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Entre sinapsis y estrellas

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Por Enrique Canchola Martínez

Primera sinapsis
Ella era neurona sensitiva, él, célula glial incansable.
Se conocieron en un cruce de pensamientos,
cuando sus cerebros, entretejidos por curiosidad,
encendieron la sinapsis de la atracción.

“Cada vez que te pienso, mi hipotálamo vibra,”
decía él, con voz temblorosa de serotonina.
“Eres mi estimulación constante, mi homeostasis emocional.”

Ella respondía con miradas llenas de oxitocina,
haciendo que su sistema nervioso autónomo
se confundiera entre el amor y la ansiedad.

Recorrieron juntos las cortezas de la experiencia,
activando regiones dormidas del alma.
Su amor no era físico:
era bioquímico, cuántico, existencial.
“Si algún día dejamos de ser,”
susurró ella, “solo pídele al universo que guarde nuestras conexiones,
como recuerdos en la médula de lo eterno.”

Y así, como dos partículas entrelazadas,
siguieron orbitando sus afectos,
porque en su historia, el amor no era solo sentimiento:
era ciencia haciendo poesía.

Segunda sinapsis

El tiempo no pasaba por ellos, pasaba: a través de ellos.
Los relojes perdían sentido cuando sus cerebros se alineaban,
como ondas gamma en una meditación compartida.
Sus sueños no eran fragmentos aleatorios,
sino secuencias organizadas por la melatonina
que les susurraba que el universo los quería juntos.

“Tu voz resuena en mi amígdala,”
dijo ella, “como un recuerdo ancestral imposible de olvidar.”
“Eres mi equilibrio en este sistema de caos neuronal.”

Recorrieron sin miedo los lóbulos oscuros de la mente,
esos donde habitan los traumas y las preguntas sin respuesta.
Y en medio del miedo, encontraron serotonina:
una molécula llamada esperanza.

Su amor se volvió investigación.
Diseñaron hipótesis sobre el afecto,
midieron su vínculo en pulsos eléctricos,
y descubrieron que su relación tenía un índice de plasticidad sin precedentes.

Pero la ciencia no pudo prever
la aparición de una proteína rebelde:
el miedo al abandono, codificado en su ADN emocional.
Por primera vez, dudaron de la teoría.

“¿Y si somos solo un fenómeno transitorio?”
preguntó él, con cortisol en la voz.
“¿Y si nuestras conexiones se debilitan con el tiempo?

Ella respondió con una sonrisa tan luminosa
que habría activado la glándula pineal de cualquier filósofo.

“El amor también evoluciona, y la evolución es resiliente.
Podemos reescribir nuestros genes de afecto,
si seguimos creyendo en esta simbiosis.”

Enrique Canchola Martínez
Augustus 02 de 2025