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La cultura como expresión e instrumento diagnóstico (Artículo)

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– La Historia Jamás Contada –

A finales de 1986, una consejera estudiante alumna de una de las Preparatorias de la Universidad pública local, solicitó al entonces Colegio de Psicología un curso de Educación Sexual para estudiantes, pues los tradicionales, concebidos básicamente por médicos y dirigidos a parejas (heterosexuales) casadas o similares, no respondían a las necesidades y expectativas de los preparatorianos.

Por ello algunos amigos estudiantes de Psicología que había conocido dos años atrás en un taller de Sexología, me invitaron a participar en ese proyecto, que habían tomado para realizar su servicio social de la materia correspondiente. Una vez reunidos, lo primero que hicimos fue desmenuzar críticamente el contenido típico de estos cursos y talleres, resaltando sus limitaciones y errores, que intentaríamos subsanar en el nuestro.

Había dos factores fundamentales a considerar: la edad y el status no marital de sus destinatarios, sin descuidar su procedencia de clase media urbana y nivel escolar, determinantes para la presentación de los temas… Aquí fue donde apareció el problema de fondo, pues carecíamos de una temática específica que hiciera la diferencia con los jóvenes, pues no existía investigación al respecto, al menos no que supiéramos y/o tuviéramos acceso, así que, ¿cómo nos allegaríamos esa información?

Fue cuando asumimos que la única forma práctica de hacerlo era directamente de los propios participantes, pero respetando su intimidad y el derecho a decidir sobre ella, “detalle” que suelen pasar por alto los conductores de talleres. Optamos entonces por emplear técnicas proyectivas, recurso bastante común en Psicología. Y el campo de investigación sería la cultura juvenil de la época.

Así que nos avocamos a explorar las maneras más eficientes de obtener, depurar y organizar lógicamente la información pertinente, que sería el punto de partida de una (auto)reflexión crítica compartida: ahí estaba el contenido adecuado a la edad y status sexo-afectivo socialmente condicionado de la juventud preparatoriana de clase media urbana de ese momento. (En terminología más reciente, diríamos que actuábamos sobre avatares moviéndose en una realidad virtual que podíamos retocar a voluntad: eso era todo. Pero con eso nos adelantamos, para variar.)

Pero el dispositivo técnico en sí resultó tener otros usos de lo más interesantes, como su eficacia e idoneidad para la promoción y difusión de la Cultura, verdadero rompecabezas (puzzle) para las (nuevas) Administraciones deseosas de sacar a sus instituciones de su marasmo crónico en este aspecto.

Por eso un año después (1988), aprovechando el interés del Rector entrante por nuestro modelo, le presenté un Proyecto Cultural para toda la Universidad. Se trataba de un simple proyecto diagnóstico de un semestre de duración que permitiría a cada unidad académica diseñar colegiadamente su propio programa cultural a largo plazo, institucional, sustentado en las necesidades, apetencias y posibilidades culturales reales de su población escolar, evitando los costosos, decepcionantes y efímeros experimentos que, en el peor de los casos, sólo actúan como fachadas del más descarado adoctrinamiento político o religioso, como el “realismo socialista” de Stalin, el “nacionalismo revolucionario” de aquí, la “revolución cultural” (?) maoísta, etc. No importa el nombre o el signo: el objetivo es el mismo.

(Por cierto, el proyecto nunca llegó a materializarse debido a la maraña de intereses creados del grupo que accedió al control de los recursos universitarios, que desde el principio mostró sus acusadas tendencias sectarias y centralistas: cualquier parecido con lo que está por suceder en el Sistema Educativo nacional no es ninguna coincidencia.)

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.