Estimado lector, ¿Alguna vez ha escrito una carta de renuncia? Renunciar no siempre es fácil; lo es cuando hay nulo interés en la tarea encomendada y que se deja por algo que sí genera atractivo. Me pasa cada cierto tiempo que me propongo dieta y ejercicio. Quien me conoce sabe que, a la menor provocación, puedo renunciar a la dieta y el ejercicio a cambio de unos buenos tacos maridados con una cerveza. Eso, para mí, es fácil.
En contraste, es en extremo doloroso, hay veces que hasta insufrible, el renunciar a aquello en lo que se tiene convicción. No digo “se tenía convicción” porque la renuncia no deriva de la falta de ésta; incluso, la convicción, el convencimiento de lo que se hacía y a lo que se renuncia es el origen del duelo que deriva de una carta como las que me refiero.
También implica mucho miedo: a lo nuevo, al cambio, a perder lo logrado, a tener que empezar otra vez; incluso, al juicio de otros porque evidentemente se sumará al dolor la crítica de otros que desde la lejanía no tienen la capacidad empática para sentir el dolor, el miedo y la dificultad de tu renuncia. Insisto, no es fácil renunciar.
Pero, hay veces en que se conjuntan circunstancias tan absolutas, inamovibles e ineludibles que nos constriñen a renunciar, con todo el dolor que refiero. Y, teniendo una existencia en este plano tan corta, costando mucho tiempo aprender y crecer, ese dolor se torna en derrota. Queda un mal sabor que nos recuerda todo lo invertido y sacrificado, que también importaba, pero que se dejó de lado por algo que no rindió los frutos esperados. Cada uno sabe lo que pone en el altar del sacrificio laboral: tiempos de familia y amigos, la salud y el cuidado propio, los sueños que se han marchitado, experiencias que se pasan de largo con el estrés del trabajo, etc.
Creo que es más fácil ser corrido, expulsado con la evidencia del fracaso en tu función. En esos casos, se puede estar o no de acuerdo con la salida; incluso, se tienen medios legales que permiten desahogar la frustración y subsanar los daños ocasionados. Pero, no hay reparación en la renuncia. Y es que “las guerras no se ganan con evacuaciones”, como dijo Winston Churchill. Es una derrota cuya última estocada depende de la propia mano, como el seppuku en la cultura japonesa, pero sin el honor que conlleva.
Esta semana, de conformidad con lo que el Congreso de la Unión legisló, se presentaron las renuncias de 8 de los 11 ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Únicamente, las 3 ministras amarteladas al obradorismo se abstuvieron y se perfilan para aparecer en la boleta para la elección de la nueva Suprema Corte: Yasmín Esquivel Mossa, la plagiaria, Lenia Batres Guadarrama, la camelista, y Loretta Ortiz Ahlf, la espantagustos. Esta clara diferencia de perfiles levanta toda máscara y nos permite ver la calidad de personas que integran hoy el máximo tribunal.
He aprendido la máxima que indica: el carácter de las personas se conoce verdaderamente en las crisis. Y esos 8 ministros tienen el carácter que se necesita para lugares como la SCJN. Con varios de ellos no concuerdo en su criterio jurídico ni en su actuar político reciente, que también he criticado libremente. Sin embargo, es de reconocer la honorabilidad con la que se condujeron hasta este momento de crisis.
Me viene a la mente el Ministro Pardo Rebolledo, ante quien he tenido el privilegio de litigar asuntos y de quien conozco su inaccesibilidad, pero también su congruencia en su criterio. Veo amparos y, a partir de su contenido, puedo adelantar el voto de dicho ministro. No estaré de acuerdo en su pensamiento cuadrado, poco creativo y en extremo tradicional, pero sé que es congruente y resuelve convencido. He de reconocer que un perfil conservador como el suyo es en extremo saludable para la discusión al interior de la Corte; el desarrollo de ideas requiere también de prudencia y me parece que su voto siempre representó eso.
Es una lástima que la ministra Margarita Ríos Farjat llegara al final de una Suprema Corte progresista y garantista que poco a poco se fue muriendo. Quedé impresionado por su carta de renuncia. Les quitó todos los argumentos a bellacos como Noroña (sus palabras, no las mías), pues indica que no le interesa su remuneración de retiro, vaciando el señalamiento de ambiciosos y egoístas que se ha venido diciendo desde el obradorismo. Ella encarna una gran y noble tradición de la Suprema Corte: no se es leal al presidente que la propuso al cargo, sino a la Constitución y a su criterio jurídico.
