''Siempre son más caros los paraguas cuando llueve''. Todos hablando a la vez de Tom Waits
Me levanto y me digo hoy voy a hacer tal cosa. Sé que debe ser hecha antes de las 6 de la tarde.
Entonces el crepúsculo me atará las manos.
Tengo tiempo, pero hay algo que me impide llegar hasta donde debo/quiero:
el recuerdo en la plaza,
la hamaca en la que no me columpié,
“El sonido y la furia” de Faulkner,
aquel día en que me llevaron mi mamadera mágica,
la melancolía creo que genética,
tu grito en el centro de la noche.
Y me lo propongo y me lo digo e intento convencerme.
Pongo a Tom Waits, lo quito.
Pongo a Janis Joplin,
la escucho por un rato.
Recuerdo a mi pequeña cuando era mi pequeña,
cuando me pedía que le quitara las enfermedades o le contara los cuentos al revés,
que no le pusiera puntillas ni zapatos blancos de pulsera.
El día avanza hacia su muerte.
Y es otro día en que me he hecho trampa.
Intento desatar el crepúsculo de la hamaca, la plaza, el banco solitario,
el aire solitario, el perfil de la manada. Ya no sé si algo tiene sentido. Apostar por algo en este año que antes de acabar ya se ha estrellado contra el piso.
La noche tiene esa puerta por donde entras a todos los permisos.
Soy “un esclavo cardíaco de las estrellas” como dijera Álvaro de Campos, que no es lo mismo que Pessoa.
No quiero morirme hoy,
pero he querido morirme otros días.
He contemplado con simpatía las pastillas, la botella de whisky, y entonces me asalta tu recuerdo, el oxígeno conectado a tu pequeño cuerpo, como golpeabas la pared exigiendo morfina.
No.
¿Qué haré con el lago de mi corazón?
No soy Dante, no me lo llevará un símil hasta la playa y miraré hacia atrás el mar embravecido donde pasé la noche con tanta angustia.
Estoy en el siglo XXI, no sé quién es Dios, y sí sé, sé que no salva.
Me he dejado tentar por todas las fieras,
y no me arrepiento,
aún así duermo con la luz prendida.
Me ata tu voz a tu recuerdo.
¿Qué estará haciendo mi hija?,
me dio una excusa loca cuando le pregunté por qué no me llamaba.
Ella ama a Tom Waits, por eso lo pongo y lo apago. Dibuja como poseída por un Dios. Es hermosa hasta decir basta. La parí un día de una hermosa Primavera. Al llegar, mi casa tenía un penetrante olor a hipoclorito de sodio. Recordé a mi padre pasándole alcohol a los azulejos. A Clara corriendo por las escaleras. El llanto de Leonor. A Poe y el cuervo.
A Whitman y sus hojas de hierba.
El peligroso mensaje de La sociedad de los poetas muertos: terrible hermosura de la escena donde un desnorteado Jesús Cristo agacha la cabeza.
Jehová echando al hombre y a la mujer del Edén. Ese es un padre, y esos son unos hijos que desafiaron al padre y se hicieron vestidos de hojas, y a comer con el sudor de tu frente, que no es tan grave, y capaz que te podes pagar unas clases de actuación en vez de pegarte un tiro.
Silvia Martínez Coronel (n. 1969) es originaria de Uruguay. Es profesora de Literatura, escritora y crítica.
Ha sido incluida en múltiples antologías nacionales e internacionales, en su mayoría por premios. Ha ganado los primeros lugares en concursos de poesía.
Silvia fue incluida en el Diccionario de Autores Uruguayos de Vericuetos por el investigador Alejandro Michelena.
Desde hace diez años ha publicado cuentos, poemas y crítica en el periódico La Brecha de México. Es panelista en el programa que se transmite desde México, a través de Sabersinfin: Lunes de poesía lunar.
Es autora de los poemarios: Parto en el agua y Ángeles Inciertos.





























