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Oda y elegía: interpretación del poema de Silvia Martínez Coronel

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Imagen creada con Gemini.

Por: BrendaCarol Morales

El poema de Silvia Martínez Coronel es a la vez, una oda y una elegía. En este caso, el orden importa. Celebra la vida del ser amado aunque llore su pérdida.

El valor de la poesía

En la introducción de la VII Antología Internacional de Poesía Sabersinfin, aparecen varias ideas que conviene unir a este espacio de análisis e interpretación de poemas. Dice: «El movimiento del saber infinitista ha sostenido, desde sus espacios de reflexión y diálogo, varias premisas fundamentales que orientan esta visión: que todo es poetizable; que la poesía posee un valor social incalculable que debe ser visibilizado; que la poesía puede sanar, acompañar y transformar; y que vivimos un tiempo histórico decisivo en el cual la poesía permite dejar un testimonio sensible de nuestra época».

Ya desde los románticos, en el siglo XIX, se empezó a fragmentar la perspectiva clásica que consideraba solo algunos temas y cierto vocabulario como dignos de una visión estética. En el siglo XX, los formalistas rusos hablaban de la desautomatización. El arte vuelve extrañas las cosas para que podamos verlas de nuevo, reconfiguradas. De allí que ahora se considere que cualquier temática es poetizable.

Pensaba en esta premisa cuando hice la selección del poema que compartiré esta semana. Quiero hacer hincapié en una idea: no son los temas en sí, los que garantizan la poeticidad sino la mirada estética y la capacidad de transformar algo que, de otra manera, podría pasar desapercibido o considerarse insignificante. El lector puede observar un hecho o un objeto con una nueva significación en la medida en que el poeta rompa con su rutina mental y lo obligue a verlo como si fuera la primera o una nueva vez.

Los poemas que hasta ahora he traído a este espacio y los que seguiré trayendo, tienen esa cualidad; además, no «embellecen» la realidad, en el sentido de ocultar lo que «desmerece». Más bien abren el espacio para una reflexión emocional y simbólica más amplia.

Desde la perspectiva de Sabersinfin se entienden como una práctica de vínculo, de acompañamiento y de responsabilidad frente a la experiencia humana. La poesía, así concebida, ya no es solo «arte por el arte», es decir, un objeto estético, sino que funciona como registro de una sensibilidad histórica. Sin embargo, esa capacidad transformadora no depende del tema elegido, sino de la mirada estética del poeta y su capacidad para transformar aquello que, de otro modo, podría pasar desapercibido o considerarse insignificante. Lo maravilloso es que hemos confluido muchas voces en este movimiento llamado Sabersinfin para, como dice la cita, «dejar un testimonio sensible de nuestra época». Y el poema que traigo hoy, es sin lugar a dudas, un claro ejemplo de ello.

De la autora

Silvia Martínez Coronel nació en Melo, Cerro Largo (Uruguay) y es la tercera de cuatro hermanas. Es poeta, narradora, crítica literaria, docente de Literatura, periodista cultural y panelista uruguaya. Cuenta con diversas publicaciones y ha recibido varios premios literarios.

Entre sus obras están: Ángeles inciertos, Parto en el agua, Cuentos graves agudos y esdrújulos. Además, publica en varias revistas y es panelista de Lunes de Poesía Lunar, de Sabersinfin.

Oda y elegía

A Rima (in memoriam)

Por: Silvia Martínez Coronel

no odio la rueda que truncó tu lejanía 
no odio al ser humano que acabó con tu cercanía
no odio al pájaro que pudo llevarte por calle oscura
al perro lejos de tu tejado retozo en patio no

odio a la muerte y sus secuaces
quebradores de melodías urgentes
de seres que llenan los abismos
de espadas que cruzan madrugadas con su ternura
y dejan torturadores deshijos de la madre patria

eras danza ojos que atraviesan
dueña del espacio canción del aire

dicen que debí y no debí
solo sé que te amé y te hice libre… yo creí…
látigo que no ha de devolverte
no volveré a verte ni puedo con mi alma
sedienta y ni una gota de tu música
ha de humedecer mi boca

solo te amaré hasta siempre
ser al viento como mi hermana alada
juntas dibujarán el alba tejerán la noche
para cada alma atropellada

