Si miras el paisaje por la ventana del tren,
toma en cuenta que la velocidad cambia las formas.
Lo que ves no es lo que es en calma,
ni las líneas son tan rectas como parecen,
las arrugas del tiempo no son lápidas,
son memorias talladas en la piel de la vida.
Quizá, cuando el trajín se apague
y el eco del día se diluya en la copa de ayer,
habrá espacio para botar el paracaídas,
encontrar en las nubes un nuevo horizonte,
mientras las vías del ferrocarril dibujan caminos
para el aventurero de los cielos.
No hay trazos definitivos en este viaje,
ni las sombras permanecen donde fueron dibujadas.
Todo se despliega en movimiento perpetuo,
en la danza sin pausa de lo cotidiano,
y los ojos que antes vieron velocidad
descubren ahora la verdad en reposo.
Es en el vaivén del viento
donde el silencio encuentra su palabra.
Es en el ocaso, cuando el día se extingue,
que el alma hace su digestión,
y la prisa deja de ser dueña de las horas,
para rendir el presente a la eternidad.
Las rectas no son más que sombras,
ilusiones del paso que vamos marcando.
Los surcos ovoides nos enseñan
que la perfección no tiene forma definida,
y que los hilos que se quiebran
nos conducen a nuevas perspectivas.
Y así, a ras de piso, caminamos,
con la vista puesta en los cielos,
buscando en los rieles las nubes que nos sostienen.
Tal vez un día la ansiedad se disipe,
y en la calma de la marcha
descubramos que volamos sin despegar.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta































