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Extrañas apariciones en un sitio encantado

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– La Historia Jamás Contada –

Las noches oscuras y frías de esta temporada me hicieron recordar cuando Eugenia -una grandísima amiga- y yo estábamos de compras en una tienda de autoservicio de la Zona Dorada de esta Ciudad, camino al domicilio de un amigo con quien pasaríamos la Navidad. Mientras seleccionábamos la comida y bebida apropiadas para la ocasión, comenzó a relatarme un suceso ocurrido en el apartamento de un amigo suyo en el que paraba cuando venía a Puebla, en una casona antaño señorial convertida en vecindad, enclavada en el barrio de El Carmen, justo sobre la Avenida 16 de Septiembre, en el Centro Histórico.

Resulta que un día al levantarse, notó un charco de agua debajo de la gran mesa de madera maciza del comedor. Intrigada, lo primero que hizo fue mirar al techo, pero al no descubrir goteras o cosa parecida, pensó que tal vez su amigo, al salir de prisa en la mañana, había volcado por accidente un cubo de agua… En este punto de la historia terminamos nuestras compras, pagamos y abandonamos la atiborrada plaza, sin retomar el tema durante el viaje en autobús.

No fue sino hasta siete años después que me enteré de cómo concluyó el episodio, pero por boca de Conchita, otra gran amiga psicóloga que me había presentado Eugenia en 1986. En esta ocasión, cuando su hijo menor y yo conversábamos sobre cosas extrañas, ella me preguntó si Kena me había contado lo del agua. Le respondí que sí, pero que no el final. “¡Ah, es que el final me sucedió a mí!”, afirmó dejándome sorprendido.

Fue un día que llegué a visitarla. Ya sabes que se levanta tarde, así que toqué la puerta hasta que me abrió, todavía adormilada y me invitó a pasar. En la sala me pidió que la esperase mientras se arreglaba, para ir juntas al mercado. Cuando estuvo lista, la que ya no tenía ganas de levantarse era yo, fatigada por el viaje a pie. Me dijo entonces que no tardaba y salió.

Cuando ya comenzaba a aburrirme, decidí buscar un cubo de agua y un trapeador para recoger la tierra y la basura del suelo. Al ver la gran puerta de la sala-comedor, siempre abierta contra la pared, la cerré para limpiar también allí. Lo primero que vi fue un tubo metálico con una llave (grifo) y pensé: “¿Cómo es que Kena no se dio cuenta? De aquí salió el agua del charco debajo de la mesa, que estaba muy próxima”.

Apenas regresó, salí a su encuentro bastante excitada exclamando: “¡Kena, Kena, ya resolví el misterio: el agua salió de aquí!”, al tiempo que cerraba la puerta, sólo para descubrir con horror que no había ni tubo ni llave.

Resulta que en esa habitación a veces se materializaba un tubo con una llave de la que salía agua que mojaba, pero que de ordinario esas cosas no estaban allí, es decir, NO EXISTÍAN. (??)

Personalmente, una ocasión en la que Kena y yo llegamos empapados por venir bajo un aguacero, lo primero que hice fue quitarme la ropa mojada para secarme enseguida y evitar contraer un resfriado. Pero al pasar mi mano cerca de la pared, percibí una fortísima carga electrostática, que de inmediato me hizo conjeturar: “Bueno, estoy empapado y descalzo, a potencial de tierra, luego la carga no es mía”. Pero la sensación persistía, por lo que pedí a Kena acercara su brazo a la pared y, efectivamente, se le erizaron los vellos de la piel. ¿Qué sucedía allí?

Ella me había contado de una “sombra blanca” (resplandor) indefinida y estática, que se deslizaba sobre la pared electrizada y también de las cortinas (hechizas) de las ventanas se movían sin corrientes de aire perceptibles, como cerrándole el paso. Incluso de escuchar a mitad de la noche el furioso tecleo de las máquinas de escribir de un edificio de oficinas al otro lado de la acera, a esa hora evidentemente desierto.

Hace unos años, con el auge de la gentrificación, la vecindad fue remozada para rentarla a otros clientes, pero la parte alta, donde estaba el multicitado comedor, tenía toda la apariencia de permanecer DESHABITADA.

¿Qué opinan ustedes, intrigados lectores?

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.