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El otoño de Maga

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Por: BrendaCarol Morales

La época no puede ser más propicia para dejarnos llevar por la nostalgia y la melancolía. El otoño inicia con el equinoccio del mismo nombre, cuando el día y la noche duran casi lo mismo, empieza a helar y las hojas de los árboles se desprenden y vuelan empujadas por el viento.

Justo en esa atmósfera, les presento uno de los poemas de María Alejandra del Carmen González Alvarado.  Ella es una escritora guatemalteca, quien como bien dice, se siente orgullosa de ser mujer de maíz, capaz de cobijar sus emociones con «letras a veces con rima, otras en prosa, pero siempre con corazón». Alejandra o Maga, como firma sus poemas, es una de las fundadoras del colectivo Luciérnaga. Como autora y coautora ha publicado libros de temática y estructura diversa: currículo, poesía, haikus , microrrelatos, ensayos y cuentos. Por ello, es un gusto darle la bienvenida en este espacio de SabersinFin.

Hojas de otoño

María Alejandra del Carmen González Alvarado

Nos quedamos suspendidos 
en el tiempo,
esperando la caída inminente,
sostenidos por el peciolo
a tanta vida compartida.
Nos quedamos en silencio,
nos acalló el tiempo,
las palabras muertas
abonaron el sustrato del olvido,
y crecía la broza de lo vivido.
Nos quedamos atrapados en el tiempo,
la nostalgia golpea a veces los cristales,
y se empañan los recuerdos de rocío,
se funden y confunden como agua de mar, hidratando lo vivido.
Nos quedamos creyendo una mentira,
y seguimos en caída libre,
mientras el cristal del alma
deja ver, que bajo tanta hoja,
sepultado, sigue vivo, lo experimentado.

Maga 13.10.25

Como las hojas de los árboles que ya han vivido su ciclo de vida, el poema nos remite a una situación que está por alejarse, ya sea la vida, una relación o quizá un estado emocional. Al fin de cuentas, una etapa de la vida que está finalizando. Las hojas representan a esa etapa que debe soltarse y el pedúnculo, el hilo mínimo que aún la sostiene.

En los siguientes versos nos hace entender que podría tratarse de una relación pues el yo lírico habla, entonces, de un «nosotros». Entre los dos hubo un momento en que todo se detuvo, una especie de parálisis emocional. Dejaron de comunicarse y el tiempo solo sirvió para abonar al alejamiento. El silencio se volvió ese espacio en donde la relación empezó a marchitarse. Todo lo que no se dijo abona a esa sensación de nostalgia y de temor a la pérdida: el pedúnculo al que todavía se mantienen ¿o mantiene?, unidos.

Después, se deja invadir por la nostalgia de momentos empañados entre el pasado y el presente silencioso, por la sensación de que el tiempo se detuvo y los recuerdos se agolpan, salados (como las lágrimas), constantes, agigantados, tal cual ese mar al que se refiere. Hay una mezcla de dolor y ternura, un aferrarse a esos recuerdos «hidratados» que no permiten soltar. Al final, reconoce que hay quizá un autoengaño porque la caída parece inevitable. Sin embargo y pese a todo, reconoce que lo vivido seguirá como parte de su vida, no se extingue, aunque se acabe la relación.

Como los árboles, donde perder las hojas no es perder la vida, sino un ciclo natural, el poema nos brinda una mirada serena de aceptación ante la inevitable pérdida.

BrendaCarol Morales es escritora y académica guatemalteca. Forma parte del equipo de analistas de Poesía Lunar de SabersinFin. Además, es asociada activa de PEN Guatemala. Exbecaria de la Academia Guatemalteca de la Lengua.