibus Orbium Caelestium, se publicó en 1543, se conoció y leyó esta obra en Nueva España, así como obras de Kepler y Tycho, cuyas obras, fueron estudiadas en pequeños círculos de lectores. Estas revolucionarias obras, que colocaban el sol como centro del mundo, derrumbó uno de los dogmas de la cristiandad y comenzó una completa revolución en la ciencia. Al principio aceptada por la Iglesia, pero muy pronto fueron incluidas en el Índice de lecturas prohibidas, de manera que, las concepciones Tolemáicas, con la Tierra en el centro del mundo, continuaron por un tiempo… Continuara
Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.































