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Fugas naturales de metano en el fondo del océano impactarían los ecosistemas marinos

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Imagen del sitio agenciadenoticias.unal.edu.co

Por primera vez en Colombia se estudiaron las conexiones entre los microfósiles y el metano que se escapa del mar. Investigadoras analizaron las fugas naturales de dicho gas de efecto invernadero en relación con los foraminíferos, fósiles de pequeños protozoarios que se estima existen hace más de 500 millones de años. Según sus hallazgos, la abundancia de sedimento y de especies presentes se relacionan con la intensidad de las emisiones, información que sirve para profundizar en su ecología, pensar en futuros análisis para exploraciones y entender el pasado del planeta.

Los océanos cubren más del 70 % de la superficie de la Tierra, es decir 360 millones de km² –en contraste con los 148 millones que suman los 7 continentes–, y de ellos todavía queda mucho por explorar, por lo que siguen siendo un misterio para los científicos.

“Uno de esos misteriosos fenómenos ocurre en el piso oceánico, en donde se han identificado fugas naturales de metano, un gas de efecto invernadero 25 veces más potente que el dióxido de carbono, pero que se puede ‘capturar’ y utilizar para generar energía ‘verde’, además de que puede indicar la presencia de hidrocarburos como el petróleo”, señala la profesora Gladys Rocío Bernal Franco, de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín.

Estas fugas naturales de metano tienen dos orígenes: uno biogénico, que se da por la actividad biológica de microorganismos en los sedimentos cerca de la superficie, y otro termogénico, que se da más profundo y a partir de las reacciones químicas de los hidrocarburos.

“El proyecto en el que participamos surgió de una convocatoria de la Agencia Nacional de Hidrocarburos y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, con el propósito de indagar sobre técnicas de exploración menos costosas y más favorables para el medioambiente”, agrega. Para ello se unieron tres instituciones de educación superior y dos empresas: la UNAL Sede Medellín, la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), la Universidad de Malta, la entidad GMAS SAS, y Geomares SAS.

“En la UNAL nos encargamos de analizar los fósiles de foraminíferos bentónicos, animales microscópicos que forman parte de la belleza y los enigmas del océano, y su relación con las fugas de metano”.

A partir de la detección de emisiones de metano mediante imágenes satelitales, se determinaron los sitios en los que se harían los muestreos de sedimentos, extrayendo materiales del suelo marino para estudiarlo el laboratorio, tarea que se hizo a bordo de una embarcación con la asistencia de un robot dentro del agua, conocido como ROV.

Los foraminíferos que habitan la zona de estudio

Las investigadoras trabajaron en la plataforma continental externa en la cuenca del Sinú Offshore –al frente del golfo de Morrosquillo–, una planicie que se extiende desde el continente y dentro del océano, alcanzando alrededor de 130 m de profundidad y que continúa con el talud, un fondo pendiente que cae hacia el océano profundo, hasta unos 3.900 m.

“En ese borde de la plataforma hicimos los muestreos durante 15 días. Iniciamos con un sondeo acústico robótico que nos permitió revisar las emisiones dentro del agua, que se ven como burbujas que salen del piso marino, y elegir 18 estaciones o zonas para tomar evidencias de agua y sedimentos”, detalla Camila María Barragán Jacksson, magíster en Ingeniería – Recursos Hidráulicos de la UNAL Sede Medellín.

Para tomar las muestras usaron un “nucleador de caja”, un cubo metálico de 50 cm que se entierra en el fondo y recoge en su interior 0,5 m3 de sedimento; “luego lo sacamos a la superficie y tomamos las muestras verticales ordenadas centímetro a centímetro, y así mismo, pero con un pistón o un émbolo que succiona el sedimento, extrajimos núcleos más largos, de unos 4 m”, continúa.

La investigadora Barragán buscó en los primeros 5 cm fósiles de foraminíferos, unos organismos que no superan los 2 mm y que se cree que existen hace más de 500 millones de años. Son protistas, es decir que no encajan en la clasificación de animales, plantas ni hongos, y se caracterizan por tener una estructura esquelética externa, similar a una concha, compuesta de carbonato de calcio, sílice e incluso materiales orgánicos.

Esas conchas o testas tienen formas muy variadas, desde simples –como espirales– hasta complejas –como pequeños castillos–, con una estética similar a minúsculas obras de arte. Cuando están vivos se alimentan de materia orgánica y otros microorganismos, contribuyendo al reciclaje de nutrientes en el sedimento, y al morir sus fósiles se utilizan en estudios geológicos para reconstruir el clima del pasado y los cambios históricos del mar.

Revisión manual de microfósiles

“Los foraminíferos tienen una diversidad impresionante. Entre los bentónicos (que viven en los sedimentos) hay unas 40.000 especies, clasificadas según diferencias muy sutiles en la composición de su pared y su morfología; algunas aparentan ser iguales, pero son distintas al voltearlas, o en la apertura de la boca”, señala la profesora Bernal.

Cada centímetro de suelo extraído se guardó en bolsas independientes para lavarlo y pasarlo por un tamiz de 63 micras, que separa las fracciones de lodo de las de arena, donde están los fósiles. “Luego separamos estas arenas por tamaños y las miramos con una lupa binocular y en el microscopio electrónico. El trabajo era manual y demorado porque teníamos unas 200 muestras por lavar y analizar, sumando las 18 estaciones”, recuerda la magíster Barragán.

De cada muestra separó un mínimo de 300 fósiles de foraminíferos, con el propósito de conocer la población completa para cada zona y profundidad. “Identificamos alrededor de 135 especies, pero trabajamos con las 15 dominantes; con un 9,2 %, Lobatula ungeriana predominó en el área de estudio. Así garantizamos representatividad estadística y un buen análisis de datos en relación con otras variables como salinidad, valores de metano, profundidad y tipo de sedimento”, comenta.

Correlacionando todo esto, las investigadoras comprobaron que la abundancia de fósiles de foraminíferos se relacionaba con emisiones de metano más bajas, mientras que la carencia de estos mostraba mayores emisiones, pues es probable que las filtraciones no les provean condiciones aptas por la concentración de tóxicos como el azufre. También constataron que en las zonas donde la filtración era mayor, los fósiles tenían una testa más delgada.

Con respecto a la presencia de hidrocarburos como el petróleo, la zona sí sería un prospecto en sectores más amplios y alejados. “En rasgos generales aportamos información sobre la ecología de estos microorganismos y su relación con estas emanaciones de gas, un fenómeno que sería útil a futuro en relación con la extracción de petróleo, el cuidado de la biodiversidad marina y la crisis climática”, finaliza la investigadora Barragán.

El proyecto dejó como resultado la “Guía de identificación de géneros de foraminíferos bentónicos” en esta región del mundo, la cual está en proceso de publicación en la Editorial UNAL.

Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co