Inicio Artículos La nueva escuela mexicana: La educación entre la formación y la ideología

La nueva escuela mexicana: La educación entre la formación y la ideología

606
Imagen del autor Hellio42 en PIXABAY

Por Beatriz Acuña

La educación entre la formación y la ideología

Uno de los aspectos más preocupantes de la educación en el país, es no solamente la disminución de los niveles de aprendizaje, sino el cambio de enfoque respecto a la concepción y naturaleza misma de la educación. Las cifras hablan por sí solas, pero, parecería, según el contenido de los libros, que lejos de tomar en cuenta las recomendaciones de los organismos evaluadores, el nuevo enfoque educativo de nuestro país está más interesado en cuestiones ideológicas que de enseñanza y solución de problemas.

El problema actual

En la última prueba PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) México ocupó el lugar 51 de un total de 81 países. En el contexto de la OCDE México se ubica en el puesto 35 de los 37 países miembros, es decir, por debajo del promedio internacional en matemáticas, ciencias y lectura. La Dra. Araceli Martínez Bordón, experta en educación, considera que esto representa un retroceso de 20 años.

En el nivel básico, dos de cada tres mexicanos no alcanzaron el nivel básico de aprendizaje en matemáticas, y el país tiene el primer lugar en rezago educativo, según estadísticas de la OCDE la mitad de la población adulta (25 a 64 años) sólo tiene educación secundaria. El informe de dicho organismo “Educación en una mirada”, señala que en México 41% de los jóvenes carece de título universitario, esto significa que México está en el último lugar entre los países miembros en porcentaje de jóvenes con título universitario y muestra una de las tasas de inversión más bajas por estudiante.

En opinión de la Dra. Martínez2, estos resultados eran de esperarse, pues se abandonaron las pruebas de evaluación que habían servido para conocer el desempeño de alumnos y maestros y atender los aspectos prioritarios en los diferentes niveles. En efecto, en 2019 el entonces presidente López Obrador, desapareció el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) que se encargaba de coordinar las evaluaciones educativas en el país, llamado Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes (PLANEA). Asimismo, se suspendió la participación de México en el Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE) de la UNESCO, que evalúa la educación pública y privada en los niveles de prescolar hasta media superior.

El argumento de López Obrador además de declarar que “ya no hay evaluación, va a desaparecer el instituto”, fue “porque esa fue una imposición, repito, dictada desde el extranjero, aceptada dócilmente por los gobiernos de México, afanosos, afanosos, aceptaron evaluar a los maestros”3. Como podemos atestiguar hoy, los maestros de cierta agrupación son los que deciden cuándo, dónde y cómo se dan las clases. Haciendo de lado por supuesto las recomendaciones de la OCDE para mejorar la educación en México: elevar la calidad docente y directiva, mejorar la equidad y el financiamiento, y alinear las habilidades de los estudiantes con las demandas del mercado laboral.

Además, destacan que las propuestas de la organización responden a un enfoque integral a largo plazo. Desafortunadamente, hoy a nadie importan tales recomendaciones, la Nueva Escuela Mexicana tiene otros objetivos y sus intereses son de otra naturaleza.

La contradicción central

Quise enfocarme en la revisión de los libros de texto gratuitos de nivel prescolar, puesto que todos sabemos no sólo los expertos psicólogos y educadores, es en la niñez, en los primeros años de vida de una persona donde se inicia la construcción de nociones sociales, el desarrollo moral, se fijan la disciplina, valores, conductas, muchas filias y fobias que forman a los individuos en su adultez.

En los libros Crianza para la Libertad en la Nueva Escuela Mexicana, una guía para familias de educación preescolar se afirma que, en el pasado, “se trataba a las niñeces como si no tuvieran voz ni opinión” y que los adultos imponían su voluntad porque se asumía que sabían lo que era correcto. El texto sostiene que ahora los niños deben ser reconocidos como “sujetos de derecho” y merecen respeto a sus decisiones.

A primera vista, el planteamiento parece razonable. Toda persona merece dignidad y respeto, independientemente de su edad. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto puede trasladarse este principio a niños de tres, cuatro o cinco años de edad?

La infancia requiere protección precisamente porque los menores aún no cuentan con la madurez intelectual y emocional necesaria para evaluar las consecuencias de muchas de sus decisiones. Reconocer derechos a los niños no debería significar renunciar a la responsabilidad de guiarlos. Educar implica acompañar, orientar y, muy importante, establecer límites, sin limites los resultados pueden ser en perjuicio del alumno. Es decir, como bien señala la organización de padres de familia en Guanajuato, educar a los hijos no debe ni debería considerarse un crimen.

