– La Historia Jamás Contada –
Hace 50 años, un gran amigo de la adolescencia, que se desempeñaba como maestro en la Sierra Norte de Puebla, me llamó como solía hacerlo cuando venía a visitar a su familia a la Ciudad. Ya en su casa y entrando a su habitación, me sorprendió ver sobre su litera algunos fascículos de la HISTORIA DE LA MAGIA que editaba Salvat, tanto por interesarme el tema como por saber que a él no le hacía ninguna gracia, siendo más racionalista y materialista incluso que yo, pero me explicó la razón de tenerlos.
Resulta que en donde trabajaba sucedían cosas muy extrañas que le recordaban los relatos sobre brujería, como insólitas lluvias de piedrecillas perfectamente esféricas y perforadas por su eje a modo de cuentas de collar que le mostrara un padre de familia “explicándole” (?) su origen: se las enviaba a los habitantes el “señor del cerro”. (Apenas unos meses antes, yo había visto uno de tales collares en el Museo de Antropología de Oaxaca.)
También la extraña ceremonia de ofrecer un gallo a un misterioso “señor de la cueva”, consistente en colocar al ave frente a un camino de maíces que, conforme se los comía, se adentraba más y más en ella. Después de un rato, si lo oían cantar en el fondo, eso significaba que la ofrenda había sido aceptada. Espeluznante, ¿no? (En un fascículo, bajo el título (entry) BELFEGOR, se describía a éste como un demonio que habitaba en una cueva y sus adeptos le ofrecían… ¡un gallo blanco!)
Otra anécdota inquietante fue la de una familia que llegó en la miseria y, no teniendo otro sitio donde quedarse, lo hizo en una “casa” hechiza (makeshift) pero también hechizada, pues se decía que las cosas se movían solas. Con todo, era tanta su necesidad que se instaló ahí. Bueno, pues resulta que un día… ¡la familia había DESAPARECIDO! Nadie la vio abandonar el lugar. Sólo un tiempo después, un lugareño la encontró viviendo en una gran casa en la población vecina, a 20 minutos en autobús. ¿Qué había pasado?
Pero lo más escalofriante de lo que fue testigo lo protagonizaron dos jóvenes atrabancados que, enterados de la leyenda local acerca de una cueva específica que contenía un tesoro, decidieron sin más ir a buscarlo. Así que se calaron sus mochilas y bajaron por cuerdas hasta la entrada, situada en una pared de roca. Se demoraron en regresar más de lo estimado, volviendo primero uno, pero en mal estado, como si estuviera enfermo. Luego apareció el otro, también en malas condiciones.
Relataron que una vez dentro, comenzaron a avanzar y continuaron haciéndolo hasta que intempestivamente les salió al paso un enorme mazacuate (serpiente) que les habló diciéndoles que había allí siete ollas llenas de oro, pero que por cada una pedía la cabeza de un niño. Horrorizados, volvieron sobre sus pasos buscando desesperadamente la salida. La historia no terminó bien, pues ambos aventureros empeoraron y finalmente murieron, sin que nadie, ni siquiera el médico llamado sus familiares, supiera por qué.
Poco después, el adivino -así lo llamaban- de la aldea, especie de médico-brujo, chamán o algo similar, recorrió las cosas buscando niños que le vendieran (!) Nadie lo hizo, pues ya conocían sus intenciones y lo expulsaron del lugar, advirtiéndole que si volvían a verlo, lo matarían. Fue entonces que comenzaron a desaparecer niños, hablándose de un robachicos que merodeaba por los alrededores. Ya se imaginarán ustedes de quién sospechaban.
Todo esto en 1974, en un sitio de acceso relativamente fácil, pues sólo había que apearse en la carretera, bajar hasta la orilla del río (Cazones), cruzarlo y caminar un poco. Cuando estuve ahí, aún podían verse en la ribera los troncos (pilotes) desperdigados de una capilla erigida por algún misionero católico y destruida por una crecida del río, que nadie había intentado reconstruir, pues permanecían fieles a su culto ancestral, prehispánico. (De hecho, el Catolicismo no pudo penetrar la zona, conservando los habitantes sus costumbres, unas saludables, como no avergonzarse de la desnudez, pero otras francamente de miedo.)
Durante el periodo vacacional de fin de cursos, fuimos un sábado a una librería especializada en Antropología en busca de información, pues pensaba que “alguien ya debía haber investigado, porque por ahí pasaban muchos extranjeros”. Di con un libro que le mostré. Consultó la cubierta posterior y confirmó que correspondía a la zona. Fuimos entonces a pagarlo, pero antes de llegar a la caja, lo pensó dos veces y decidió devolverlo a su sitio. En su momento tramitó en la Secretaría de Educación su cambio de adscripción y no volvió al lugar: era demasiado para sus nervios.
Por testimonios como éste, mucho más abundantes de lo que se cree, parece probable que, después de todo, los ANTIGUOS DIOSES paganos aún anden por aquí…
¿O qué piensan ustedes?
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.































