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Las sombras miden el mundo (Primera parte)

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Ruinas del Serapeum, donde la Biblioteca de Alejandría trasladó parte de sus fondos. Imagen: es.wikipedia.org

– La Cueva de los Espejos –

Por: Alejandro Rivera Domínguez

El deber de la ciencia y el arte es recordar que es su privilegio
ayudar al hombre a soportar exaltando su corazón,
recordarle el coraje y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la esperanza y la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado.

William Faulkner

La brisa sacudía suavemente la velas de las corbitas (barcos cargueros que conectaban las regiones orientales y el Mediterráneo), las birremes, alargados navíos que cargaban decenas de productos del Mediterráneo oriental y de las costas  del Mar Egeo. Un bullicio marino se alzaba sobre las olas del puerto, mientras el sol brillaba inclemente y pintaba de un azul obscuro la rada portuaria e iluminaba la majestuosa escultura de Zeus o quizá Poseidón, en la punta del gran faro, que se alzaba unos cien metros sobre el mar, símbolo del puerto de Alejandría.  De aquí y allá surgían cargas de piedras preciosas y especias de la India, cerámica, vino y aceite de oliva de Grecia transportado en enormes pitoi, (vasijas en forma de cono), vino de Creta, vidrio, papiro y metales del interior de Egipto, cedro de la región vecina (hoy Líbano), lapislázuli del Karakorum en el lejano Afganistán, esencias de Smyrna, sedas de la China transportadas por tierra hasta el Mar Rojo y transportadas hasta la impresionante Alejandría. La ciudad fundada por el gran Alejandro Magno en 331.

En la ciudad se elevaba el murmullo de miles de voces que se concentraban en el gran mercado y otra parte enriquecer las bodegas de los gobernantes, la dinastía Ptolemai, una de las herencias de Alejandro Magno para gobernar Egipto, más otras dinastías para gobernar el enorme imperio conquistado por el gran macedonio. La ciudad vivía la grandeza de la voz humana, expresada en decenas de lenguas provenientes de marinos, esclavos, comerciante, compradores habitantes de la populosa ciudad. El sol cruzaba el cenit e iniciaba el descenso camino al horizonte. El calor convertía la brisa en un simple soplo sofocante, quemaba la piel y la sal marina habrían heridas en los esclavos porteadores. Más allá, los embates del bullicio atenuaban su presencia hasta acabar en un distante testigo de la actividad comercial y la voz de la vida. Las gaviotas descendían a las corbitas, se posaban en los mástiles, entre sonoros graznidos, al acecho de pescado y desperdicios dejados por la actividad del puerto.

Las calles llenas de gente topaban de pronto con grandes jardines, palmeras y un gran edificio. Al pasar aquel límite invisible, el silencio cobraba presencia y la  persistencia del indefinible olor a vinos, quesos, pescado seco, olores marinos extendían su dominio por toda la ciudad.

