Frente a la afluente del río de la vida,
todo pasa,
parece que nada permanece,
que los amaneceres serán sucedidos por otros,
que las noches son las mismas,
que solo nosotros envejecemos.
Pero al seno de la maquinaria
que todo tritura,
nos demuestra lo contrario:
el paso constante,
el sutil haz de lo que creímos olvidado
se alza,
a veces en el susurro de un gesto,
a veces en el silencio de una mirada.
Es este tiempo que se deshace
el que nos enseña a habitar
lo efímero con la paciencia de la nostalgia,
a tocar la huella que dejamos
en la piel de la historia,
a reconocer que no somos más
que un parpadeo
en la vastedad de las edades.
Y sin embargo,
ahí, en el fondo del espejo,
atisbo directo a lo íntimo de mis pupilas,
encuentro la mirada que se ve a sí misma.
Es aquella que atravesó la niebla
de los días olvidados,
la que aprendió a no caer
en la fragilidad de los momentos.
Al final,
frente al río que avanza sin retorno,
sabemos que todo es parte de un ciclo
y que todo es único
porque somos quienes lo habitamos,
quienes lo miramos
y lo sentimos
como un compás que se apaga
y luego renace.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta
































