Por Salvador Calva Morales
No te imaginas lo que acontece en mi pecho
cada vez que tu nombre —silencioso y encendido—
cruza los umbrales de mi pensamiento,
como un soplo sutil que irrumpe sin aviso
y trastoca, con delicadeza inexorable,
la arquitectura entera de mi ánimo.
Es un fenómeno íntimo y majestuoso,
una transfiguración súbita, casi sagrada:
puedo habitar lo trivial, lo cotidiano,
y de pronto, sin lógica ni transición,
una sonrisa —involuntaria y luminosa—
me delata: te he pensado.
Pensarte… se ha vuelto un rito secreto,
una costumbre delicada que resguardo sin medida,
como quien guarda un relicario en el alma
y lo abre en silencio para rozar lo eterno;
y en esa contemplación tuya, tan honda,
encuentro una dicha que no deseo perder.
Esta noche, con fervor casi litúrgico,
anhelo encontrarte en la penumbra del sueño
y disolverme suavemente en los tuyos,
como dos esencias que se reconocen sin palabras;
quizá allí no existan las distancias ni los adioses,
ni el tiempo implacable que nos separa.
Solo tú y yo, en un murmullo leve y persistente,
hablando en voz baja como si el universo no existiera,
como si el mundo, con toda su prisa, no nos alcanzara;
y al alba, despertar con esa ternura inexplicable,
con la dulce certeza de haberte sentido cerca,
aunque haya sido en la intangible vastedad del sueño.
Y así, entre lo etéreo y lo real, te conservo,
como una presencia que no se extingue ni declina,
como una devoción que trasciende toda lógica humana…
per saecula saeculorum, amén.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























