Dime si no te mueven mis versos,
ni mi súplica ardiente,
ni el cielo prometido que nos mira silente.
¿Es tu orgullo, tu miedo, lo que aún te detiene,
o un “no sé qué” que en tu pecho se mantiene?
Sé que me amas,
lo veo en tus silencios,
en el eco de tus días
que me nombran sin remedios.
¿Cómo es que no extrañas mis besos ardientes,
mis abrazos que envuelven,
mis caricias valientes?
¿No te duele la ausencia de mis labios sedientos
que bebían de ti con pasión y contento?
¿Qué fuerza terrible te domina y somete,
dejando al deseo que por mí en tu pecho vibre y rete?
¿Qué es de tu vida sin mi piel junto a la tuya,
sin el temblor de tu cuerpo cuando el mío se incluye?
¿Cómo justificas los ríos de miel desbordados,
o acaso tu panal se ha secado y olvidado?
Dime, por favor, ¿cómo sofocas el fuego,
el hambre insaciable que sólo yo sosiego?
Sé que sin el sexo mío no hallarás igual,
que mi forma de amarte es un arte total.
Dime, ¿cómo apagas la llama que arde?
¿A qué artilugio recurres en mi lejanía cobarde?
¿O acaso dejas que el deseo te consuma,
soñando con el momento en que vuelva la fortuna?
Ven, no tortures más este amor inmortal,
entreguémonos sin miedo,
sin final.
Rinde tus encantos a mis manos y labios,
dejemos atrás el tormento,
los agravios.
Dime que sí, no detengas más el destino,
que somos uno, pasión, fuego y camino.
































