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El retorno del símbolo: El “Godín” de Reforma y la dialéctica del objeto perdido

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Por: Enrique Canchola Martínez´. UAM, Ciudad de México, México.

En el corazón palpitante de la metrópoli, ahí donde el Paseo de la Reforma se convierte en el hipotálamo urbano que regula los ritmos de la supervivencia y el prestigio, ha ocurrido un fenómeno que trasciende la anécdota escultórica para insertarse en la psicobiología de la identidad colectiva.

Bajo la luz solar de un día cualquiera, ante la mirada atónita de los transeúntes, esos neurotransmisores humanos que circulan por las arterias de concreto, el escultor Miguel Peraza ha devuelto el equilibrio homeostático a su obra.

El “Hombre del Portafolio”, popularmente bautizado por el ingenio vernáculo como “El Godín”, ha recuperado el portafolio en su mano derecha. No es simplemente la restitución de un fragmento de bronce; es la restauración de una sinapsis social que había sido cortada por el vandalismo o, quizás, por una metamorfosis simbólica involuntaria.

La prótesis de la modernidad: del cuero al silicio

La historia de esta escultura es la crónica de nuestras propias neurosis laborales.

Durante el tiempo en que la figura permaneció huérfana de su utensilio original, el vacío no fue ocupado por el aire, sino por la ironía. Alguien, en un acto de intervención urbana que bien podría calificarse de “neuromarketing espontáneo”, colocó en la mano izquierda un teléfono celular.

Este cambio de objetos no fue un error de cálculo estético, sino una representación fidedigna de la plasticidad cerebral de nuestra época. El portafolio, ese contenedor de documentos, contratos y el almuerzo apresurado, representa la era de la estructura, de lo tangible, del peso físico de la responsabilidad. Es la memoria externa de la era analógica.

En contraste, el celular que apareció de forma furtiva simboliza la disolución del espacio-tiempo. En ese pequeño rectángulo de silicio, el “Godín” ya no solo cargaba papeles; cargaba sus anhelos, sus frustraciones dopaminérgicas y su vida entera hiperconectada a la red.

Desde la perspectiva de la neurofisiología de la percepción, el observador de Reforma experimentó una disonancia cognitiva. ¿Es el empleado un esclavo de la oficina (el portafolio) o un esclavo del algoritmo (el celular)?

El ritmo de Peraza: La escultura como organismo

Miguel Peraza, con la precisión de un neurocirujano del metal, reinstaló el portafolio original. Al hacerlo, devolvió a la obra su centro de gravedad. El “Godín” de Reforma no es una estatua estática; es un sistema dinámico que interactúa con el flujo de dopamina y cortisol de los miles de oficinistas que pasan frente a él.

El portafolio en la mano derecha no es un accesorio; es una extensión cortical. Para el trabajador promedio, el objeto que transporta es el ancla que lo une a la realidad productiva. Al ver a Peraza trabajar en plena vía pública, los ciudadanos no solo presenciaron un acto de mantenimiento artístico, sino un ritual de reparación del ego colectivo.

El asombro de los testigos es comparable a la reacción de espejo de las neuronas premotoras: al ver que la estatua recupera su integridad, el transeúnte siente, a nivel inconsciente, que su propio orden social ha sido preservado.

La comunicación y el vacío existencial

Es fascinante analizar la “vida comunicada” que el celular impostor pretendía otorgarle a la escultura. En la arquitectura límbica de la sociedad actual, el temor al aislamiento (la exclusión del grupo) nos obliga a aferrarnos al dispositivo móvil como si fuera un tanque de oxígeno. Aquel “desconocido” que le otorgó el celular al hombre de bronce estaba dictando una sentencia de muerte a la privacidad y un elogio a la ansiedad contemporánea.

Sin embargo, el regreso del portafolio marca un retorno a la esencia del personaje. El “Godín” es un héroe trágico de la cotidianeidad. Su esfuerzo no es virtual; es físico, es de columna vertebral cansada y de mirada fija en el horizonte de la quincena. El portafolio pesa, tiene volumen, ocupa un lugar en el espacio tridimensional, a diferencia de la nube digital que todo lo desvanece.

La homeostasis del bronce

La reinstalación realizada por Miguel Peraza es un recordatorio de que los símbolos importan.

En un mundo que tiende a la desmaterialización, donde el trabajo se vuelve remoto y las relaciones se filtran por pantallas de luz azul, el “Hombre del Portafolio” se yergue nuevamente como un tótem de la realidad material.

Podrán quitarle el bronce, podrán intentar actualizarlo con la tecnología del momento, pero la esencia de ese hombre que camina con su vida contenida en una maleta es inalterable.

La intervención de Peraza no solo arregló una escultura; ajustó el cronómetro biológico de una ciudad que necesita ver sus esfuerzos reflejados en la solidez del metal.

Hoy, Reforma luce más completa. El “Godín” ya puede chatear con el universo; vuelve a cargar, con la dignidad del bronce, el peso de sus tareas, sus anhelos y esa invicta voluntad de seguir transitando por la avenida de la existencia, paso a paso, portafolio y celular en mano, hacia el incierto pero necesario futuro.

Con la restitución del portafolio y ahora con un dispositivo inteligente el “Godin” , es un hombre cuántico y con ello, el ciclo de la neurotransmisión urbana ha recuperado su flujo normal.

Enrique Canchola 19 de abril de 2026