Por: Salvador Calva Morales
La vi venir envuelta en su misterio,
con fuego en la mirada y piel de luna.
Sabía bien que el paso era adulterio,
que entrar en su universo fue mi cuna.
Caí sin red, sin miedo y sin censura,
y en su perfume ardió mi locura.
Sus labios fueron credo y desafío,
mi fe tembló sobre su voz callada;
me hundí en su piel, océano sombrío,
bebí su sal, su esencia desatada.
Y en cada encuentro lúcido y perdido,
sentí morir por todo lo vivido.
Ella, prohibida flor de mis delirios,
me hizo su esclavo sin quererlo apenas,
atado a sus gemidos y martirios,
deseo y redención, pasión y penas.
En su temblor hallé mi primavera,
y en su silencio, toda mi bandera.
Moldeé su alma al ritmo de mi canto,
la hice sentir la eternidad desnuda;
cada suspiro fue placer y llanto,
cada caricia, una promesa muda.
Jugamos a la vida y a la muerte,
sin darnos cuenta que era amor y suerte.
Nunca fue mía ni yo de su destino,
solo dos sombras que se reconocen;
ardimos juntos sin tener camino,
y aún en la distancia se conocen.
Su piel aún vibra en mi memoria impura,
la más hermosa y dulce de mis locuras.
Hoy sé que amarla fue mi condena eterna,
la herida abierta que jamás se cierra,
el beso que mi juicio siempre alterna,
mi perdición, mi cárcel y mi guerra.
Mas si el destino vuelve y me provoca…
que venga el fuego… aquí está mi boca.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























