Por Abel Pérez Rojas
Salí de la tristeza, parto forzado,
igual a quien deja una casa vacía,
con las paredes marcadas por el tiempo,
sin más equipaje que los recuerdos
y la esperanza de encontrar algo más allá.
Me adentré en caminos que no hablaban de promesas,
solo de un silencio lleno de bruma
que, paso a paso, fue dejando ver la luz.
La lluvia, rostro divino para la vida,
lavó las huellas del ayer,
y cuando el agua cesó, entendí
que lo que seguía aún podía ser vivido.
Cada paso creó la senda,
cada palabra, hilo invisible,
tejió el aire y la piel
que unió mi pasado con lo que soy.
Descubrí que la magia no está en los sueños
que se persiguen,
sino en las promesas cumplidas,
en las cicatrices que se transforman
en marcas de camino.
Usé de fulcro el borde del acantilado,
empecé a entender los murmullos
de las corrientes invisibles.
Las avenidas de viento y agua
fluían desde lo más profundo de mí.
Era como si el tiempo y la naturaleza
hubieran trazado un mapa en mi dermis,
marcando cada giro, cada curva
que antes no veía.
Miré lo cercano con otros ojos,
descubrí el detalle olvidado
del referente que siempre ha estado ahí.
El eco de los días vividos se repite,
mantra en cada rincón de mi ser,
recordándome que el verdadero viaje
no es el de los pasos,
sino el que hago al virar hacia mí.
Ahora sé que el ojo que todo lo ve,
no es más que el mío
reflejándose en un espejo que nunca supe que existía.
Es la vida misma,
una y otra vez,
mostrándome el camino
a través de las palabras,
los silencios y las corrientes invisibles
que me guían siempre al mismo lugar:
a mí mismo.
Entendí que lo de afuera solo es un reflejo,
una excusa del destino para mostrarme el adentro.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta


































