Por: BrendaCarol Morales
La brevedad de un poema o de un amor no implica simpleza o insignificancia. Su profundidad puede llegar más allá del tiempo o del espacio que a veces le delimitamos.
Esta semana me complace traer a este espacio a una escritora bastante joven, guatemalteca, coordinadora de Sabersinfin para Centro América. Se trata de Marian Godínez. A Marian la conozco desde hace varios años cuando fui su catedrática en algunos cursos. Desde entonces pude notar su fuerte personalidad y su capacidad, que la ha llevado a destacar en distintos ámbitos. Nuevamente nos hemos encontrado, ya como colegas con la misma pasión por la poesía. Ahora, ambas somos miembros de Centro Pen Guatemala, de Sabersinfin. Además, compartimos en casa de Sarahí Jarquín durante la celebración del VII Encuentro Internacional de Poesía de Sabersinfin.
Marian es escritora y docente. Su poesía la ha hecho acreedora de diversos premios: finalista del Premio de Poesía Manuel José Arce de Editorial Universitaria (2018), ganadora del Premio a las Letras en honor a Isabel de los Ángeles Ruano (2022) y Premio Nacional de Literatura «Margarita Carrera» (2022). Su poemario Debut solista forma parte del libro compilatorio de poemarios finalistas Versos de Papel (Editorial Universitaria 2020). Ha participado en diversas antologías poéticas: Escritoras guatemaltecas, Lienzo de fuegos, U poética, 56 Altares, filos y espejos, Antología Poética del Centro PEN Guatemala, entre otras. Además, es autora de los libros Nací vieja (2021) y Sismo (2023). Es, además, una incansable gestora cultural.
El poema de amor que les comparto hoy lo tomé de la Antología poética del Centro PEN Guatemala dedicada a Carlos René García Escobar (2023). En este, como en otros poemas de Marian Godínez, encontramos que las palabras se manifiestan con brevedad pero con un significado muy potente. Tanto, que parece adentrarse como una raíz a la tierra para quedarse en nosotros con la persistencia de una verdad que debe interpretarse y reinterpretarse.
Brevedades (III)
Marian Godínez
Hemos muerto
y las palomillas
de nuestros nombres,
aletean incandescentes,
de boca en boca.
Han descubierto
las estrellas centinelas,
tatuadas en mi oreja izquierda,
aquella caja de perfume
que siempre usé contigo.
Y revelaron nuestra correspondencia,
cuestionaron los besos meridianos,
escucharon las canciones cursis,
y crearon otra historia,
en la que no estamos muertos.
Al leer este poema de amor, nos plantea una historia que, a lo mejor, también fue breve: un amor que ya no está. Había pensado escribir desamor. Sin embargo, retrocedí porque el desamor implica falta de… Y, en este poema, no hay desamor sino una profunda nostalgia. Nos confirma que aquello que fue, no deja de serlo en algún otro plano, quizá el de los recuerdos de lo valioso.
El yo poético traslada la mortandad de la relación a las personas mismas pero inmediatamente se plantea la paradoja de un amor muerto y resucitado. Esas «palomillas» que sugieren fragilidad y luz efímera, también son las portadoras de un mensaje en el que ambos son nombrados. Con ello, vuelven a la vida aunque sea como recuerdo o rumor. Así, que la relación haya acabado no borra los recuerdos, las huellas de quienes fueron en un momento dado.
En la siguiente estrofa, nos lleva a observar el espacio de intimidad y encuentro entre los dos amantes. Los detalles nos hacen descubrir su secreto y complicidad. Ahora todo parece brotar, salir a la luz para mover al recuerdo y la nostalgia. Todo aquello que los rodeó cobra un nuevo significado, incluso las canciones cursis, los besos, la manera en que se correspondían. Así, se reconstruye la historia aparentemente acabada. Todas las cosas, los momentos, las situaciones pasadas cobraran vida. Todas revelan, cuestionan, escuchan, reescriben y vuelven a dar vida a lo que se había dado por muerto, aunque sea por solo un momento. Al final, aunque el amor haya muerto entre los dos, esto no implica que desaparezca; mientras haya palabras, objetos, recuerdos, seguirá presente de alguna manera.




























