Por Salvador Calva Morales
Justo Sierra,
hombre de letras y destino público,
miraste a México
como quien contempla una tierra herida
y, aun así, adivina en ella
la promesa de una aurora.
Supiste que una nación
no se levanta solo con decretos,
ni con discursos que el viento arrastra,
sino con escuelas,
con libros abiertos,
con maestros que encienden
la conciencia de su tiempo.
Tu pensamiento no se conformó
con administrar la instrucción;
quisiste fundar un horizonte,
darle al país una columna espiritual
donde la inteligencia y la cultura
fueran sustento del porvenir.
Justo Sierra,
entendiste que educar
era también construir patria,
no una patria de consignas huecas,
sino una patria pensante,
capaz de reconocerse
en su historia,
en su lengua,
en su sed de justicia.
Llevaste el saber
como quien lleva agua
a una tierra larga de sequía.
Creíste en la universidad
como casa mayor del espíritu,
como recinto donde la nación
dialoga consigo misma
y se prepara para no repetirse en sus sombras.
Tu obra fue siembra,
tu vocación, puente,
tu palabra, una forma de servicio.
Hoy, cuando todavía buscamos
un México más lúcido y más digno,
tu nombre vuelve
como campana serena,
recordándonos que la educación
es la obra pública más profunda,
el cimiento invisible
de toda verdadera transformación.
Porque enseñar a un pueblo
a pensar, a leer, a comprenderse,
es darle no solo herramientas,
sino destino.
Y tú lo supiste, Justo Sierra:
toda gran nación
comienza en una escuela
donde alguien aprende
que su inteligencia también es patria.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta





























