Por Salvador Calva Morales
Desde lo alto, donde el misterio se vuelve certeza,
Norma contempla ahora la plenitud sin sombras.
Su cuerpo, ya en descanso, quedó como huella viva,
pero su alma transita libre entre la luz y el amor,
como llama que se funde con la eternidad prometida.
No ha sido la muerte quien la ha llamado,
sino la promesa cumplida de un renacer luminoso.
En el silencio que deja su partida,
brotan nuestras voces entre lágrimas y memorias.
La sentimos en el rumor del viento,
en la risa que alguna vez compartimos,
en la calidez de los abrazos que nos enseñó a dar.
No se ha ido del todo,
porque en cada uno de nosotros
vive su ternura, su guía y su fuego.
Con manos que enseñaron y acariciaron,
Norma formó corazones, educó conciencias,
y alzó destinos como quien riega jardines.
Fue madre por la sangre y madre por la entrega,
faro en noches oscuras, refugio sin condición.
Sembró vida entre los suyos,
y su legado camina hoy entre nosotros.
Ahora que la ciencia ha guardado silencio
y la razón se inclina ante el misterio,
comienza para Norma el viaje sin retorno
a la morada donde todo encuentra sentido.
Allí, donde no hay tiempo ni dolor,
donde lo eterno no se mide con relojes,
resplandece su alma sin ataduras.
Cuando más nos cuesta comprender la ausencia,
su ejemplo se convierte en puente.
Ruega por nosotros, Norma del alma,
tú que ya ves el rostro del Creador.
Sé intercesora en medio de este siglo roto,
danos consuelo, fe y claridad en el camino.
Haznos fuertes con la semilla que dejaste.
Y si alguna vez el desaliento nos ronda,
recordaremos que tu existencia fue luz,
tu despedida, una bendición silenciosa,
y tu recuerdo, una llama que no se apaga.
Norma, hermana entrañable, amiga eterna:
vivirás en nuestros pasos mientras haya memoria.
Que el amor sin fin sea tu casa.
Amén.






























