Por Salvador Calva Morales
No sé qué sombra cruzó la brújula del tiempo,
qué cifra mal leída encendió la tempestad;
un calendario torcido levantó su viento
y casi hizo naufragar nuestra constelación de sal.
Tu pensamiento herido soltó cuervos en la estancia,
sembró relámpagos fríos sobre el lecho de los dos;
pero, al deshacerse el nudo de la duda y la distancia,
al caer las máscaras y apagarse las sospechas,
volvió a crecer la aurora dentro de nuestra unión.
Desde entonces, algo secreto nos pronuncia:
somos dos brasas que se buscan bajo la intensidad del ayer.
En estos seis meses, la ternura se hizo música
y el amor, una criatura imposible de contener,
una fiebre serena que nos colma de claridad.
Que tu piel sea mi refugio, mi deseo y mi destino,
y mi pecho, el puerto tibio donde vuelvas a descansar.
Cuando nos entregamos, la noche pierde su nombre;
la piel se vuelve un mapa que aprendemos a tocar,
tu respiración enciende cada uno de mis rincones
y nuestros cuerpos se confunden como ríos al llegar al mar.
No quiero espacio alguno entre tu pulso y el mío
ni un silencio que no sepa pronunciar tu voz;
que cada beso derribe los muros del vacío
y el deseo nos reúna donde comienza lo sagrado del amor.
Quédate en esta llama que no pide testigos,
en esta dulce fiebre que nos devuelve la claridad;
yo, refugio de tu cuerpo; tú, destino del mío,
hasta que el tiempo se arrodille ante nuestra eternidad.
Que al rozarnos se detenga la distancia y calle el tiempo;
que la noche nos encuentre fundidos en una sola verdad:
yo tuyo, tú mía, en cuerpo, alma y pensamiento,
hasta que el último latido nos pronuncie para la eternidad.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta

