En aquel remanso de paz, se elevaba el edificio principal de la gran biblioteca de Alejandría la cual formaba un conjunto arquitectónico con el palacio del faraón adjunto el Museium, dedicado a las Musas.  Al sur, en el barrio pobre o barrio egipcio, se alzaba  otro notable edificio denominado el Serapeum, dedicado a Serapis, dios impuesto por Ptolomeo I, que fusionaba dioses egipcios y griegos, con características antropomorfas, y significaba, dicho brevemente, la fertilidad y la abundancia. Al avanzar el cristianismo fue relegado a la historia. El Serapeum era la biblioteca pública con cientos de volúmenes a disposición de cualquiera que supiera leer griego. Los absortos mercaderes y compradores, artesanos, marinos, esclavos y pueblo llano, concentraban sus afanes en las labores cotidianas. En la biblioteca y el Museión, se encontraban los bibliotecarios que acomodaban rollos de decenas de lenguas que poseían el don de la escritura. No obstante, todas traducidas a la lengua griega. Los papiros eran grandes tiras que se enrollaban formando cilindros y guardados celosamente por los bibliotecarios, también el acervo guardaba pergaminos, rollos en de piel de cordero; se consideraba que una obra completa, podría formarse de varios rollos, entonces, alcanzaba la categoría de un libro. Eran todas estas obras, un tesoro cultural impresionante. Obras griegas, egipcias, latinas, etruscas, arameas, coptas, hieráticas, demóticas, algunas tablillas asirias y sumerias, escritos fenicios de donde deriva la escritura griega, eran consultadas por especialistas en todos los temas imaginables de aquellos tiempos.  Surgían debates, discusiones, florecían las matemáticas con Euclides, los tratados aristotélicos, los poemas sagrados de la India, tratados médicos, y magia, en conjunto, eran las obras literarias más notables de aquellos tiempos, todas ellas traducidas al griego, lingua franca de Alejandría que formaba el cuerpo vivo que empujaba a las mentes creativas y derramarían su luz a través de los siglos. El mundo griego con sus filósofos, matemáticos, dramaturgos, físicos, astrónomos, encontraban cobijo en la gran biblioteca, aunque no era única. La biblioteca de Pérgamo, cercana y gran competidora de Alejandría, también poseía una enorme cantidad de obras escritas sobre piel de cordero finamente trabajadas. Otras bibliotecas importantes fueron Éfeso, Antioquía y las numerosas bibliotecas particulares en Roma, las cuales se convirtieron en símbolo de riqueza y prestigio social. Arquímedes, uno de los sabios más notables de todos los tiempos, visitó la biblioteca en diversas ocasiones e incluso sus obras estaban depositadas en el Museium. Estos centros que reguardaban el saber de las mentes más brillantes de aquellos tiempos, desaparecieron sin dejar apenas rastro de su existencia física, pero la gran sombra que proyectaron ha permanecido hasta nuestros días. Hoy día, se ignora el sitio que ocuparon la biblioteca, el Museium y el Serapion, simplemente desaparecieron. ¿Por qué desapareció aquella notable institución? No se tiene certeza sobre el hecho. Se dice que Julio César y Cleopatra, rodeados por el hermano de la faraona,  Ptolomeo XIII, al verse en serio peligro incendiaron las naves romanas ancladas, para impedir la llegada al puerto de la armada egipcia. Cierto. Según abundantes testimonios se quemaron unas casas cerca del Serapión, en el barrio pobre. No se quemó realmente la gran biblioteca adosada al palacio faraónico. Después se hablaron de muchos otros asedios y saqueos, pero nada cierto se ha establecido.  De hecho se ha llegado a soberanas tonterías sobre la desaparición de las bibliotecas. Incluso Carl Sagan llegó al extremo de expresar que se perdió el conocimiento que hubiera adelantado los viajes espaciales algunos cientos de años. Olvidó que en América había bibliotecas en forma de códices, incluso grabados en piedra que aún guardan el saber astronómico, matemático e histórico de muchos pueblos en Mesoamérica o en el espacio incaíco donde los quipús, amarres de nudos que servían para realizar cálculos y claves de la gran ingeniería Inca, baste mencionar las figuras de Nazca no del todo comprendidas, en su significado y técnica de trazado. Bibliotecas fundamentales contemporáneas incluso más antiguas, existen y existieron en la India, Tibet y China, incluso en el propio Egipto donde florecían grandes centros como depositarios y generadoras de nuevos conocimientos. Muchos investigadores lamentan y critican sin mucha profundidad, los acontecimientos que se produjeron en aquellos años.  Suena a propaganda del saber occidental, en particular muchos creen que el conocimiento  considerado la suprema acción humana, proviene de Grecia y Roma.  Es innegable el impulso griego y bastante menor, bajo el dominio romano.  Cierto, pero decir que es la fuente dónde corrieron las aguas del saber, es pura ignorancia y llega al ridículo propagandístico.

 El culpable de la extinción de la biblioteca de Alejandría y Pérgamo, fue el tiempo, el cambio de paradigmas a partir del avance del cristianismo, nunca amigo, según prueba la historia, del conocimiento y la libre circulación de las ideas. Hacia el siglo iv, ocurre el asesinato de Hypatia realizado por una turba cristiana y después la quema del Serapión, el acto vandálico cristiano, tenía el propósito de derribar las esculturas de Serapis, no quemar lo poco que permanecía, entre otras obras, muchos escritos cristianos y hebreos. En realidad ya no quedaba gran cosa del pasado esplendor.  La llegada de los musulmanes hacia el año vi, también está plagado de fantasías. Para aquellos tiempos, ya no quedaba mucho, los volúmenes restantes ya estaban en total descuido, carcomidos por la humedad del puerto cercano. Algunos rollos fueron llevados a Bagdad donde fueron traducidos al árabe. Otros llegaron a Constantinopla.

Algunos siglos antes, en plena madurez de la biblioteca,   Ptolomeo III Evergetes, invitó a un sabio singular de creciente fama, debido a su enorme curiosidad y talento. Así llegó uno de los muchos sabios que deambulaban por los pasillos y jardines o se cobijaban bajo las palmeras; su nombre Eratóstenes nacido en Cirene, c. 273 ane. Fue enviado durante su adolescencia a Atenas donde recibió una esmerada educación, que decantó en fama de mente singular. Longeva y muy fructífera fue su vida. Murió a los ochenta años  c. 192 y dejó una herencia intelectual que se fundió entre las obras de otros notables pensadores.

Apenas llegado de Atenas comenzó sus funciones, en tareas que hoy no tendrían mácula en la investigación formal.

En Círene, la tierra natal de Eratóstenes, recibió lecciones de del gramático Lisanias, experto en la obra de Homero y poetas yámbicos, muy ligados con el teatro, y nada menos que del poeta Calímaco.

La Cirenaica, una región del norte africano, fue fundada hacia el siglo vi ane; los nuevos colonos fundaron cinco ciudades pero pronto destacó Cirene, donde sus pedregosas calles vieron pasar a Arístipo, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela cirenaica. La mayoría de colonos provenía de la famosa isla de Thera, (Santorini) la isla volcánica que hacia el año x ane, generó una súper erupción que afecto todo el Mediterráneo, incluso dio lugar a la leyenda de la Atlántida.

(Continuara)

Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.