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Yo, la peor del mundo …

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ConoSer Bien

“Yo no estimo tesoros ni riquezas, y así, siempre me causa más contento poner riquezas en mi entendimiento que no mi entendimiento en las riquezas.”

Sor Juana Inés de la Cruz

Si se hace un recorrido a través de la historia de México, nos encontramos con un buen número de mujeres que han sido capaces de enfrentarse a las prohibiciones de su época y que no agacharon la cabeza y mostraron su valentía ante toda clase de adversidades.

Un ejemplo de ello en la época de la Colonia y sin duda la más representativa es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, popularmente conocida como Sor Juana Inés de la Cruz (1648/1651 – 1695), llamada también “la Décima Musa Mexicana”, “La Musa Virreinal”, “El Fénix de México” o “El Fénix de América”, que tuvo que hacer frente a la misoginia de su época utilizando el claustro como santuario del intelecto.

En sus diversos escritos, desde poemas líricos, cortesanos y filosóficos, comedias teatrales, obras religiosas, villancicos, hasta recetas de cocina, ha dejado plasmada “su vasta cultura, su experiencia de la vida, su ingenio y su arte de poetizar”. El amor y el desencanto también son temas presentes en su obra, los cuales, al ser elaborados por una monja fueron motivo de escándalo que terminaron por quebrantar el ánimo de la poetisa.

El haber aprendido a leer a los tres años fue el principal motivo por el cual Sor Juana se sintió invadida desde pequeña por el deseo de conocimiento. Tuvo acceso a la biblioteca de su abuelo y por su condición de mujer le impedía asistir a las aulas, teniendo que refugiarse en los libros. Más tarde escribiría: “Cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro”. El primer acto de subversión se ve entre los seis y los siete años de edad, cuando desea asistir a la Real y Pontificia Universidad de México, disfrazada de hombre, anhelo que ve truncado.

A los 16 años decidió hacerse monja, ella dice: “Entré de religiosa, porque, aunque conocía que tenía el estado cosas, muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir…” Es evidente que su decisión fue otro acto de rebelión.

En 1669 ingresó al convento de la orden de San Jerónimo. En su vida monástica conservó sus libros y aparatos científicos para continuar con sus estudios y escritos, que abarcaban desde sonetos y sátira, pasando por la astronomía, asuntos religiosos y filosóficos hasta sus propias recetas de cocina.

Su condición de mujer e intelectual le ocasionó muchos conflictos. Para la sociedad virreinal del siglo XVII eminentemente masculina, Sor Juana era una manifestación casi diabólica, por lo que tuvo que enfrentarse a múltiples ataques productos de la envidia de hombres mediocres que no veían en sus obras más que el resultado de la vanidad de una mujer que por serlo estaba condenada a la oscuridad del pensamiento. No dudó en afirmar que fueron precisamente sus enemigos y censores quienes fortalecieron su talento.

Sor Juana forma parte de la obligada cultura oficial. Sus biógrafos la han idealizado y dado una gran importancia, es una figura esencial no solo de las letras novohispanas, sino de toda la literatura mexicana. Su obra está casi toda escrita en verso rimado, que manejaba con una habilidad y elegancia poco comunes, de acuerdo con el estilo de su tiempo que era el barroco.

“Óyeme con los ojos, /ya que están tan distantes los oídos, /y de ausentes enojos,
en ecos, de mi pluma mis gemidos;/ y ya que a ti no llega mi voz ruda, / óyeme sordo, pues me quejo muda” /
o este otro,
“Yo no puedo tenerte ni dejarte, / ni sé por qué, al dejarte o al tenerte, / se encuentra un no sé qué para quererte/ y muchos sí sé que para olvidarte”.

Existen diversas versiones con respecto a la muerte de Sor Juana, una de ellas nos dice que la peste fue la causa. Otra nos dice que la verdadera razón que la llevó a la muerte, fue “una agresiva mutilación de su alma”. Fueron las palabras que le hicieron escribir y firmar con su propia sangre, un 5 de marzo de 1694. En las que se comprometía a abandonar la búsqueda de la sabiduría, a dejar los escritos supuestamente profanos para poder dedicarse en cuerpo y alma, a la vida conventual, pide perdón a Dios y a sus hermanas religiosas y abandona su trabajo intelectual.

En el análisis de la firma¹ de Sor Juan de su Profesión de Fe, se refleja un estado anímico inestable, algunas letras suben y otras bajan del renglón imaginario. En las palabras Juana y Lapeor (sic) las últimas letras caen de modo importante.

Grafológicamente, la primera letra de nuestro nombre tiene un gran simbolismo acerca del sentimiento que tenemos de nosotros mismos. La J de Juana se ve reducida drásticamente significa dejar de lado la visión de grandeza de sí misma. Curioso ver cómo se refleja que ya sólo lo referente al ámbito religiosos le merecía relevancia a Sor Juana. El nombre que le da la connotación religiosa: La Cruz, en la L y la z, se podría decir que son ya los únicos trazos ornamentados.

El obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, le pidió A Sor Juana que escribiera sobre un controvertido sermón que 40 años atrás había pronunciado el jesuita Antonio Vieyra, titulado “Las finanzas del amor con Cristo”, cuyos errores señaló Sor Juana² apoyando las posturas contrarias al sermón de San Agustín, San Juan Crisóstomo y Santo Tomás de Aquino.

El obispo publicó los comentarios de Sor Juana, bajo el título Carta Athenagórica y provocó, contra ella, un escándalo entre la comunidad religiosa. Luego el mismo obispo firmando con el pseudónimo de “Sor Filotea” publicó una carta en la que critica a Sor Juana considerando de pecaminosas sus aptitudes y conocimientos. Seis meses después, Sor Juana respondió a Sor Filotea con una carta en la que explica que su amor por el conocimiento no era un pecado, sino la expresión misma de su persona. Explica a “Sor Filotea” que su único interés es aprender y conocer todo lo que le fuera posible para ser menos ignorante.

Ratifica sus votos religiosos con estas frases: “Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo”

La obligaron a pedir perdón por haber dudado de los dogmas de fe y por haber ofendido a Dios. El trago más amargo, lo tuvo, el día en que entraron a su celda para incautar sus libros, en total más de cuatro mil volúmenes. Probablemente nunca en su vida habría probado un dolor tan grande, apenas sobrevivió un año a esta “su tragedia” ya que las fuerzas y las ganas de seguir viviendo la abandonaron. Falleciendo el 17 de abril de 1695.

Hoy por hoy, Sor Juana Inés de la Cruz es una de las escritoras más importante de nuestro país, una mujer excepcional que a través de su actuar y producción lírica rompió paradigmas.

Jorge A. Rodríguez y Morgado, titular de la columna y el programa ConoSER bien. Twitter: @jarymorgado, correo electrónico: jarymorgado@yahoo.com.mx. Colaborador destacado de: Sabersinfin.com