Los miles de transeúntes de la Ciudad de México hemos tenido siempre la misma incertidumbre (al menos los que amamos la Ciudad y conocemos todos sus rincones), de saber a qué lugar se refiere una persona cuando dice “Nos vemos en el Caballito”. Para muchos sería una respuesta obvia, podrían decir que es en la Avenida Paseo de la Reforma donde se erige la magnífica obra escultórica del gran Sebastián (mejor conocido como Enrique Carbajal González), esa obra de 28 metros de alto, de brillante acrílico amarillo con líneas y formas que asemejan dobleces; pero para otros la diatriba es obvia “El Caballito” es la estatua ecuestre de Carlos IV, misma que se encuentra frente al MUNAL y que hiciera el gran arquitecto Manuel Tolsá fechada en 1803.
Sin embargo, la reflexión es obligada: ¿cuál es el caballito, la original o su resignificación que es su reinterpretación?
Hay que aclarar un punto, ninguna de las dos se llama “El Caballito”. La de Sebastián se titula “Cabeza de caballo”, mientras que la de Tolsá es “Monumento ecuestre a Carlos IV”. El inconsciente colectivo ha denominado la obra de Tolsá como “El Caballito”, por lo que todo lugar donde se ha puesto ha sido relacionado con la obra, misma que tras pasar por el Zócalo, fuera expuesta en la mítica glorieta de Reforma, denominándola como “La Glorieta del Caballito”, por lo que cuando Sebastián se vio ante la monumental obra que recaía en sus manos, el arte supo hacer lo propio.
Imaginemos a Sebastián en su camino del héroe, donde el llamado se focaliza en el momento donde se ve al frente del proyecto. Por supuesto que causa miedo, es el hecho de reinterpretar una de las obras emblemáticas de la Ciudad de México, de la idiosincrasia del pueblo, de saberse literalmente enfrentado a uno de sus mayores críticos: el tiempo. Así pues, la labor artística lo lleva a elucubrar en su mente, y con su ingenio, una obra que signifique, resignifique, dignifique y reinterprete el trabajo de uno de los grandes creadores de la Ciudad de México, de aquél lejano Distrito Federal de los textos de Monsiváis, de Fuentes, de Paz, de Garro, del surrealismo, que sigue siendo la misma pero no es igual.
La obra de Sebastián no es lo mismo pero es igual. El arte cuántico es así, busca experimentar con lo conocido, sabiendo que su interpretación no solo parte del punto de vista del que lo crea sino también del observador. El premio nobel de física, Serge Haroche fue galardonado por sus trabajos referentes al estudio de la luz a nivel cuántico y cómo la misma modifica el universo y espacio observable, es decir nuestro entorno. El arte de Sebastián permite que la modificación físico-temporal de un espacio cree no solo un cambio objetivo sino también subjetivo pues el individuo (el subconsciente colectivo) reinterpreta y resignifica la obra y el propio espacio a través de la misma.
“Nos vemos en “El Caballito”. Grande es la obra que ha hecho el gran Sebastián al permitirnos un trabajo tan impresionante como para pensar inmediatamente en su “Cabeza de caballo” y no en el “Monumento ecuestre a Carlos IV”. La paradoja de Teseo se resignifica, la pregunta ya no es si la barca es la original o la que hacen las nuevas piezas, ahora es justamente el saber cuál de las dos obras es o no es El Caballito de CDMX.
El arte dignifica, resignifica y reinterpreta no solo al espacio y entorno, no solo al artista, sino también al observador. El experimento de la doble rendija lo ilustra de manera más concisa ya que es de gran importancia en el campo de la física y la comprensión de la naturaleza fundamental de la materia y la luz, ya que demuestra que las partículas pueden exhibir tanto comportamiento de partícula como de onda de acuerdo con el observador, es decir, se comportan de acuerdo a la circunstancia y sobre todo al análisis e interpretación del que realice la prueba. Principios cuánticos tales como la superposición, la interferencia, la incertidumbre y la probabilidad (o improbabilidad) en el mundo subatómico nos llevan a una nueva descripción de la realidad basada en las leyes cuánticas.
Huelga decirlo, es necesario pensar en el arte de esa manera. El movimiento surrealista (que este año cumplió su Centenario) buscó al individuo –el propio artista- como punto focal de las obras, narrar y plasmar sueños, interpretaciones propias y reinterpretaciones, plasmar su subconsciente en el arte mismo (no en balde leyeron a Jung y el existencialismo francés). Hoy en día, es necesario pensar en el individuo que es el otro (el espacio que habita), y más aún en una Ciudad que se tiene a sí misma con ese papel protagónico en distintas obras de arte.
Si el arte debe cumplir con ese papel, es necesario pensar en uno nuevo, uno que represente la culminación y catarsis de todos los demás artes: ese arte nuevo es el tatuaje.
Ana Retiz, ilustradora egresada de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, además de tener libros publicados con sus ilustraciones en distintas editoriales a nivel nacional e internacional, es dueña y socia fundadora de STUDIO ANURA (estudio de tatuajes, galería de arte, editorial e incubadora de talento artístico) y ella ve en el tatuaje el arte vivo en este mundo convulso y cambiante.
Así como la obra de Sebastián resignificó un espacio, reinterpretó la obra de Tolsá y redignificó a la Ciudad de México, el tatuaje hace lo propio con el individuo. Uno ya no es el mismo que era (ni siquiera en apariencia) después de tatuarse: nos vemos distintos, nos sentimos distintos, pero en teoría somos los mismos, aunque a los ojos de los otros también hayamos cambiado. Heráclito nos decía que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque, aunque aparentemente el río es el mismo, sus elementos, su cauce, el agua que corre por él, han cambiado.
“No es lo mismo, pero es igual”, diría Silvio Rodríguez en su Pequeña Serenata Diurna. Panta rei.
“El tatuaje es increíble. Podemos llevar en nuestra piel el recuerdo de una catarsis, a nuestros seres queridos, a nuestras mascotas; pero al mismo tiempo podemos llevar realmente obras de arte, con la visión tan particular de cada artista del tatuaje, de cada estudio, de cada individuo, pues el artista debe hacer un diseño con base en las ideas del cliente. Los que tenemos tatuajes somos galerías de arte andantes.” – Ana Retiz.
Es por ello que la labor de Ana Retiz se focaliza en la resignificación del individuo a través del tatuaje, a través de su arte y de apoyar a potenciales artistas en la creación, divulgación y reconocimiento de su arte desde un lugar especial y enfocado a eso. Su arte se enfoca a la obra que puede ser observada por el otro, que el observador interpreta y analiza, así como crítico o como admirador del arte, así como El Caballito de Sebastián.
Este escrito es un homenaje para el increíble Sebastián, a quien agradecemos enormemente desde STUDIO ANURA el sabernos de un gran artista, mismo que nos inspira a seguir creyendo en el arte desde la perspectiva cuántica que tiene y cuya obra vive y es uno de los grandes tatuajes de Ciudad de México.
Luis Canchola Cupich, consultor legal, escritor y fomentor del arte.






