La preocupación aumenta cuando los materiales oficiales proponen “desaprender patrones opresivos heredados”, “denunciar al patriarcado” y “romper paradigmas de crianza violentas (sic)4, machistas, micromachistas (sic) xenófobos o sexistas”. Más allá de la legitimidad de combatir cualquier forma de discriminación o violencia, el lenguaje empleado refleja una visión ideológica específica de la realidad social.

La misión fundamental de la escuela ha sido históricamente transmitir conocimientos, desarrollar capacidades intelectuales y formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Cuando la educación comienza a privilegiar la adopción de determinadas categorías ideológicas antes que el aprendizaje de conocimientos verificables y el desarrollo del pensamiento crítico, no es errado pensar en que se ha desviado de su misión para convertirse en un instrumento de adoctrinamiento. La cuestión de fondo no es si deben promoverse valores como el respeto, la igualdad o la dignidad humana. Pocos estarían en desacuerdo con ello. La verdadera discusión consiste en determinar si corresponde al sistema educativo inculcar una visión particular del mundo o proporcionar a los alumnos las herramientas intelectuales para que sean ellos quienes, con el tiempo, formen sus propio criterio y convicciones.

México necesita una educación que enseñe a pensar, no una que enseñe qué pensar. La diferencia parece sutil, pero de ella depende la libertad intelectual de las futuras generaciones.
Perspectiva histórica.

La educación no nació con el Estado moderno ni con los sistemas burocráticos contemporáneos. Durante milenios fue responsabilidad primordial de la familia. En las sociedades antiguas, los padres transmitían a sus hijos no solamente conocimientos prácticos para la supervivencia, sino también costumbres, tradiciones y principios morales. La educación constituía el puente que conectaba a cada nueva generación con la experiencia acumulada por sus antepasados.

En la antigua Grecia, cuna de buena parte de la civilización occidental, la educación adquirió una dimensión más amplia y sistemática. Desde la época descrita por Homero en la Ilíada y la Odisea, el ideal educativo buscaba formar hombres virtuosos, valientes, prudentes y capaces de servir a su comunidad. No se trataba únicamente de transmitir información, sino de formar el carácter.

Posteriormente, pensadores como Sócrates, Platón y Aristóteles desarrollaron una concepción de la educación basada en el desarrollo de ciertas virtudes, la búsqueda de la verdad mediante la razón, el diálogo y la reflexión crítica. El ideal del hombre y por lo tanto de la educación según Sócrates era la búsqueda desinteresada de la virtud, en suma el conocimiento y la comprensión. Para Platón la misión más alta de la educación era alcanzar el Bien, que es lo que mantiene la existencia humana, los debates filosóficos entre los alumnos eran parte de su formación como líderes. Aristóteles compartía con su maestro algunas ideas, pero era más práctico y dado a la observación. El Liceo de Aristóteles se inclinaba a lo empírico, sostenía que el estado debía estar a cargo de la educación, el legislador debía poner su atención sobre todo en la educación de la juventud. Es de notar que para Platón el máximo fin de la educación era cultivar la inteligencia y la virtud para que el individuo pudiera alcanzar su máximo desarrollo humano, y estar capacitados para ocupar cargos en el gobierno, ese era el objetivo, gobernantes con la formación y sabiduría para aplicar las leyes. Qué diferente sería todo si hoy se mantuviera ese objetivo.

A lo largo de más de dos mil años, Occidente construyó una tradición educativa basada en la transmisión del conocimiento, el desarrollo de la razón y la formación del carácter. Por supuesto, esa tradición no fue perfecta y ha experimentado numerosas reformas y correcciones. Sin embargo, siempre conservó una convicción fundamental: los adultos tienen la responsabilidad de guiar a los niños hacia la madurez intelectual y moral.

Las preguntas de fondo

Por ello resulta legítimo preguntarse si el nuevo enfoque educativo del gobierno mexicano no están invirtiendo esa relación al otorgar una autonomía creciente a niños que aún se encuentran en las primeras etapas de su desarrollo. La cuestión no es negar la dignidad ni los derechos de los menores, sino determinar si la función de la educación consiste principalmente en orientar y formar, o en renunciar progresivamente a esa responsabilidad en nombre de una supuesta autonomía individual, así como introducir temas y asuntos de identidad sexual que no corresponden a las niñeces.

