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Altruismo

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Imagen auspiciada por PIXABAY

Lentamente me acercaba al abismo de una insatisfacción crónica.

Hastiado de una vida trivial y abrumado por un tumulto de emociones aflictivas, aquella tarde consulté en terapia a una chica que deseaba ver muerto al rector de la universidad a la que recién había ingresado. Fantaseaba con que tuviera un infarto, lo atropellaran o que alguien lo asesinara. Este sujeto la había violado cuando fue a solicitar una beca, pero no lo denunció en su momento por miedo al escándalo y a que el subsidio le fuera negado.

Mientras se desahogaba pensé: desear algo no funciona, si quieres que alguien muera haz que ocurra. En ese momento fue que mi vida tuvo un nuevo incentivo. A esta chica podría beneficiarla y nadie me relacionaría con lo que pensaba hacer, debido a que ninguna persona me conoce en esa universidad, y por tanto no habría sospecha alguna.

Este nuevo despertar era como una revelación mística. Mi entusiasmo por vivir había retornado; la fuerza latente de esta resurrección surgió como un vigoroso deseo de realizar un servicio altruista. Fue un desafío placentero planear cómo deshacerme de él. Podría matarlo con una pistola, un cuchillo o envenenarlo. Al considerar las opciones, concluí que la única forma práctica de hacerlo y salir impune sería ahorcarlo.

Me ausenté del consultorio para seguirlo día tras día. Al observar su costumbre de ir a jugar los bolos surgió la oportunidad que buscaba. Cuando tuve claro que era una rutina de los miércoles decidí hacerlo. Esa noche a la diez, dejé el auto en la esquina de una calle oscura y silenciosa.

Sale del boliche para dirigirse a su automóvil, lo sorprendo, le enrollo a su cuello mi cinturón; se resiste, aprieto con más fuerza hasta asfixiarlo y privarlo de su energía vital. Subo el cuerpo al vehículo, lo acomodo, le quito la corbata y salgo del estacionamiento con un espíritu renovado.

Sin cuestionar mi moralidad, regresé a casa y dormí como nunca. Al día siguiente al volver al consultorio, reviso todos los expedientes, sigo mis instintos y elijo hacer del mundo un lugar mejor, aunque sea por una noche.


Dany Dharma, Instructor de meditación, coach de vida y escritor

Corrector de estilo: Psic. Silvia Moreno Cano