Por: BrendaCarol Morales
Algunas personas me han preguntado cómo sé si la interpretación que hago de los poemas es la correcta. En realidad, sí es correcta… y no lo es… si la sellamos como única y definitiva. Esto no es un simple juego de palabras.
Ya Charles Sanders Peirce hablaba de la interpretación como un proceso infinito. Tal como lo planteaba, cada interpretante puede a su vez ser reinterpretado. Mis comentarios de los poemas podrían mover a que los lectores a su vez encuentren una nueva explicación y enriquecimiento de los textos.
Por ello decía que mi interpretación es correcta en tanto que parte de mis conocimientos literarios, de mi propia experiencia poética y de aquello que los poemas producen en mí. Sin embargo, no sería correcta si supusiéramos que es la única admisible y, por ende, todas las demás carecieran de valor, precisión y objetividad. Al contrario, espero que, con mi aporte, mueva a los lectores a enriquecer su propia interpretación de los poemas que les presento cada semana.
En las siguientes publicaciones iré ampliando un poco al respecto. Desde esta perspectiva, me acerco al poema No temas, del escritor Filo Huesca, mexicano, médico egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y maestro en Medicina Estética y Longevidad. Ha promovido en Asia y Europa la cultura, literatura y arte de México. Además ha participado en todas las ediciones de la Antología internacional de poesía Sabersinfin y en la revista literaria Filigramma.
No temas
Poema de amor, miedo y entrega
Filo Huesca
No temas revelar tu verdadera esencia,
sustancia que, enamorada,
despierta sensaciones profundas,
gritos de abrazos y caricias anheladas.
No temas desmoronarte,
aquí estoy, listo para envolverte
en el calor reconfortante de mi presencia,
para cobijarte con la pasión que despiertas.
Déjate llevar por la belleza del amor,
explora sus rincones luminosos y oscuros,
donde cada emoción se siente intensamente
y cada suspiro se traduce en cercanía.
Atrévete a sostener mi mirada,
abre tus brazos al refugio que ofrezco;
deja que mi calor disipe tus temores,
que mi entrega te envuelva por completo.
Atrévete a recibir el elixir de mi amor,
un néctar que promete dulzura y ardor,
una poción forjada en la intimidad
de corazones valientes que se atreven a amar.
Así, sin miedos que nos detengan,
enfrentemos juntos cada amanecer:
mi alma extendida hacia la tuya,
unidos en el deseo de perpetuar nuestro ser y estar.
Al analizar la forma, notamos que los versos son libres; se ordenan en seis estrofas de cuatro versos cada uno. El poema se organiza en una especie de secuencias exhortativas marcadas por verbos en imperativo. Esto genera una progresión emocional casi envolvente.
La primera de las exclamaciones es una anáfora que da nombre al poema. En esta estrofa, se exhorta a la interlocutora para que muestre su esencia, es decir, su humanidad, que a la vez representa quién es. Cuando menciona a la verdadera esencia, hace ver que ella posiblemente se guarda sus emociones más profundas. Por ello, la anima a expresarse sin límites. La voz poética la ve como una persona cuyos sentimientos son fuertes, pero necesitan un caudal para mostrarse. En la sinestesia «gritos de abrazos» por un lado habla de gritos (sonido, intensidad, desborde) y, por otro, de abrazos (contacto, silencio, contención). Se presenta una paradoja: si bien el abrazo calma, el grito altera. Con esto sugiere que el amor contiene calma y desborde al mismo tiempo.
En la siguiente estrofa se repite la anáfora. Le hace ver a la interlocutora que está bien no mostrarse fuerte, que puede derrumbarse porque él estará allí para sostenerla. Envolverla sugiere una forma de cuidarla, aunque ese cuidado podría también referirse a cubrir o rodear al otro. Esta imagen responde a una construcción cultural de lo masculino: el protector que rodea a la otra persona, más débil. La voz poética se posiciona como alguien que ofrece seguridad, que contiene y guía hacia la experiencia amorosa. En estas dos primeras estrofas, hay una invitación a amar sin miedo en donde el «yo» es quien sabe, sostiene e invita, en tanto que el «tú» duda, teme, necesita abrirse.
A partir de la siguiente exhortación: «déjate llevar», se invita al «tú» a abrirse al amor. La voz poética le advierte, no con temor sino para que lo acepte y lo viva, una experiencia total en la que, tal como señala la antítesis hay: «rincones luminosos y oscuros». Nadie que quiera amar y ser amado puede pensar que la experiencia solo lo lleve a la luminosidad y la alegría. Tampoco puede pretender que solo existen espacios de dolor. Amar implica reconocer que existen la alegría y el dolor por igual.
Las siguientes dos estrofas empiezan con una anáfora exhortativa: «Atrévete». Se invita a la entrega emocional y corporal. El «yo» se presenta como un ser dador, capaz de albergar y proteger. Si el «tú» se atreve a acercarse, con la condición de que la apertura sea total («abre tus brazos»), el «yo» se ofrece a brindar calor, entrega cobertora, elixir de amor, néctar, dulzura, ardor. Hay dos campos semánticos precisos en estos versos: uno el de protección: refugio, entrega, envuelva. Por otro lado, el campo semántico de sensualidad y emoción: mirada, calor, dulzura, ardor, intimidad.
Hasta aquí, el amor aparece como sanador que disipa los temores; sensorial: néctar, calor, caricias; totalizante: abarca luz y oscuridad. En general, es un amor intenso, casi absoluto, con un matiz de idealización, donde el yo oscila entre el cuidado genuino y cierta posición de apropiación emocional. ¿Podría aquí leerse una tensión entre ambos?
En la última estrofa ya no hay exhortaciones. La voz poética pasó de invitar a: 1) superar el miedo, 2) abrirse al amor, 3) entregarse completamente… a finalmente, proyectarse hacia un futuro compartido. Aquí el amor se plantea como un refugio y plenitud. Desde su postura, al ya no tener miedo a la expresión amorosa, tienen la posibilidad de compartir el futuro y perpetuarse.
Este poema tiene una gran fuerza que radica en su insistencia afectiva, casi hipnótica, con lo que logra transmitir intensidad emocional y deseo de vínculo profundo. No es que la protección amorosa planteada sea negativa en sí misma, pero sí provoca formularse preguntas muy ricas: ¿El amor protege o iguala? ¿Quién tiene la voz en la relación? ¿Amar es guiar… o encontrarse? Al fin de cuentas, si no existe ese hombro con hombro entre los dos y la relación entre la pareja no es horizontal, no se podría desarrollar esa plenitud y perpetuación que sugiere.

BrendaCarol Morales
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, miembro del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.




























