Por Salvador Calva Morales
Y entonces el carácter se templa en lo pequeño:
en el frío que no mata, en el calor que incomoda,
en la molestia diaria que antes parecía injusticia.
Ya no hay necesidad de anunciar cada batalla
ni de convertir el dolor en espectáculo,
porque el alma aprende a resistir en silencio.
Callar se vuelve una elegancia que pocos comprenden,
no por falta de razón, sino por sobra de claridad.
¿Para qué explicar tres veces lo evidente?
¿Para qué discutir con quien no quiere escuchar?
El silencio, cuando es elegido, no es ausencia:
es una forma pulida de inteligencia.
Hablar, cuando se hace, ya no pide permiso
ni teme las consecuencias ni busca aplausos.
Se dice lo justo, lo necesario, lo verdadero,
y luego se sigue andando sin mirar atrás.
Porque educar al mundo es tarea imposible
y perder el tiempo en necios es un lujo que ya no existe.
Hay también un humor seco, casi invisible,
una ironía que no estalla, pero sostiene.
No es risa ruidosa ni alivio inmediato;
es una forma de aceptar sin volverse amargo.
Entender que quejarse no mejora la vida
es, quizás, una de las libertades más limpias.
Y al fondo, inevitable, espera la última cita:
la muerte, paciente, sin olvidar a nadie.
No es enemiga ni castigo, solo compañera tardía
que baila con todos cuando la música cesa.
Quien la ha mirado antes, sin temblar demasiado,
aprende a no dramatizar el cierre del viaje.
Porque vivir bien no es vencer al final,
ni torcer el destino ni evitar la derrota.
Es jugar cada día con cierta nobleza,
aun sabiendo que el marcador no será favorable.
Morir es seguro, pero vivir con torpeza es elección,
y perder con dignidad… es la última victoria de la vida y del alma.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























