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Mi madre Emma

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Por Miguel Peraza Menéndez

Las nervaduras son
ríos pulsantes de savia luminosa,
las venas, torrentes de sangre vital,
espejos líquidos del cosmos,
conductores comunes de la vida,
que fluyen, invisibles, en paralelo.

Somos dos almas separadas,
al tiempo, intrínsecas y complementarias,
tejedoras de continuidad infinita:
multiuniversos entrelazados,
seres y frutos engarzados,
multidimensionales en su danza,
madre creadora de metaversos,
hilando la red invisible
que ansía renovarse, una y otra vez,
en el fractal íntimo del amor.

Navegué por vez primera,
de modo ingrávido, en tu vientre,
donde los sueños me habitaban,
un tiempo sin luz,
que modelaron mi verdad de esos días.

Me esculpías,
con las herramientas de la naturaleza,
sonidos y turbulencias silenciosas
me arrullaron en mi sueño.

Cabalgué sin saber caminar,
arrastrado por corrientes secretas,
por regiones ignotas.
Un líquido me cobijaba,
mi mundo, mi cielo, mi todo.

Sentí sin pensar,
sentí lo que tú sentías. Mi navegación concluyó en ti,
tiempo, surco marcado,
sucedió cuando tuvo que ser.

Nací, fruto carnoso y tentador,
de tu esencia sagrada.
Sabías que tu semilla germinaría,
destinada a la espera callada,
ser silente en su potencia,
ser separado del cordón,
ruptura dulce de la continuidad.

Hoy, mientras duermes, sé que me escuchas,
presientes mi presencia.
Pienso en ti,
madre te consumes,
poco a poco se apaga la llama,
hace unos días celebrémoste noventa y dos años,
pero aun así tu fuerza se desvanece lentamente.

Entre ternura y silencio,
encuentra paz en nuestro hogar,
donde la cercanía es refugio,
y el tiempo se estira para compartir el instante.

Eres mujer grande, admirable, amada,
aun cuando el cuerpo flaquea,
continúas enseñándome,
nuevamente me invitas a aprender,
lo que tú sabes de lo que sucederá en lo eterno.

Tu hijo Miguel

Miguel Peraza. Escultor cuántico