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Solo somos un esbozo 

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Imagen del autor Yamu_Jay en PIXABAY

El mundo iluminado

Por Miguel Ángel Martínez Barradas

El día es una alegoría de la existencia de todo ser humano. El amanecer, el mediodía, el atardecer y el anochecer son equiparables al nacimiento, la plenitud, la vejez y la muerte. En cuanto a la medianoche, ésta sería semejante al momento de la regeneración, de la vuelta al origen y, por tanto, de la preparación para la resurrección. La existencia, más que ser un recorrido circular en el que volvemos al instante en el que todo inició, es una espiral en la que el retorno es ilusorio, pues cuando volvemos no lo hacemos al mismo punto del nacimiento, sino a otro que se le asemeja, pues con cada vuelta de la existencia somos los mismos, a la vez que somos diferentes. 

Un nuevo día comienza y con éste nacemos nuevamente. ¿Qué es lo que haremos en este nuevo, pero ya conocido, ciclo que se nos ofrece? ¿Corregiremos los errores cometidos? ¿Superaremos los anhelados vicios? ¿Superaremos nuestros apegos? Con cada amanecer volvemos a nacer y aunque nuestros deseos de superación son genuinos, por alguna razón no llegamos a concretarlos. El tedio nos absorbe, la desidia nos somete y el exceso de confianza con respecto a que habrá un nuevo renacimiento nos lleva a postergar lo apremiante, y así es como otro anochecer acontece sin que nosotros hayamos hecho nada memorable. 

Sabemos qué es lo que nos daña (alimentos, conductas, sustancias, pasatiempos, palabras, etcétera), pero no nos alejamos de esas malas prácticas y por ello es que nada fructifica en nuestras vidas. “De algo nos tendremos que morir”, dicen algunas personas, quizás porque en un sentido profundo no han hecho consciencia de lo que la muerte real significa. Sabemos qué es lo que nos daña, pero no nos alejamos de ello, quizás porque en realidad no lo sabemos, ¿o es que acaso es posible saber sin tener consciencia? ¿O es posible tener consciencia y permanecer en el error? ¿No se supone que la consciencia es inseparable del bien? 

La vida, la verdadera, la que todos experimentamos, es en realidad más simple de lo que parece. Nuestros días transcurren en una zozobra disfrazada de actividades “importantes” e impostergables; ninguno de nosotros sabemos a dónde nos dirigimos realmente, pero tenemos que aparentar lo contrario para no dar la impresión de que hemos “fracasado” ante la vida. Lo cierto es que no hay nada más allá de los actos simples y cotidianos, pero nos esmeramos por creer lo contrario y por mantener viva la ilusión de que la vida debe ser complicada para que valga la pena; no es así. El sol no hace más que subir y bajar, una y otra vez, y esto es suficiente para mantener la vida de las especies regenerándose, ¿por qué nuestras labores, entonces, deberían ser más complicadas que las del sol, cuando nuestro único deber es mantener nuestra propia vida funcionando con dignidad? 

El objetivo de la espiral cotidiana que encarnamos, entre cada amanecer y anochecer, es el de perfeccionarnos. Hoy nos equivocamos, pero mañana, en una nueva vuelta de espiral, buscaremos ser mejores. Los errores no pueden resarcirse, pero pueden nutrirnos con alguna enseñanza para que nuestro siguiente ciclo espiral sea menos atropellado y más pacífico. Estamos condenados a girar indeterminadamente y a buscar en cada vuelta la perfección, sin embargo, no importa cuán grande sea el número de giros que demos, pues nunca alcanzaremos el estado ideal que hemos imaginado para nosotros, siempre habrá algo más, por ello es que somos seres inacabados y con un objetivo difuso, ¿o quién podría explicar con claridad la relevancia de la especie humana para el sistema natural al que pertenecemos? 

Giramos y giramos, y cada día renacemos, pero con una diferencia evidente: nuestro cuerpo se desgasta. Entre un día y otro el cambio físico que experimentamos es imperceptible, pero a medida que la espiral se prolonga, los estragos se hacen más que evidentes. El hecho de que cada día represente un renacimiento, no debe interpretarse como que nos hemos salvado del tiempo, o que ese renacimiento será necesariamente positivo. Los años no pasan en balde, y cada día que experimentamos podría ser la oportunidad de salvarnos del error, pero también la prolongación de una agonía a la que no hemos podido ponerle final. Y es que la existencia humana es incomprensible cuando le quitamos aquellas idealizaciones con las que la hemos disfrazado. Vivir duele, física, mental y espiritualmente. No se niegan los buenos momentos que de repente hallamos en la espiral, pero en general, pareciera que nada tiene un sentido real, ¿o hacia dónde creemos que avanzamos? ¿Y qué más podríamos decir en favor de la existencia, cuando comprendemos que en última instancia el olvido lo devora todo? El filósofo Pascal Bruckner explica así las repeticiones cotidianas en su obra Un instante eterno

«¿Qué queda por hacer cuando crees que lo has visto todo, que lo has vivido todo? Empezar de nuevo, porque el tiempo nos permite repetirlo tantas veces como queramos. El tiempo nos lleva quizá hacia un debilitamiento progresivo, y tampoco deja de repetirse. No es una rueda que nos aplasta de forma inexorable, sino una serie de bifurcaciones y cruces que nos dan la oportunidad de corregir lo que nos perdimos la primera vez. La resurrección tiene lugar dentro de esta existencia, donde morimos y vivimos una y otra vez. Hasta el final solo somos un esbozo y nos vamos sin estar terminados. Se trata de redescubrir en uno mismo la fe que crea, la virtud que inventa, el vértigo que vacila ante la abundancia de caminos posibles. El atardecer debe parecerse al amanecer, aunque no se abra en un nuevo día.» 

¿Vale la pena vivir? Por supuesto. ¿Tiene algún sentido? No en sí mismo, pero sí considerando las excusas que nos hemos inventado. Día a día la espiral gira y gira. Nosotros, mientras tanto, nacemos y morimos sabiendo que sólo somos un esbozo. 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.