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C. S. Lewis y Joy Davidman

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Imagen: Pinterest.com

Por: Salvador Calva Morales

En Oxford crujía la madera de los pupitres,
mientras una carta atravesaba el Atlántico
cargando preguntas que olían a fogata:
él abrió el sobre y el invierno se volvió diálogo.

Joy, chispa que toreaba la duda,
entró en la sala de los Inklings
con la audacia de quien sabe
que la luz se prueba chocándola contra el hierro.

Lewis encontró en su acento de Nueva York
una brújula fresca para sus mundos de faunos;
ella halló en la erudición del profesor
la hendidura exacta donde encajar su llama.

Así, cada tarde en The Kilns
fue un torneo de metáforas y risas:
Narnia se inflamaba en la tetera
y los sonetos rescataban a Aslan del polvo.

Pero llegó el verano de los huesos dolientes;
el cáncer quiso clausurar la conversación,
y sin embargo, al firmar el acta de boda
sellaron un credo de amor a contratiempo.

Cuando Joy partió, el dolor se volvió cuaderno:
Lewis escribió la pena hasta vaciarla,
descubriendo que la fe también es cicatriz
que deja pasar la luz por entre sus bordes.

Porque cuando dos mentes se encuentran en alto voltaje
ni la muerte consume su corriente:
queda el fulgor de las páginas encendidas
y el eco de un “sí” que atraviesa todas las puertas del ropero.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta