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Fulgor intacto

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Foto: Pixabay

Por Salvador Calva Morales

Melba…
tu sonrisa es un latido antiguo
que sigue golpeando desde dentro.
Cuando la pienso, la sangre se despierta
y el corazón recuerda
lo que nunca supo olvidar.

Tantos años sin cruzar tus pasos
y, aun así, tu figura retorna nítida,
tallada en la memoria
como una piedra que no cede al tiempo.

Tus selfies eran mi pequeña ceremonia:
las miraba lento,
bebiendo la luz de tu mirada,
de tu silencio,
de tu modo discreto de estar.

No supe nunca el sabor de tu aliento
ni el lenguaje secreto de tu piel;
pero aquel beso fugaz,
apenas roce de viento,
sostenía un universo entero de deseo.

Tus labios —suaves, feroces, certeros—
eran la promesa de una noche suspendida.
Y tus ojos, Melba,
dos brasas dormidas al borde del alba,
donde mis pensamientos iban a caer.

Hoy, al llamarte desde lejos,
mi pecho se enciende otra vez.
Porque amar tu rostro
fue un acto absoluto:
intenso, breve,
pero eterno en su huella.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta