Por Salvador Calva Morales
¿En qué rincón del alma se extravió el asombro
mientras delegamos el pensamiento a máquinas sin memoria del dolor?
¿En qué minuto entregamos la chispa del diálogo interno,
esa que ardía como un faro en noches de duda y reflexión?
La inteligencia creció… pero ¿y la conciencia?
Subimos montañas de datos sin preguntarnos por el paisaje,
y la palabra —esa artesana de mundos—
se nos adelgaza entre respuestas que no cuestionamos.
Ya no debatimos: consumimos.
Ya no razonamos: aceptamos.
La mente, antes fogata de ideas,
hoy es una habitación que se ilumina sola
pero que nadie habita.
¿Dónde quedó la vieja costumbre
de discutir con el misterio y perder
o ganar sabiduría en el intento?
¿Dónde el placer de errar,
corregir, dudar, disentir,
de abrir una grieta en lo sabido
para que entre la luz?
El tiempo avanza,
y con él un rumor inquietante:
si no ejercitamos la palabra,
la palabra nos olvidará.
Si no cuestionamos el mundo,
el mundo nos contará historias
que creeremos sin preguntar.
Porque la pereza mental es un óxido silencioso,
y la comodidad un sopor que adormece al espíritu.
Y si renunciamos a pensar,
si cedemos la brújula del juicio,
no serán zombis sin cerebro quienes caminen:
seremos nosotros,
despidiéndonos del milagro de ser humanos.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta






























