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Todos los súbditos del rey

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– La Historia Jamás Contada –

Para muchos que fuimos niños todavía durante la “Época de Oro” del PRI, conforme transitábamos por la adolescencia, el periodo en que uno suele independizarse ideológicamente de las generaciones anteriores, nos resultaba cada vez más claro que ciertos rasgos del Régimen definitivamente no concordaban con el carácter liberal, moderno y democrático que proclamaban sus voceros.

Rasgos que iban desde los religiosos (de Estado) como las “ceremonias cívicas” (?) y las “Fiestas Patrias”  (“patrionales”, por su parecido con las otras), a los típicos de un régimen MONÁRQUICO, como la unción y servilismo cortesanos, que fueron abiertamente confrontados en 1968 no sólo por los estudiantes movilizados, sino por los propios empleados gubernamentales, como los burócratas obligados a manifestar su apoyo al “Señor Presidente”, que coreaban en el camino: “¡Bee, bee: somos borregos, nos llevan!”

Abyectas prácticas que ahora se empeñan en resucitar los panegiristas del régimen en (re)construcción, quienes inconsciente o cínicamente retornan así a su matriz ideológica, en la que se sienten cómodos. Viejas formas que, como dije arriba, reconocemos de inmediato quienes ya éramos sus incipientes críticos hace casi 60 años…

Vino la época echeverrista, de aparente distensión -porque de hecho continuó la persecución política, aunque de manera selectiva- y apertura cultural, tanto por la posibilidad de adoptar estilos alternativos personales de vida, como por la difusión de expresiones artístico-culturales antes prohibidas, denostadas o sólo accesibles a determinadas élites. Hasta cierto punto se democratizó la Cultura, tanto en su producción como en su consumo, aunque privilegiando a la que se integrara naturalmente a la tradicional parafernalia nacional(pri)ista.

(Por ejemplo, el Ejército dejó de perseguir a los hippies, extrañísima tarea que recordaba lo que les sucedió a las flappers nacionales en los años 20 a manos de los cadetes del Colegio Militar, mientras que, por otro lado, fue muy comentado el hecho de sacar a las calles a los cantantes de ópera y presentar en el Palacio de Bellas Artes a figuras de la llamada “canción vernácula”. Sea como fuere, a partir de entonces contamos con una oferta cultural más variada.)

Hay quienes apuntan a la flagrante similitud entre esa época y la actual, como podría ser el caso en cuanto a la imagen que el régimen quiere proyectar al exterior, como cuando el entonces Presidente abrazó la causa del “Tercer Mundo” y hasta propuso una “Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados” (aparte de aspirar a la Secretaria General de la ONU, por supuesto).

Pero en cuanto al INTERIOR, existen diferencias radicales, como la andanada de reformas y cambios en las prácticas gubernamentales y los usos y costumbres políticas en general, que tanto el Caudillo como sus tropas parlamentarias -sólo de nombre, pues se limitan a “obedecer a su señor”- y no parlamentarias, regulares e irregulares han estado lanzando continuamente y cuyos efectos habrán de perturbar aún más la ya de por sí desestabilizada situación del país. Para muestra un botón:

Mientras que el echeverrismo trató de lavarle la cara al Ejército, tan desprestigiado por lo sucedido hacía unos años, mediante operaciones como la Ascensión “Vicente Guerrero” al Popocatépetl, donde la tropa sirvió de cortés anfitrión a los jóvenes que respondieron a la convocatoria, el régimen actual trata no sólo de restablecer el “culto al soldado” como existía antes de los fatídicos hechos, sino mostrar a éste como el mexicano ideal, el ejemplo a seguir por la juventud… Aquél todavía “civilizaba” momentáneamente a sus militares. Éste, en cambio, se empeña tozudamente en militarizar aspectos anteros de la vida civil. (Curiosa fijación que valdría la pena rastrear clínicamente.)

¿Y todo esto a qué puede conducir? Hasta hace poco se podía afirmar que a un retorno -o retroceso, si gustan- a las épocas de Echeverría, Díaz Ordaz o López Mateos (1958-1976), el México autoritario pero “moderno” de aquellos años. Ahora da la impresión que ya no se trata “simplemente” (?) de regresar la Historia, sino salirse de ésta e internarse por un camino prácticamente inédito, salvo las intentonas -fallidas- de Iturbide, Santa Anna… o Maximiliano.

¿Qué piensan ustedes, azorados lectores?

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.