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La costumbre de poner nombre a los niños

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Imagen del autor SeppH en PIXABAY

ConoSer Bien

“Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer”.
Antonio Machado Ruiz

Desde que los seres humanos aparecieron sobre la superficie de la tierra, surgió la necesidad de identificarse, haciendo esto mediante la asignación de un nombre. El nombre es nuestra primera seña de identidad, aquello que nos identifica y nos da existencia. Los apellidos son algo relativamente nuevo, surgieron en la Edad Media, cuando la población creció y se hizo necesario diferenciar a las personas que tenían el mismo nombre. 

Etimológicamente la palabra “nombre” proviene del griego “onuma” o del latín “nomen, nóminis”, con el significado de “un nombre, un presagio¹”. El Diccionario de la Real Academia Española le da entre otros el siguiente significado: “Palabra que designa o identifica seres animados o inanimados”, es decir, denominación que se le da a una persona, animal, cosa o concepto tangible o intangible, concreto o abstracto, para distinguirlo de otros. 

 El nombre más antiguo que conocemos de una persona y que ha quedado registrado por escrito, fue Kushim y perteneció a un sumerio de la segunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo. Este nombre aparece en una tablilla de arcilla, en escritura pictográfica cuneiforme datada c. 3400–3000 a. C. y es el primer antropónimo (nombre propio de persona) del que se tiene constancia. 

Los filósofos antiguos, y en particular el griego Platón en su diálogo Crátilo o de la exactitud de los nombres², nos conduce en un viaje filosófico hacia el origen de nuestro lenguaje, nos dice que “hay nombres que son naturales a las cosas, y que no es dado a todo el mundo ser artífice de nombres; y que sólo es competente el que sabe qué nombre es naturalmente propio a cada cosa, y acierta a reproducir la idea mediante las letras y las sílabas”. 

Con relación a los hijos, el nombre del bebé es una decisión que puede convertirse en un desafío para muchos padres, especialmente cuando se debate entre elegir un nombre de un familiar u optar por un nombre único que refleje la individualidad del futuro hijo. 

En cuanto a las costumbres de poner nombre a los niños, existen tradiciones (utilizadas principalmente en España y en Italia) que ayudan a conocer el posible nombre de los antepasados y su fecha de nacimiento: Por ejemplo: al repetir el nombre de los abuelos, el primogénito llevaba el nombre de su abuelo paterno; el segundo hijo varón llevaba el nombre de su abuelo materno; la primogénita llevaba el nombre de su abuela paterna; la segunda hija mujer llevaba el nombre de su abuela materna. Esta tradición era un modo de perpetuarse a través de los hijos y nietos.  

Otra tradición católica muy antigua era el poner el nombre del Santo y su fecha conmemorativa, ya que consideraban que poner el nombre del Santo era como tener al santo dentro de la casa. Se pensaba que así se honraba al Santo y éste pondría a la criatura bajo su protección y amparo. Debían rezarle cada día al menos un Padre nuestro y un Ave María, dar alguna limosna y leer su vida de vez en cuando.  

En los primeros tiempos de la iglesia, en que por lo regular se bautizaba a los niños algunos días después de nacidos, se les ponía el nombre del Santo del día que nacían o el del día del bautismo. Ante la elección del nombre del Santo, que se venera el día de nacimiento de la criatura, el original podía sufrir variaciones. 

La costumbre de adoptar, para los recién nacidos, nombres de santos reconocidos por la Iglesia católica se ratificó en el Concilio de Trento (1545-1563). También ocurrió que algunos curas se negaban a poner ciertos nombres al bautizarlos, ya que algunos nombres podrían generar problemas sociales a los niños o que los padres los elegían por tradición familiar, evitando que les pusiesen nombres que, juntos a otros o con el apellido, llegaran a sonar ridículos o injuriosos. 

Aunque la inmensa mayoría de antropónimos derivan históricamente de nombres comunes, en muchas sociedades el significado original del antropónimo es desconocido. Sólo mediante el estudio etimológico se conoce cuál es el origen histórico de los nombres.  

Otras tradiciones para poner el nombre a los niños, es llamarlo con el nombre del padrino o repetir el del hermano fallecido, o de otras personas de la familia fallecidos o admirados. Los romanos tenían tan pocos nombres propios que cuando se les acababan daban a sus hijos nombres de números: Quintus, Sextus, Septimius, Octavius, Nonius, Decius, etcétera. 

Es muy común que los padres quieran para sus hijos el mismo nombre que ellos llevan, pero deberían reconsiderar esta práctica, ya que especialistas aseguran que no es una decisión adecuada, porque se obliga a los hijos a ocupar el lugar del otro y puede tener consecuencias psicológicas y prácticas desagradables. En estos casos, un nombre tiene siempre una historia y es posible que esa persona se identifique con el destino de ese nombre. 

Entre las consecuencias psicológicas se tienen: El niño puede sentir la obligación de cumplir con un “destino familiar”; Puede haber confusión de identidad, ya que se difuminan los límites entre progenitor e hijo; Puede haber una “frustración recíproca” si el niño no cumple con las expectativas de los padres;  

Entre las consecuencias prácticas que pueden surgir se encuentran: En casa, se suelen usar diminutivos o sobrenombres para diferenciar a las personas con el mismo nombre; Puede haber acoso escolar si el nombre tiene connotaciones negativas o resalta por encima de los estándares del colegio; Poner un nombre determinado puede suponer colocar al niño en el foco de atención

El nombre propio es nuestra seña de identidad. El llamar a las personas por su nombre provoca un efecto psicológico muy gratificante. Nos hace sentir importantes y valorados, establece un puente de confianza y vuelve a las personas más receptivas. Conlleva una alta emotividad. 

El hecho de que nos recuerden por nuestro nombre, amable lector, es algo que agradecemos con calidez, ya que despierta nuestra empatía de forma inmediata. 

Jorge A. Rodríguez y Morgado, titular de la columna y el programa ConoSER bien. Twitter: @jarymorgado, correo electrónico: jarymorgado@yahoo.com.mx. Colaborador destacado de: Sabersinfin.com

Referencia:
https://repository.uaeh.edu.mx/revistas/index.php/prepa2/article/view/1283/5295
https://www.philosophia.cl/biblioteca/platon/Cratilo.pdf