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Análisis e interpretación del poema «Pensarte con ternura», de Esperanza Vera Mozo

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Por: BrendaCarol Morales

Wolfgang Kayser decía que al interpretar un poema u otro texto literario, la propia individualidad, la época y hasta la nacionalidad influirían en el intérprete literario, por muy objetivo que pretenda ser. Pensaba en esta idea al seleccionar uno de los poemas de la VI Antología de Poesía Internacional de Sabersinfin. Me complació analizar e interpretar el poema Pensarte con ternura, de Esperanza Vera Mozo, como una antesala al acontecimiento que, en apenas unos días, tendrá lugar en Puebla, México. Ella es una figura relevante para Sabersinfin.

Aunque este año, por cuestiones laborales no asistiré al VII Encuentro, mi corazón está con Puebla, Sabersinfin y personas tan cariñosas y hospitalarias como las que encontré el año pasado. Así que Kayser ha de tener razón. Con esta lectura me sentí como una niña que se guarda un dulce para regodearse y, de alguna manera, abrir la puerta a este encuentro literario para, con ternura, recordar la hermosa experiencia del año pasado.

Este análisis del poema Pensarte con ternura, de Esperanza Vera Mozo, propone una lectura sobre la ausencia, la ternura y el amor sublimado en la poesía contemporánea.

Ahora, conozcamos un poco de la escritora Esperanza Vera Mozo. Es originaria de Puebla, México. Tiene una licenciatura en Teología por la universidad Logos Christian College y un diplomado por la UMAD en lenguas hebreas y griegas, así como uno en dirección estratégica de capital humano. Ha participado en varias antologías, encuentros y foros literarios tanto de Sabersinfin como de otras latitudes. Forma parte del Círculo de Escritores de Sabersinfin.

Pensarte con ternura

Amor y ausencia en la poesía

Por: Esperanza Vera Mozo

Es la única forma de acariciarte de lejos,
un susurro de viento que mece tus cabellos.
Eres el eco en la caverna de mi mente,
un río que fluye entre los cauces de lo imposible.

Tu ausencia, un jardín que florece en silencio,
donde la luna riega las raíces de mi espera.
Cada pensamiento es un hilo dorado,
tejo con ellos el tapiz de tu presencia intocable.

Eres la línea del horizonte que nunca alcanzo,
si mi amor fuera fuego, serías cenizas.
Eres aire, mis llamas no te consumen.
Te pienso para existir, para ser más que sombra.

Tú, faro de luz en este océano de incertidumbre,
la ternura es la brújula en esta navegación errante,
y el amor, el puerto que nunca toca la proa.
Pensarte… es pintar con los dedos el aire.

Es atrapar con palabras el agua que se escapa,
reflejo de un espejo que nunca vi.
En ti encuentro la levedad de lo eterno.
Y en mi mente eres la flor que no se marchita.

Pensarte es acariciar el alma del vacío,
es amar en el lenguaje del infinito,
pensarte es la única forma de tocar lo incansable.

Análisis del poema Pensarte con ternura

El poema está dividido en varias estrofas, con verso libre y sin una métrica regular. Esta libertad en la rima y métrica permite una fluidez emocional y meditativa que pareciera avanzar por asociación de imágenes. Es un poema en el que abundan las metáforas, con lo que se crean imágenes simbólicas que le permiten al lector «construir» el mensaje. Además, utiliza otras figuras como la paradoja y la anáfora «pensarte es» que cohesiona la estructura y las ideas.

Se evidencia, asimismo, una isotopía en torno a elementos de la naturaleza (aire, agua, fuego) pero también de navegación (faro, océano, brújula). Con este recurso, se logra coherencia, sentido y unidad. Por otro lado, establece diferentes niveles de expresión y lectura del motivo literario: el amor imposible, sublimado en el recuerdo. Así, el mensaje central llega de manera segura y uniforme a la mente del lector. El sentimiento y las sensaciones se manifiestan en y desde los elementos naturales y el entorno.

Interpretación del poema

Desde el inicio, el yo lírico conecta el título con la estrofa, dándole continuidad a la idea. En el primer verso el lector conoce que la persona amada está ausente. La única manera de vincularse con ella es por medio de la ternura. Esta aparece como algo etéreo. Sin embargo, también actúa como un puente que propicia el acercamiento, tan vital, que el ser amado puede sentir la caricia en un movimiento del viento. Las metáforas: «eco en la caverna de mi mente» y «un río que fluye entre los cauces de lo imposible», muestran que el recuerdo es constante, repetitivo. Él vive como resonancia interior, a la vez que fluye hasta lo inimaginable. El inicio del poema define el pensamiento o recuerdo como sustituto de la caricia y la proximidad. Viento y agua evocan elementos asociados con fluidez, movimiento y equilibrio vital.

En la segunda estrofa, la ausencia del ser amado no solo ocupa un espacio: ¡es un espacio! No hace ruido y sin embargo, se mantiene vivaz. Esta metáfora logra una imagen muy potente: la ausencia no destruye, sino que produce una belleza melancólica. La siguiente refuerza la idea. La luna, ese astro asociado con la contemplación y la melancolía, incita y fortalece la ilusión de la espera. En ese estado contemplativo y expectante, los valiosos recuerdos sirven para mantenerlo presente aunque intangible. En la segunda estrofa se desarrolla la idea de que a pesar de la inaccesibilidad, el ser amado permanece vivo en la memoria. Tierra (jardín, raíces) y agua (riego) son elementos receptivos y femeninos. Representan la existencia material y, a la vez, el mundo interior, así como el origen de la vida.

Mientras en la primera estrofa se habla de cómo alcanzar al ser amado por medio de la ternura y, en la segunda, se constata que pese a la ausencia, sigue vigente en la memoria, en la tercera estrofa se habla de la imposibilidad de acercarse. El ser amado es inalcanzable.

La ausencia como certeza

Por primera vez surge la certeza de que, pese a la constancia del recuerdo en el yo lírico, la unión con esa persona especial no es posible. El amor que vive el yo lírico podría ser abrasador pero eso solo llevaría a que el otro se consumiera en su fuego. Si el yo lírico es fuego, el otro es aire. En tanto que el fuego es símbolo de energía vital, de pasión y voluntad, el aire simboliza lo inmaterial, la libertad. No puede ser consumido por el fuego de la pasión. En definitiva, la ausencia y el amor unívoco se aceptan como necesarios para vivir. A la vez, vivir se concibe como intensidad emocional. 

En medio de la confusión de emociones y sentimientos, en la siguiente estrofa se proyecta la imagen del ser amado por encima de cualquier incertidumbre. El primer verso de la cuarta estrofa sugiere un tópico clásico: el amor es una guía existencial. Y, como tantos enamorados habrán dicho antes: amor eres tú. Por ello, el otro se convierte en un referente. El yo lírico escoge la ternura para salvarse de la tormenta y del dolor de la ausencia. ¿Qué es la ternura? Según la página de Psicología y Mente, más que una emoción es una manifestación pura de amor desinteresado e incondicional que conecta a los seres vivos desde la vulnerabilidad y el respeto.

El yo lírico se siente inseguro entre el amor y la ausencia, así que opta por dejarse guiar por la ternura. La ternura aparece como una forma de resistencia contra la ausencia. En tanto que el amor es la idea de lo estable, aquí no puede obtenerse. En uno de los versos aparece la anáfora: Pensarte es… Con ella se cohesionan las imágenes y se da unidad al poema. Ese verso tiene algo de becqueriano, como de suspiro suspendido. Expresa que el acto amoroso es imposible porque no se puede materializar lo intocable.

Pensar para eternizar

A partir de la siguiente estrofa, el yo lírico se enfoca en expresar qué significa pensar al otro. El primer verso produce la sensación de impotencia y aún así, de la posibilidad de retener. Da a las palabras un poder casi mágico: con ellas atrapa lo escurridizo, por más que esto busque escapar. Al pensar en el otro, aunque no esté, lo tiene para sí. Por otro lado, se da cuenta de aquellas similitudes entre ambos de las que no tuvo conciencia antes. Él es su propio reflejo. Sucumbe ante él. En los dos últimos versos, vemos una paradoja: lo leve contra lo eterno, la fragilidad contra la vida. El ser amado pudo haber estado un momento o un breve tiempo y, sin embargo, se eternizó en el recuerdo. Como una flor, se mantiene bello, frágil y permanentemente fresco.

En la última estrofa, la única con tres versos, se da un cierre al elevar al amor a lo metafísico y abstracto. Inicia con la anáfora «Pensarte es». Reconoce que no tiene posibilidad de acercamiento material; por eso «acaricia el alma del vacío». A pesar de ello, es un amor que se comprende solo desde la infinitud. Concluye con la revelación de que pensar al otro es el camino insustituible para no perderlo del todo. El motivo lírico se evidencia en este último verso.

El poema no plantea la ausencia como castigo. Antepone la ternura, para evidenciar que el verdadero amor trasciende la fugacidad y la presencia física. Desde esa vulnerabilidad nacida del dolor, el yo lírico transforma la imposibilidad en imaginación creadora capaz de mantener presente al ser amado.

BrendaCarol Morales

Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.