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De la eternidad de la vida

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Por: BrendaCarol Morales

En las últimas semanas, como si la vida quisiera hacer ver que la muerte forma parte de ella, dos poetas partieron de este plano. Tuve la oportunidad de conocerlos en vida y también de compartir con ustedes sus poemas, una parte de su ser que trasciende los tiempos y los espacios. No es casualidad, creo, que esta semana me haya llamado la atención el poema De la eternidad de la vida, de Damián Jerónimo Andreñuk, el cual aparece en la VI Antología Internacional de Poesía SabersinFin.

Damián es un escritor argentino que ha publicado once libros a través de certámenes en diferentes editoriales. Nació en 1986 en City Bell. Reside en Villa Elisa. Ambas son localidades ubicadas en el partido de La Plata, Buenos Aires, Argentina. Tanto en su país como a nivel internacional, obtuvo distinciones en concursos y colaboró en revistas y antologías.

Espero que lo disfruten tanto como yo.

De la eternidad de la vida

Por: Damián Jerónimo Andreñuk

«Virtud es ser más fuerte que lo externo»

No hay protección cuando acatamos las leyes de la vanidad.
Somos invencibles cuando nos aliamos al presente
mirando hacia el cielo.

«Quien ignora las adversidades no llega a conocerse»

¿Y qué es la vida sino llagas y puñales y tesoros?
Este misterio agridulce.
Esta aventura sin retorno.

¿Y qué es la orfandad sino un violento naufragio
intenso hasta lo inexplicable?
Fantasmas fríos que se multiplican como los gusanos.
La piel resquebrajada del último adiós.

«Son frágiles los árboles de bosques apacibles»

Hipócritas que dicen ocultando
valientes que asumen y afrontan
aullido en el ocaso inapelable
nubes en perpetuo esplendor
parejas que se unen en la animalidad más grotesca
parejas que se unen en el trance más alto
remolino de cuervos excitados
ángeles que flotan en el polen
el cáncer de la frustración murciélagos envenenados
el éxtasis del beso polvillo de jazmines y de oro.

«Recordarse siempre libre devuelve la quietud»

Angustia de ojeras del resentimiento
alegría de certezas benignas
esclavismo en el hambre en el confort domesticado
anarquía de llevar en las manos una antorcha bendecida
una sangre reptil que contamina con su aura
una bella claridad que sólo (sic) puede provenir
de quienes comulgan con el Otro Lado.

«Se adquiere con facilidad lo suficiente»

Un trofeo de espuma después de larga prisa
para nada.

Mucha armonía de delfines jugando
si hay paz en la conciencia.

Análisis

Si bien a primera lectura el texto puede parecer complejo, en realidad responde a una meditación que se va planteando por capas, cada una anunciada por un aforismo. Estas sentencias no explican el poema, sino que lo tensan, como fuerzas internas contra las que el yo poético dialoga o se mide. La sensación de desconcierto la impregnan los versos que siguen a cada aforismo, donde el lenguaje se vuelve más caótico, visceral y sensorial.  Si al inicio parece confuso no es un error de lectura, es una etapa necesaria. El poema no se ofrece fácil: obliga a entramparse primero.

Después de ese desconcierto inicial, su estructura remite de alguna manera a las tragedias griegas.  Los aforismos —que se reconocen por el entrecomillado— aparecen como una voz sentenciosa, casi corálica, en tanto que los versos son esa otra voz que encarna, explica, sangra, se desborda. Las voces no dialogan de manera armónica: se interrumpen, se dilatan. Como en la tragedia, la autoridad, reputación y ética —el ethos— nunca alcanza a contener del todo la experiencia y emociones humanas —el pathos—. Ahí, el «caos» percibido inicialmente, empieza a volverse estructura dramática.

El primer aforismo, más que un señalamiento filosófico, parece una conclusión a la que el yo poético arribó. Deja caer la sentencia: se requiere mucha fuerza de voluntad para no dejarse dominar por el canto de sirenas que nos ofrece el mundo. «La vanidad es una manifestación de la soberbia, la arrogancia o engreimiento; se define como el orgullo y la valoración excesiva de los méritos y habilidades», dice Marta Sáenz Correa. El yo poético advierte que la vida no es un refugio sino una exposición. Para ser virtuoso, se debe luchar contra esa valoración excesiva de las propias capacidades o cualidades. El verdadero peligro, sugiere, no viene de lo externo, sino del ego, de lo que promete seguridad pero debilita. Se debe vivir el presente viendo al cielo, es decir, aspirar a lo más alto, sin perder el piso, en una apertura casi espiritual.

Si con el primer aforismo hace ver la inutilidad de mantener creencias egoicas, con el segundo señala que el camino transita por el sufrimiento.  Invita a la aceptación. Si bien pudiera parecer una derrota, en realidad señala que solo se conoce aquel que no se niega a sí mismo en las dificultades, en los altibajos de la vida. Un día estamos «arriba» y al siguiente, «abajo». Solo quien entiende que los problemas no están allí para hacerle insoportable la vida sino para moldearlo y enriquecerlo, ve en ese misterio agridulce un tesoro y una aventura sin retorno. Llega a conocerse.

En ese conocer desde la fatalidad ineludible se presentan las partes más duras del poema. El ser humano, como en la tragedia griega, está solo, a merced de su sino. El poema habla sobre la orfandad. Esta no es una pérdida literal, sino una condición existencial. Se compara con un naufragio en donde los fantasmas –impresiones, vivencias, temores–, se multiplican como sucede con los cuerpos en descomposición. El adiós final provoca esa sensación de indefensión. No hay explicación, solo violencia, arrebatamiento, falta del propio sitio. La orfandad aquí es quedarse sin anclaje y, de todas maneras, seguir viviendo.

El tercer aforismo: «Son frágiles los árboles de bosques apacibles» confirma al anterior. Una vida demasiado apacible, debilita. Cuando los sujetos no han vivido alguna crisis o rehuyen al sufrimiento ya sea porque se han conformado con ser domesticados o prefieren el canto de sirenas de la vanidad, a la larga lo resienten, advierte.

Después viene una larga enumeración. No hay signos de puntuación. Esto obliga a leer rápido, casi sin respirar, como si se imitara el desborde del mundo. Esta parte del poema es clave; primero porque presenta una serie de dualidades que se exponen sin juicio: hipocresía – valentía; ocaso – esplendor; animalidad grotesca – trance elevado; cuervos – ángeles; cáncer – éxtasis. Segundo, porque el yo poético elige mirarlo todo, pues todo coexiste, aunque el equilibrio parezca frágil. El mensaje es claro: la vida no es pura ni coherente. Todo forma parte de la condición humana. Evitarlo o ignorarlo, irremediablemente debilita.

A partir del siguiente aforismo, «Recordarse siempre libre devuelve la quietud», el poema ya no se refiere a las circunstancias ni a las influencias externas, sino a la persona. Este señala el punto de quiebre del poema, plantea un dilema ético que debe resolverlo únicamente el sujeto. También permite otear la postura del yo poético: para él, la libertad no es un derecho natural como se cree. Es una conquista que debe mantenerse presente en el ideario, so pena de perderla si se olvida lo que costó obtenerla. Hay que estar atentos porque existen situaciones en la vida que pueden llevar al olvido y romper la quietud.

Si bien el poema hace transitar por el dolor, en el siguiente verso hace ver que no soltarlo y mantenerse en el sufrimiento o el resentimiento produce angustia. La figura utilizada es muy hermosa en su dureza: «ojeras de resentimiento». Connota cansancio, noches en vela mascullando la aflicción. ¿Cuántas veces nos aferramos a un dolor, a un rencor, al «¿por qué a mí?» y nos convertimos en víctimas eternas de las circunstancias? Si olvidamos la libertad del perdón, perdemos la quietud y la paz.

En los siguientes versos se mantiene en un ir y venir entre sombras y luces. Las certezas «benignas», tales como las convicciones adquiridas en el trayecto de vida, fortalecen, de manera que quien las posee ya no necesita tener razón todo el tiempo. Por otro lado, puede enfrentar la paradoja de la vida moderna: vivir cómodo y sin libertad. Tal como señala, quien corre hambriento tras los espejismos de la comodidad material o emocional se pierde y pierde su libertad. Se domestica y se esclaviza.

Hay que estar alerta, mantenerse consciente y coherente, precisamente porque el instinto pueda jugar la vuelta y hacernos buscar salidas falsas. Ante la esclavitud que se ha normalizado, la claridad no es tan obvia. Si bien está al alcance, no es para cualquiera. ¿Por qué? Porque no es ingenua, ni moralista, mucho menos intelectual o natural. Es bella porque ha atravesado la oscuridad. Se reserva para quienes transitaron por el camino de la vida y se han mantenido bregando hasta el final. Es para quienes pueden sostener su propia libertad sin arrogancia.

El Otro Lado no es muerte literal.  Tampoco se refiere a un estado religioso. Más bien es una frontera ética a la cual no todos llegan o quieren llegar porque lo que implica es difícil. Se compele a no aferrarse a falsos conceptos de sí mismo. No exime del dolor, sino que reclama la aceptación serena. Pide que se observe y se viva todo para hacerse fuerte. Se necesita abandonar la postura cómoda de dejarse llevar bajo la excusa de que así es la vida. Al contrario, se exige la decisión de qué hacer con esa vida.

El peso de la libertad es grande. No es una meta sino una constante. Solo quien se atreve a mirar más allá de lo cómodo accede a la «bella claridad». El último aforismo concluye.

El premio de cada quién varía según haya decidido vivir. Quien se dejó esclavizar y vivir en la prisa recibirá apenas un trofeo de burbujas. Algo que existió, brilló, pero no se puede sostener. No hay premio natural, no hay armonía por edad, mérito o derecho. Hay una condición: la paz en la conciencia. Esta paz no es un regalo, es algo que se alcanza –si se alcanza– después de haber perdido muchas falsas garantías. Implica comprender y aceptar que la armonía no depende del mundo. Depende de un estado interior extremadamente difícil.

Al fin de cuentas, la ética interior es lo único que ordena el mundo.

Escritora y académica guatemalteca. Forma parte del equipo de analistas de Poesía Lunar de SabersinFin. Además, es asociada activa de PEN Guatemala, curriculista, catedrática de EFPEM, USAC y exbecaria de la Real Academia Española de la Lengua.