Los antiguos griegos entendían que la educación era el proceso mediante el cual una sociedad transmitía a sus jóvenes aquello que consideraba valioso y digno de conservar. Cada generación recibía una herencia cultural que debía comprender, enriquecer y transmitir a quienes vendrían después.

La educación no consistía en liberar al niño de toda influencia de los adultos, sino precisamente en introducirlo gradualmente en el mundo de los adultos. Y algo que se ahora se pierde de vista, la libertad no era el punto de partida, sino la meta. Antes de poder elegir con sabiduría, era necesario aprender; antes de ejercer plenamente la autonomía, era indispensable adquirir conocimientos, disciplina y criterio.

Tal vez la pregunta que hoy debemos hacernos es si estamos formando ciudadanos capaces de pensar por sí mismos o si estamos sustituyendo la transmisión del conocimiento por la promoción de determinadas ideologías. Porque cuando la educación deja de buscar la verdad y se convierte en un instrumento para moldear conciencias, deja de ser educación y se transforma en otra cosa, imposición de un modo de pensar.

México necesita una escuela que enseñe a leer, escribir, razonar, debatir y comprender el mundo. Una escuela que forme personas libres. Pero la libertad auténtica no surge de la ausencia de guía, sino del encuentro entre el conocimiento, la razón y la responsabilidad. En términos de Platón, el buen gobierno solo puede provenir de una sociedad educada, en y sostenía como una de sus máximas donde “los reyes sean filósofos y los filósofos, reyes.” Hoy ese anhelo es quizá demasiado idealista, anacrónico dirían algunos, puesto que nuestros gobernantes no son reyes, aunque a veces parecieran. Vivimos en un mundo dominado por la tecnología, y cada vez más por la IA. Pero es indispensable tener presente la importancia de usar la sabiduría como guía de las responsabilidades que nos corresponden.

La cuestión ideológica

Un aspecto particularmente controvertido de los materiales dirigidos a padres y tutores de educación preescolar es la introducción de conceptos relacionados con la sexualidad, las identidades de género, los roles de género, la orientación sexual y la construcción de la identidad personal.

Los textos afirman que es necesario ofrecer a las niñeces “la posibilidad de elegir quién ser y cómo expresarlo”, cito: “Es fundamental proporcionar la posibilidad de vivir experiencias diversas, no desde la homogeneidad, ni desde los discursos vacíos de respeto a la diferencia, sino desde la posibilidad de elegir quien ser y cómo expresarlo, pues para las niñeces será difícil concebir una realidad distinta si nadie se lo explica” (p. 162)

Más adelante, describen la existencia de un “sistema hetero sexista” vinculado a un proyecto de “sociedad colonial” y plantean la necesidad de cuestionar las formas preconcebidas sobre identidades, roles de género y sexualidad. Incluso se invita a los padres o responsables de los niños: “Hay que abrir la casa y la escuela al cuestionamiento de formas preconcebidas sobre identidades, roles de género, sexualidad, a ambientes hospitalarios de relación. Donde las niñeces pueden desarrollar actividades y expresar sin hostilidades, emancipadas y lejos de etiquetas con el acompañamiento de madres, padres educadores, en la construcción de su identidad. (p. 165)

La discusión no debería centrarse en la legitimidad de las distintas formas de identidad presentes en la sociedad contemporánea. La cuestión fundamental es otra: ¿corresponde a la educación preescolar introducir estos debates en edades tan tempranas, en que beneficia al niño, cual es la base pedagógica, ética y moral que sostiene estas prácticas educativas?
Durante los primeros años de vida, la tarea educativa ha estado orientada tradicionalmente al desarrollo del lenguaje, la socialización, la adquisición de hábitos básicos de convivencia, el descubrimiento del entorno y la formación de las capacidades cognitivas elementales. Resulta legítimo preguntarse si conceptos complejos relacionados con identidad, sexualidad o construcciones sociales pertenecen al ámbito natural de comprensión de un niño de tres, cuatro o cinco años.

Más aún, los materiales no siempre se limitan a presentar información, sino que interpretan la realidad a través de categorías específicas como “heterosexismo”, “colonialidad” o “roles de género”. Estas categorías forman parte de corrientes contemporáneas que son objeto de debate académico y político incluso entre especialistas, cómo es posible que se quiera poner en la mente de un niño o niña, ideas ajenas a su desarrollo psicomotriz. Se sabe que es hasta los 7 años cuando el niño empieza a desarrollar el sentido común y la capacidad de razonamiento, acaso no lo saben los pedagogos profesionales que deberían ser parte del diseño educativo de estos programas.

