Por Salvador Calva Morales
¿Cuánta confusión vivimos, Señor de lo eterno?
Hoy la verdad ya no habita en la palabra,
sino en servidores distantes que, irónicamente,
repiten mentiras con precisión matemática.
La inteligencia artificial crea sombras perfectas,
muertos sin pasado, desaparecidos sin destino,
tragedias que nacen de un código
y mueren en el mismo segundo en que se publican.
¿Qué clase de humanidad somos
si dejamos que un algoritmo dicte nuestro dolor?
La mentira ya no necesita lengua:
se automatiza,
se replica con frialdad mecánica,
como si el sufrimiento fuera un archivo más para compartir.
¿Nos benefician estas desgracias infladas?
¿O nos quieren adiestrar en la apatía,
hasta que la muerte deje de conmovernos,
como deja de estremecer un reloj que siempre marca la misma hora?
¡Qué ironía, Señor!
Nunca hubo tanta información… y nunca supimos menos.
Como sociedad nos hacemos un daño silencioso,
un daño que no sangra pero corroe.
La ética, el civismo, las buenas costumbres,
todos ellos convertidos en fósiles digitales
que nadie consulta, que nadie actualiza.
¿En qué día exacto, en qué minuto preciso
abandonamos el sentido del bien?
Pareciera que la moral es un software viejo,
y nosotros preferimos instalar versiones sin conciencia.
Y mientras tanto, niños de diecisiete años
son entrenados en la lógica absurda
de que matar es un destino y no un error.
Vidas que deberían estar aprendiendo ecuaciones
se reducen a disparos que cancelan su futuro.
Se les promete una dádiva mínima,
pero se les entrega una sentencia segura: morir.
¿Cómo entender que llamen “vida”
a una ruta donde la muerte es la única salida?
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta






























