Por Salvador Calva Morales
Desperté distinto,
el sol me saludó con un brillo cómplice,
y en la pantalla del destino
una voz tierna me dijo: “Hola”.
Era Mony,
nombre breve y profundo como promesa,
vibración de Guadalajara,
llama que cruzó los kilómetros sin permiso.
Nos unieron los caballos, la nobleza del instinto,
la piel de los animales y su silencio,
esa forma de amar que no necesita idioma,
solo manos dispuestas a sanar.
Hablamos del rugido y del maullido,
de la fuerza y de la caricia,
y en cada palabra descubrí su fuego,
una juventud que pregunta,
que busca respuestas en el misterio del alma.
El día transcurrió como un río sin orillas,
la tarde nos tendió su manto de asombro,
y cuando la noche cayó sobre la distancia,
su voz se volvió hoguera en mi oído.
Mony,
talismán de mi jornada improbable,
cabello de cascada y ojos de aurora,
eres destino disfrazado de azar,
milagro que se viste de conversación sencilla.
Yo, cazador cansado de certezas,
hallé en ti la pregunta perfecta,
la que no busca resolver,
sino encender.
Y así nos reconocimos:
ella, temblor de descubrimiento,
yo, fuego que aún sabe esperar;
sin tiempo ni frontera,
solo un puente de palabras encendidas.
Porque cuando dos almas
se buscan sin saberlo
y se hallan en el incendio del verbo,
ya nada vuelve a su lugar primero.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta






























