Por: Abel Pérez Rojas
Para mi querido amigo y hermano Enrique Canchola Martínez.
Confirmo que Dios, la naturaleza, el Todo,
es sabiduría.
En su infinita sapiencia solo en su intimidad sabe
por qué no dotó de alas a los alacranes.
Lo pienso, lo repienso,
y siento
cada vez que hablo con mi frater Canchola.
Entonces la creatividad se desborda,
se riega mezcal,
los campos florecen,
resucitan los herejes.
Comprendo que no hay error en el diseño,
que el veneno y la flor comparten la raíz,
que los que andan sin alas
aprendieron a volar con la palabra.
El Absoluto respira en nosotros,
en cada gesto que desarma la costumbre,
en la ciencia que se hace ternura,
en la amistad que se vuelve poema.
Porque cuando el Verbo se enciende,
no hay cielo que no escuche,
ni escorpión que no entienda
la bendición de no tener alas.
Por algo —seguramente por esa infinita sabiduría—,
Enrique y yo no vivimos en la misma ciudad,
aunque sí en la misma sintonía,
y además,
nos sobran alas.
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