– La Historia Jamás Contada –
Una característica fundamental de los hechos prodigiosos y que comparten con lo inesperado en general, es que actúan como disparadores de EMOCIONES, cancelando momentáneamente la posibilidad de razonar, circunstancia aprovechada por manipuladores de todas las épocas para encajar tales hechos, en sí mismos indiferentes a cualquier expectativa humana, en una ideología ad hoc que los haga utilizables como propaganda o, en términos coloquiales, para “llevar agua a su molino”.
Por eso, que existan sanadores y sensitivos, gente con extraordinaria capacidad para percibir o influir en el medio natural y, particularmente, el cuerpo y psiquismo humanos, es algo bien conocido, pero que sus poderes provengan de una entelequia que “coincide” con la predicada por la Religión tradicional, es algo cuando menos discutible.
Por vía de comparación les presento enseguida un caso que me relató hará tal vez unos quince años un antiguo agente de ventas, a quien a su vez se lo confió su protagonista, un cliente suyo, comerciante bien establecido en la zona.
Esta persona había desarrollado una afección en la columna vertebral que había ameritado varias intervenciones quirúrgicas que, sin embargo, no habían podido revertir el doloroso proceso que lo incapacitaba cada vez más.
Resulta que un día encontró casualmente a un amigo que no había visto en veinte años quien, alarmado por su aspecto, le preguntó qué tenía. Cuando se lo hubo descrito, éste le manifestó saber de una persona que podía curarlo y, si aceptaba, llevarlo con ella.
En su desesperación, el comerciante aceptó la propuesta, partiendo de inmediato al Estado de Veracruz, a una población en cuyas afueras localizaron el “consultorio”, no más que una choza. Pero habiendo llegado casi al anochecer, no los recibió, teniendo que buscar hospedaje y volver al día siguiente.
Al llegar, un ayudante hizo entrar solo al paciente a un cuarto oscuro, en que apenas se podía distinguir la silueta del sanador, a quien describió como un INDIO: un individuo de talla grande, corpulento y con el cabello largo, quien de inmediato le ordenó tenderse boca abajo sobre el suelo de tierra.
Acto seguido, el curandero se colocó encima de él, cubriendo su cuerpo con el suyo, pero sin tocarlo. Comenzó éste a sudar copiosamente al tiempo que jadeaba, como si estuviera efectuando un esfuerzo extraordinario y, al concluir lo que fuera estaba haciendo, simplemente se puso en pie y le ordenó hacer lo mismo. Desconcertado, el comerciante le preguntó si eso era todo, a lo que le respondió que sí, que ya estaba curado.
Advirtiendo su incredulidad, el curandero le acercó una silla, indicándole treparse en ella, a lo que él, previniendo el intenso dolor que tan sólo intentarlo le provocaría, le objetó que cómo se le ocurría pedirle eso, pero aquél se mantuvo firme en su petición y al paciente no le quedó más que tratar de hacer lo que le decía. Para su asombro, lo hizo sin dificultad ni dolor alguno.
La cosa no quedó ahí, pues su misterioso bienhechor le ordenó entonces que bajara de un salto, lo que francamente lo aterrorizó y no se decidió a hacerlo sino después de mucha presión verbal por parte del insólito terapeuta, pero una vez ejecutada tan temeraria maniobra, quedó totalmente convencido de que… ¡SÍ, ESTABA CURADO! Inexplicablemente, pero así era.
El comerciante preguntó entonces al sanador cuánto le debía por su hazaña, respondiendo tranquilamente éste que “¡Nada!”, que ya se había “arreglado” (?) con su amigo. No le quedó más que reiterarle efusivamente las gracias y salió de tan extraño lugar. Su amigo lo esperaba fuera y ambos se dirigieron a la población a recoger sus cosas, tras lo cual cada uno tomó su rumbo y no volvieron a verse.
Pasado un tiempo, se presentaron nuevamente los primeros signos de la afección y el comerciante se dirigió sin dudarlo a la población, pero en vano buscó la choza. Preguntando a los lugareños, éstos le informaron que nunca había vivido allí un personaje como el que describía. Todo quedó en el misterio. No hubo rezos, invocaciones, exhortos ni el resto de la parafernalia usual en estos casos, como velas, imágenes o agua bendita: sólo un individuo con el PODER DE CURAR.
¿Qué piensan ustedes de esto, atentos lectores?
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.





