Sentí el dolor y la decepción del ministro Alcántara Carrancá. Igualmente, ejerció el cargo de manera libre, encerrado en su oficina y proyectando sentencias con la convicción de proteger y hacer respetar la Constitución, a sabiendas de que su labor siempre implicaría el descontento de una de las partes en el ejercicio de su deber. En su carta, se da a entender como un juzgador mesurado y reflexivo, que respeta el orden jurídico y la democracia, pero que tiene la esperanza de que nos demos cuenta del error histórico en el que nos estamos metiendo. En esta semana nos volvió a demostrar congruencia con sus palabras al formular el proyecto de sentencia a diversas acciones de inconstitucionalidad que atienden a la Reforma Judicial. Su contenido es una oferta de salida política, una solución salomónica a una trampa troglodita. Jurídicamente hablando, se tiene mucho que observar del proyecto de sentencia, pero no le está hablando a la élite puritana y jurista, sino que le está ofreciendo salidas a una situación donde no hay buenas alternativas. El texto revela lo que todos sabemos: la elección de miles de jueces va a ser un desastre en tan poco tiempo y acarreará costos a muy largo plazo. En su lugar, propone entregar las cabezas de todos los Ministros de la Suprema Corte y Magistrados del Tribunal Electoral, a cambio de la de los Jueces y Magistrados de los diversos distritos judiciales. Me parece que ese proyecto, siendo una labor imposible, está a la altura del deber y responsabilidad histórica que descansa en sus hombros.
Por su parte, el Ministro Gutiérrez Ortiz Mena fue el primero en renunciar y quien destaca por dos ideas: 1) se reconoce como un perfil no apto para ocupar un cargo que implique respaldo popular y 2) se identifica como una persona libre y que no se define por el cargo que ocupa. Comparto la idea de que los cargos públicos son prestados y se regresan con el decoro de quien cumple su función hasta que ya no le es posible.
Por último, menciono al Ministro Javier Laynez. Su carta es escueta y simplemente sustenta su contenido en dos párrafos sin mayor retórica. Pero, a él lo conocí personalmente porque fue mi profesor en el CIDE. En ese entonces, no estaba ni remotamente convencido de que me gustara el litigio o el derecho. Las caras y reacciones por las que se ha hecho viral las había visto dirigidas hacia mí por mis inexpertas e incorrectas respuestas como alumno. Recuerdo que me dio una reverenda regañada en mi examen parcial que fue una mera entrevista con él y vaya que me sacudió: ahora conozco los alcances y diferencias de cada medio de control constitucional (o conocía derivado de las últimas reformas constitucionales). Él me dio un referente al cuál admirar: es una persona extremadamente inteligente, un jurista con mucho estilo, de una larga trayectoria en el servicio público que sobrevivió a varios cambios de gobierno. Yo pensaba: “si sobrevivió al viejo PRI, al PAN y luego otra vez al PRI, seguro es porque es bueno en lo que hace”. Y después, estuvo en la terna para ministro de la Corte (yo he visto todas las comparecencias de candidatos a ministro desde que soy estudiante de derecho); a mí me convenció de su pertinencia para el cargo con sus respuestas. Él me evaluó como mi profesor de derecho; yo lo evalué como ciudadano interesado en el orden constitucional, y él tuvo una evaluación impecable a mi parecer. Estoy seguro que él no me recuerda, de entre tantos alumnos que ha tenido; sin embargo, yo lo veo a él como uno de esos referentes a seguir. Por eso, la ausencia de retórica en su carta de renuncia me lleva a recurrir a mi memoria: sé que la carta no lo revela, pero es uno de los mejores ministros de la Suprema Corte de Justicia que ha tenido México.
Este capítulo de la historia de la justicia mexicana es oscuro porque refleja nuestra incapacidad de compartir espacios con quienes no concuerdan con nosotros. Parece que en este México actual sólo hay lugar para fanáticos ciegos y no para el criterio, la crítica y la diferencia. Nos habla de que estamos dispuestos a desangrarnos con tal de ver morir al otro, simplemente porque piensa diferente. En lugar de jugar las reglas del juego democrático que llevan a usar los medios legales y a negociar políticamente, se busca la destrucción del contrario, no hay lugar a medios puntos. Lamentablemente, el prudente, el político mesurado y el mexicano responsable sabe que debe ceder y que los mexicanos en guerra sólo debieran existir en el himno nacional; por ello, estas cartas duelen: no había otra salida y comparto el dolor de quien renuncia teniendo la vocación para continuar, pero que sabe imposible y más desastrosa la decisión de permanecer.
Estimado Lector, con estas palabras, pretendo aplaudir el esfuerzo y la osadía con la que estas personas, estos mexicanos, se han conducido. Siempre hay lugar conmigo para las diferencias y la crítica, pero esas cartas me constriñen a reconocer el honor de quien acepta su situación y prefiere poner fin a su carrera, antes de destruir el país para todos.
Al margen, no apague las veladoras de su altar hasta concluido el 5 de noviembre: hay elecciones presidenciales en EUA y se decide el proyecto del ministro Alcántara Carrancá. Que Dios y nuestros muertitos nos agarren confesados. Feliz día de los muertos.
Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano





























