Por Salvador Calva Morales
A la puerta de los ochenta y dos
me detuve un instante
para escuchar el crujido leve
de mi propia fragilidad.
Comprendí que la vida es soplo;
que el cuerpo aprende otros idiomas
hechos de cansancio y memoria,
y que cada padecimiento es un maestro silencioso
que pule el ánimo como el río pule la piedra.
Los últimos los viví solo,
estoico ante la noche y sus preguntas,
sin otra compañía que mi respiración
marcando el ritmo de una batalla discreta.
Y, sin embargo, en esa aparente soledad
descubrí que no estaba vacío:
el Creador llenaba mis horas
con compromisos invisibles,
con pequeñas tareas que me sostienen de pie,
con la terquedad luminosa de seguir en la brega.
“La yunta sigue andando”, digo siempre.
La mía es de un solo jale,
un arado que surca la tierra con una sola sombra
bajo el sol de las veinticuatro horas.
No hay pareja en mi casa,
pero hay propósito en mis pasos.
No hay otra voz en la mesa,
pero hay diálogo constante con el cielo.
El verbo se hizo carne: venga a mí tu reino.
Cada mañana es una revelación sencilla:
el sol aparece puntual,
como si ignorara mi edad
y me entregara, sin reproche,
sus rayos cálidos sobre el rostro.
Es un recordatorio de fidelidad,
un pacto diario que el universo no rompe.
Y, cuando menos lo espero,
la mano amiga llega:
calor humano que toca mi hombro
y me recuerda que la gracia también se encarna
en la sonrisa inesperada,
en el gesto que sostiene
cuando la fuerza parece menguar.
La vida es un caramelo en la boca.
Uno quisiera prolongar su dulzura,
retener el sabor hasta el último instante,
pero se deshace con prisa caprichosa.
Así mis días:
cada vez más breves,
cada vez más llenos.
Ya no mido el tiempo por su extensión,
sino por su intensidad.
Planeo nuevos compromisos
como quien siembra, aun sabiendo
que quizá no verá todos los frutos.
Me mantengo activo,
porque en el movimiento descubro gratitud
y en la gratitud encuentro sentido.
Ante el Creador elevo esta propuesta:
déjame concluir lo empezado,
permíteme honrar cada encargo recibido,
seguir caminando mientras haya camino,
seguir sembrando mientras haya tierra,
seguir agradeciendo mientras haya aliento.
Porque, si algo he aprendido
a la puerta de los ochenta y dos,
es que la soledad puede ser morada de luz,
que la fragilidad puede abrazar la fortaleza,
y que el amor, cuando nace del agradecimiento,
es la forma más alta de permanecer vivo.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta





























