Por Salvador Calva Morales
Ahora sé tu nombre, Loretta,
fulgor de aquella noche
cuando el reloj marcó las nueve y media en su derroche,
del mismo día en que el destino nos quiso entrelazar
en un encuentro imposible, difícil de olvidar.
Con la astucia que te envuelve y tu saber elegante
pediste aquella imagen con un gesto insinuante:
—“La de mis compañeros no salió”, dijiste en risa—,
y yo supe que iniciabas un diálogo sin prisa.
Y así, entre letras y voces, la charla se encendió
hasta la una del alba, donde el tiempo se rindió.
Loretta, ya con tu nombre vibrando en mi razón,
dejaste más preguntas que respuestas al corazón.
No eres de esta tierra mía, mas en ella floreciste;
por estudios llegaste y con tu esencia la encendiste.
Tocas el piano y en libros hallas mundos de poder;
con firme voz debatías lo que escribo y hago ver.
Descargaste de la red mis poemas sin temores
y, entre cena y opiniones, desnudaste sus colores:
los que amabas
y los que apenas te lograban conmover;
y en tu juicio transparente me enseñaste a renacer.
No caíste en doble filo ni en palabras sin altura,
y por eso, en tu presencia, se ennoblece la escritura.
—¿Seré musa de tus versos? —preguntaste sin dudar—;
aunque en risas dibujaste
un no rotundo y fulminante,
y en un pacto de futuras charlas quedamos en continuar.
Tú sugeriste mesa de café;
yo propuse mejor comer.
Insististe: de comida debe ser.
Mi respuesta, haciéndome el ignorante:
—Solo comida se comer.
Hasta pronto, dulce Loretta, luz de sabia melodía;
será la próxima semana que renazca la armonía.
Te dejo en tus estudios con respeto y admiración…
mientras guardo en mi poesía tu brillante aparición,
como una nota de piano que el destino dejó vibrando para siempre en mi memoria.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