Análisis del poema

El título del poema plantea dos emociones opuestas. Por un lado, la oda es un poema que se utiliza para alabar a alguien. Por otro, una elegía es un poema que expresa duelo y tristeza por la pérdida de alguien. Si bien se refieren a dos momentos de la vida: la celebración y el duelo, no se contradicen porque forman parte de la naturaleza humana.

Las estrofas no tienen una misma estructura y los versos tampoco tienen un mismo número de sílabas ni poseen rima. Por otro lado, casi desaparece la puntuación y no se usan mayúsculas. Por la manera en que están presentados, se produce una sensación de desahogo y de fluidez de las ideas. Al inicio, la anáfora «No odio» brinda la musicalidad.

En las otras estrofas, hay encabalgamientos suaves, difusos casi por la falta de puntuación. La fluidez solo se detiene ante unos puntos suspensivos (la única puntuación en el poema), con lo cual se enfatiza la sensación de desahogo creciente y vacilación.

La falta de puntuación, más que un recurso estilístico, parece acentuar el carácter de duelo del poema. Recordemos que, de algún modo, la puntuación establece un orden. Wolfgang Kayser en Interpretación y análisis de la obra literaria, al estudiar el verso moderno, subrayaba que los elementos gráficos como la puntuación se convierten en recursos expresivos y rítmicos.  Aquí, la casi total ausencia de signos de puntuación parece una elección coherente con el estado emocional que plantea el poema. Este no solo habla de una pérdida sino que parece escrito desde la respiración irregular de quien acaba de perder algo.

Mi interpretación del poema Oda y Elegía

El poema no es un texto de duelo sereno sino de un duelo todavía abierto. La voz poética trata de comprender la ausencia. En la primera estrofa aparece la anáfora de «no odio». Esta crea una expectativa que se resuelve después, cuando inicia la segunda estrofa con un categórico «odio». Con este procedimiento desplaza la culpa de los responsables concretos hacia la muerte, esa fuerza activa y universal que roba presencias amadas. Uno a uno, el sujeto lírico nombra a los probables responsables concretos: la rueda, a lo mejor de un automóvil; la persona que la alejó de su ser querido; el pájaro o el perro que pudieron provocar su alejamiento. Sin embargo, no los culpa. Son actores secundarios del gran drama.

En cambio, en la segunda estrofa se desahoga en contra de la muerte y todo aquello que la representa. Como en un desvarío, menciona a los que considera cómplices de su enemiga, quienes actúan como ejecutores materiales, no incidentales. Pueden interpretarse como destructores de la esperanza, de los sueños y las grandes aspiraciones de otros. Si se entienden las melodías como metáfora de vida, la muerte interrumpe un canto que todavía debía sonar. Intuyo, por el calificativo «urgentes», que se refiere a un canto inconcluso, que todavía tenía algo qué decir. 

Estos seres llenan los abismos, es decir, son capaces de completar los vacíos, incluso el dolor o la desesperanza. Su vida hace habitable el mundo y colma los huecos afectivos de los demás. El siguiente verso es bastante complejo. Por un lado, la palabra «espadas» suele evocar combate, filo, incluso violencia. Por el otro, son, ni más ni menos, vehículos de ternura porque con ella atraviesan las madrugadas. Así, me atrevo a interpretar que las espadas representan a seres valientes que atraviesan las dificultades del tiempo liminal entre la luz y la oscuridad, armados de afecto.

El siguiente verso es probablemente el más difícil. Como el verso no tiene puntuación, se puede interpretar de varias maneras. Sin embargo, me inclino más por esta: el término «deshijos» es un neologismo inventado para sugerir a seres despojados simbólicamente de su condición de hijos, desarraigados de su espacio en el mundo. El término parece indicar la condición de orfandad emocional provocada por la muerte. Este neologismo genera deliberadamente extrañeza y obliga al lector a detenerse, en consonancia con la función poética del lenguaje. Este recurso se usa muchas veces en la poesía para nombrar aquello que no posee un significante adecuado en el idioma.

La siguiente estrofa, con ser la más pequeña, representa la parte de la exaltación al ser amado. Por lo que menciona en las otras estrofas, podríamos deducir que se trata de un animal, un gato o un pájaro. Dado que el duelo todavía está abierto, no es de extrañar que los verbos oscilen entre el pasado y el presente. No habla de una comparación sino de una totalidad: no era como danza: era danza. La supresión del comparativo intensifica la imagen: el ser amado no se asemeja a la danza, sino que se identifica plenamente con ella, convirtiéndose en movimiento y ritmo.

Sus ojos atraviesan (en presente) porque la voz poética todavía percibe su intensidad. En el segundo verso, la figura adquiere dimensiones casi míticas porque abarca y es dueña de todo el espacio, como el aire. Si bien aquí se alaba al ser amado perdido, no se describen sus rasgos físicos sino las cualidades que constituyen su forma de ser y estar en el mundo: movimiento, intensidad, totalidad, música, libertad.

Luego, nos deja ver que alguien juzga las decisiones tomadas. La voz poética parece justificarse ante la presión externa de lo que debió hacer por el ser amado perdido. ¿Debió protegerlo más?, ¿hizo bien dejándolo libre? No lo explica. Aunque vacilante, quizá con duda o remordimiento, reconoce que hizo lo que el amor le dictó, lo que creyó mejor. Emerge un conflicto muy humano: el amor frente al control. Además, se enfrenta ante la imposibilidad de cambiar lo que se hizo. Eligió la libertad del ser amado y aunque las consecuencias son dolorosas, el autocastigo o el sentimiento de culpa no conducen a ninguna parte, no le van a devolver la vida. Quien más está sufriendo la ausencia no son los demás sino ella.

El tono se vuelve elegíaco y muy desgarrador. La ausencia del ser querido se vuelve sed. La música simboliza el fluir mismo de la existencia y actúa como una fuente de vida. Ahora el ser amado, presumiblemente una mascota, ya no está, ni en mínima parte, para calmar el ansia. Esta imagen es muy física y muy emocional al mismo tiempo. Es, probablemente, uno de los momentos de mayor intensidad emotiva.

En la última parte, hay un juego de palabras para hacer ver que no hay temporalidades ni finales cuando se ama. Menos cuando se figura al ser amado en completa libertad, sin ataduras espaciales o temporales, entregado al viento y al movimiento. Aquí, me parece, une a dos seres amados, femeninos, que ya trascendieron: la que yo asumo aquí como mascota y la hermana. Las ve más allá de la vida o de la muerte, invictas, juntas. Les confiere una capacidad creadora y muy potente para imaginar el día y el futuro, pero también para entrelazar uno a uno los hilos de la vida en la noche para todos los que, como su ser amado, compartieron o compartirán un final parecido.

Conclusión

En este hermoso final, la pérdida deja espacio para imaginar el reencuentro y para universalizar la muerte. Acertadamente, nunca nos dice qué o quién es Rima, porque de esa manera, ya no importa si es una persona, un animal: gato, ave, etc.  Se trata de un ser amado y punto. Valora la libertad del ser amado, pese al inmenso dolor de la pérdida y el odio a la muerte. Este, al trascender, puede unirse con quienes partieron antes y romper barreras que antes no era posible.

Una de las ideas que emerge con mayor fuerza del poema es que amar implica permitir al otro ser libre, entenderlo no como posesión o encierro sino como la aceptación del riesgo y la vulnerabilidad que implica dejar al otro vivir conforme a su naturaleza.  

Esta no es solo una elegía por una muerte. Es una elegía escrita desde una ética del amor.

BrendaCarol Morales

BrendaCarol Morales

Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.