Por Enrique Canchola Martínez
Cerré los ojos y me dije a mí mismo, pensantes, es lo que se dice son los hombre y Dios los pone a prueba y demuestra que no son más que animales, pues hombre y bestia tienen la misma suerte, pues, la muerte, es tanto para uno como para el otro, el aliento es el mismo y el hombre no tiene nada más que el animal, esa es otra cosa que le pone sentido a la vida, que todo vaya al mismo lugar, todo viene del polvo todo vuelve al polvo. Aunque habrá quién dirá que el aliento del hombre parte de las alturas y el del animal vine de debajo de la tierra.
Vi que lo único que el hombre puede esperar es gozar el fruto de sus obras porque es esa su condición. Pero quién le dará a conocer lo que pasará después, pensé además, en todos los abusos que se cometen bajo el sol y vi las lágrimas de los oprimidos y no hay nadie que los consuele, sufren la violencia de sus opresores y no hay nadie que venga en su ayuda, por eso felicitaré al muerto porque es muerto más bien que al vivo, porque todavía vive y es más el uno que el otro en este mundo traidor lleno de injusticia.
Abrí los ojos y me encontré navegando en las tinieblas mentales de mi propia incertidumbre, donde la curvas de mis pensamientos, son ecos del alma que se estrellaban contra paredes invisibles.
Todo es una alucinación sin contornos, un lenguaje que aún no sabe nombrarse. Mi cerebro, despierto pero extraviado, miraba un horizonte interior donde los recuerdos se disuelven como sangre en el agua. Las palabras se esconden detrás de mis emociones sin nombre, y la existencia se vuelve un suspiro largo, como si el universo respirara dentro de mí, confundiéndome con su inmensidad.
En ese vaivén sin destino, comprendí que Dios no sabe lo que somos y que intenta llevarnos al abismo mental donde perdamos la esperanza de renacer inventados otra vez.
Poco después, abrí los ojos y la luz no era más que una ficción de la mente. Caminaba por el laberinto incierto de mis pensamientos, donde el tiempo se pliega sobre sí mismo, y la memoria se arrastra como sombra sin cuerpo. En cada rincón de mi conciencia, una pregunta latía: ¿Quién soy cuando nadie me observa? Sentía el pulso del universo en mis sienes, como si las estrellas me dictaran verdades que aún no conozco. Y entendí que el caos mental no es ausencia de orden, sino una forma delicada de sabiduría que ha nacido en mí, que vive y respira en mi cerebro donde habita lo que conocemos como Dios y abrí los ojos y vi a Dios en mi.
Enrique Canchola Martínez 020825





