La pregunta que surge entonces es si la escuela debe asumir la tarea de introducir a los niños pequeños en dichas discusiones o si su misión principal debería consistir en proporcionar los conocimientos y habilidades fundamentales que servirán de base para que, más adelante, cuando llegue a una edad apropiada pueda reflexionar, hacerse las preguntas pertinentes y formar sus propias conclusiones.

Toda sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de pensar críticamente. Sin embargo, el pensamiento crítico difícilmente puede desarrollarse cuando determinadas interpretaciones de la realidad son presentadas desde edades tempranas como marcos de referencia incomprensibles para la madurez intelectual, física, además incuestionables. La función de la educación no debería ser anticipar las conclusiones, sino proporcionar las herramientas intelectuales para que cada individuo pueda alcanzarlas por sí mismo.

La importancia de las evaluaciones

Las recomendaciones hechas por la OCDE5 para México toman en cuenta, a partir de los resultados, los aspectos más apremiantes en el binomio enseñanza-aprendizaje, maestro-alumno. En en área de Formación y Evaluación Docente se propone instaurar criterios basados en el mérito6 para la selección, contratación y promoción de maestros. Esto debe ir acompañado de retroalimentación continua y desarrollo profesional. Otro aspecto es respecto al liderazgo escolar, aquí se recomienda profesionalizar a los directores para convertirlos en líderes pedagógicos y administrativos, dotándolos de mayor autonomía escolar y rendición de cuentas. Respecto al problema de la inversión en educación, y la equidad, la recomendación es aumentar la inversión por estudiante y focalizar los recursos en las poblaciones estudiantiles con mayor riesgo de abandono escolar, para garantizar el acceso universal. Sobre la educación técnica y vocacional, tan relegada y subestimada en el país, sugiere vincular estrechamente la educación superior y media superior con el sector privado y las necesidades del mercado laboral. Esto, afirma el documento, ayuda a reducir la tasa de jóvenes que no estudian ni trabajan, lo cual por cierto que sea, ignora las “becas del bienestar” que lejos de ayudar en ese aspecto, fomentan lo contrario.

Es posible afirmar, que esta visión se ha desechado debido a posiciones ideológicas que estigmatizan las cualidades asociadas a modelos económicos neoliberales y conservadores, en concreto a virtudes emprendedoras en general y en particular, que acusan al sector empresarial de explotar y enriquecerse a costa del pueblo -como se ha repetido enfáticamente desde el sexenio pasado-, lo cual alienta los mercados informales, con cifras escandalosas de informalidad que alcanza según el INEGI, 54.8% de la población ocupada, lo que perjudica no sólo a la economía sino a los propios informales atrapados en ese círculo vicioso, dejándolos más vulnerables y desprotegidos social y económicamente.

México necesita una escuela que enseñe a leer, escribir, razonar, debatir, comprender el mundo y tener herramientas para enfrentar los muchos desafíos de la vida. Una escuela que forme personas libres, libres para pensar y decidir. Pero la libertad auténtica, insisto, no surge de la ausencia de guía, sino del encuentro de al menos tres elementos, el conocimiento, la razón y la responsabilidad.

Notas

1 Prensa.ibero.mx, “Malos resultados de México en la prueba Pisa”, Cortés H. Alberto E, 21dic, 2023

2 Consultado en https://www.infobae.com/mexico/2026/01/13/mexico-ultimo-lugar-de-la-ocde-con-universitarios-titulados-y-con-la-menor-inversion-educativa/Infobae

3 Consultado en buzoz.com.mx, nota de la redacción del 2 de mayo de 2021.

4 El calificativo “violentas” que califica al sustantivo “paradigma” es un ejemplo del desconocimiento de la gramática, en un libro de texto. Paradigma es un sustantivo masculino, sin embargo, como termina en a los autores del libro lo toman por femenino. Acaso también mapa, problema, esquema se tratan como sustantivos de género femenino?

5 Es posible consultar los textos en extenso en oecd.org

6 todo lo contrario del criterio que ha prevalecido dentro de los sindicatos, y que ha sido aceptado, fomentado, tolerado por el gobierno.

Beatriz Acuña G.