Tierna y sublime la experiencia que les voy a platicar.
Nunca he hecho poemas a mis adorados animales,
hoy me voy a atrever.
Mi Calíope, jaguar negra,
es una increíble madre fiel,
tan sabia y melánica,
amorosa y feroz, como toda jaguar es.
Los neófitos le llaman pantera
por su sólido color negro
que solo al sol deja ver
sus manchas o rosetas.
Hace un mes trajo al mundo dos crías,
una como ella, la otra pintada como su padre,
él, pintado con manchas de un sol tímido,
reluciente, como tan típico debe ser.
Hoy se los retiré con un nudo en la voz,
es menester separarlos,
aunque el corazón duela,
porque su leche ya no alcanza y el instinto impera.
Por territorio, quizá los quisiera
ella sola apartar,
o tal vez su fiereza
no los acabaría de criar.
Yo, con manos humanas,
los termino de moldear,
para que un día su mejor vida
sea menos brutal.
Pero no es quitarlos por quitarlos,
en cautiverio así debe ser.
Lo que me aflige de Calíope
son los lamentos que de su pecho escapan,
día tras día, semana tras semana.
Los busca y los reclama,
en sus gritos de madre siento el peso del alma.
Sus lamentos me quiebran,
quisiera entender su idioma felino y poderle responder,
explicarle con mucha calma,
escuchar la razón de su lamento.
Que en mi decisión no hay desprecio ni hielo,
quizás en su sabiduría tan pura
ella comprendería
más allá de la amargura,
y ambos, madre y yo,
podríamos hallar la paz
que se escapa en el llorar.
La miro entonces, tan noble y serena,
y me duele saber cuánto amor encierra.
Pienso en las madres humanas,
crueles a veces,
que sin piedad dejan hijos en las sombras,
mientras una jaguar llora tanto por sus crías,
y el hombre, en su indiferencia,
no siente sus días.
Dejo esta reflexión como brisa suave al viento,
a quien lo entienda, mi gratitud sincera.
A los que no, que se lleve el viento mis palabras.
Algún día, alguien las recogerá con su alma abierta,
y en los lamentos de una madre jaguar,
hallará la verdad que tantos quieren ocultar.
Al ver su dolor no puedo
evitar pensar que en ese llanto hay una lección esencial.
Una madre jaguar, con instinto tan puro,
llora por lo que ama, sin juicio ni muro.
¿Qué nos queda a nosotros, humanos errantes,
si olvidamos cuidar lo que es más importante?
Que el amor materno no se pierda en la distancia,
que no haya más hijos dejados sin esperanza.
Si una jaguar puede enseñarnos su verdad,
que nosotros, con conciencia, podamos actuar.
En cada lágrima suya no solo veo dolor,
miro el eco de un llamado que nos sacude,
un grito profundo de la naturaleza
para recordarnos que la vida,
en todas sus formas,
merece cuidado y ternura.
Ser más humanos no es suficiente,
debemos aprender a amar
con el mismo instinto puro
con que una madre jaguar
llora por lo que no quiere perder.
Que el amor sea el verbo
con el que nos atrevamos a cambiar este mundo.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta































